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“Un asqueroso entregador lo vendió como a un cerdo”: testimonio inédito sobre el fusilamiento del general Valle
Opinion

Por Juan Bautista Tata Yofre

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12 junio, 2023 Gian Campora

En la noche del sábado 9 de junio de 1956 el vicepresidente de facto de la Nación y Comandante de Operaciones Navales, almirante Isaac Francisco Rojas, se encontraba plácidamente sentado en su palco del Teatro Colón. Estaba acompañado por su esposa, el matrimonio Galli y el capitán de fragata José María Rubio y su esposa. Observaban en profundo silencio la obra de ballet “El espectro de la Rosa”, musicalizada por Karl María Von Weber. En un momento, cuando el bailarín saltaba por la ventana y daba leves pasos alrededor de la primera figura femenina, que se mostraba dormida, y depositaba una rosa en su regazo, al marino lo interrumpió un ordenanza para informarle que tenía una urgente llamada telefónica.

Salió del salón, tomó el teléfono e inmediatamente reconoció la voz del jefe de Inteligencia de la Armada, el capitán de navío Mario Robbio Pacheco, que lo informaba: “Señor almirante, están ocurriendo algunos sucesos”. Rojas entendió que debía abandonar el teatro y dirigirse al Ministerio de Marina. En realidad, Rojas y el gobierno que presidía el teniente general Pedro Eugenio Aramburu sospechaba que se gestaba un conato contra el gobierno de facto de la “Revolución Libertadora” que había desalojado al presidente constitucional, teniente general Juan Domingo Perón, en septiembre de 1955.

Cuando llegó a la sede naval lo estaban esperando, entre otros, Robbio Pacheco y el capitán de navío Francisco Guillermo “Paco” Manrique, jefe de la Casa Militar de la Presidencia de la Nación. Tras los saludos de estilo, Manrique le dijo que se debían activar “los instrumentos legales para sofocar una contrarrevolución” que se encontraban guardados en la Casa de Gobierno.

Una vez que llegaron a Balcarce 50 se dirigieron a la caja fuerte donde estaban depositados los tres decretos que el general Aramburu dejó firmados antes de partir a Rosario, Santa Fe, para el caso de que sucediera algo. A través de ellos se disponía el Estado de Sitio, el decreto de Ley Marcial y el que establecía las reglas para los tribunales castrenses que habrían de juzgar a los detenidos.

El vicepresidente fue a la central de comunicaciones y se comunicó con Aramburu que en ese momento volvía en barco desde Rosario. Lo hizo pasar al buque de guerra Drummont –que lo escoltaba- y lo informó de los acontecimientos. Luego de escuchar, Aramburu lo instruyó:

—Rojas ponga en marcha la Ley Marcial y los demás decretos ya firmados.

—Señor Presidente -respondió el almirante- quédese tranquilo que ya está todo hecho y controlado.

Uno de los relatos más completos de lo sucedido lo dio el periodista Salvador Ferla, en su libro “Mártires y verdugos” donde resume que el golpe se hizo (e intentó) en varios lugares de la Argentina con oficiales, suboficiales y civiles que se movilizaron tras conocerse una proclama que para algunos la habían escrito el general (R) Juan José Valle con el poeta Leopoldo Marechal, el creador de “Adán Buenosayres”. Como señala Ferla, la planificación era conocida por los diferentes servicios de Inteligencia del Estado. Tras un comienzo medianamente exitoso en alguna guarnición el complot fracasa rotundamente. No logra prolongarse más que unas pocas horas. “Es una rebelión de subalternos” dirá Arturo Ossorio Arana, Ministro del Ejército.

Para el historiador estadounidense Robert A. Potash el hecho militar expresaba “en esencia un movimiento militar que trató de sacar partido del resentimiento de muchos oficiales y suboficiales en retiro así como de la intranquilidad reinante entre el personal en servicio activo… el movimiento no logró la aprobación personal de Juan Perón”, exiliado en Panamá.

“El fracaso de la asonada del 10 de junio de 1956 –le dice Perón a John William Cooke—ha sido la consecuencia del criterio militar del cuartelazo. Los dirigentes de ese movimiento han procedido hasta con ingenuidad. Lástima grande es que hayan comprometido inútilmente la vida de muchos de nuestros hombres, en una acción que, de antemano, podía predecirse como un fracaso.”

Fracasado el golpe y tras la detención de militares y civiles se aplica lo determinado en la Ley Marcial, los fusilamientos. “No se fusila para reprimir –escribirá Ferla—se fusila para castigar”. Engendrar temor en prevención de otras posibles sublevaciones. Si antes del 9 de junio existía una profunda fisura en la sociedad argentina, tras los fusilamientos se produjo un abismo insondable entre peronistas y antiperonistas. “Se acabó la leche de la clemencia” exclamará Américo Ghioldi, un dirigente socialista y miembro de la Junta Consultiva Nacional, cuyos hermanos Rodolfo José y Orestes Ghioldi, eran de los tantos dirigentes comunistas que arroparon la Libertadora. Para el dirigente conservador Emilio Hardoy “el gobierno provisional aplicó la ley marcial con fusilamientos que, en el caso de civiles revolucionarios de José León Suárez, no tiene justificación ni moral ni jurídica”.

Mientras se sucedían las detenciones y algunos se refugiaban en lugares secretos o pedían refugio diplomático, la gran pregunta fue: ¿Donde está el jefe de la asonada, el general de división Juan José Valle? Aquí entramos en el archivo personal del capitán de navío Francisco Guillermo Manrique que luego de varios lustros relató su situación durante el 9 de junio de 1956 y días posteriores. En este documento inédito que revelamos comienza aclarando: “Siempre guardé silencio con referencia al fusilamiento del general Valle. Y eso que me insultaron, de arriba abajo, durante muchos años. Pero esta vez quiero poner las cosas en su lugar para que mi testimonio, absolutamente veraz, sea recogido por los que, algún día, sin apasionamientos, intenten develar el misterio del desconcierto argentino.”

A continuación Manrique transcribe el texto de su carta al almirante Teodoro Hartung del viernes 22 de junio de 1956, entregada en propias manos el domingo 24 de junio, sobre su actuación en esas horas y agrega: “Pero tras la carta corresponde continuar la historia si es que quiero aportar más datos a los analistas de mañana”.

Estimado Señor:

Me ha pedido usted que haga un relato de los hechos que llevaron a la detención del general Valle con el objeto de que en el Ministerio se recopilen para que sirvan para una futura apreciación histórica. Ayer me insistió en que lo hiciera, pero debo confesarle que este suceso en el que me tocó intervenir me produce náuseas. De ahí que trataré de ser lo más objetivo, sin agregarle apreciaciones mías -lo intentaré- para que sus historiadores saquen de allí las conclusiones que correspondan con toda la frescura mental que les deseo”.

 

“Caso del general de división Raúl Tanco: Me enteré de que había sido localizado en la Embajada de Haití cuando el general Quaranta, jefe de la S.I.D.E. entró en mi despacho reclamando ver al presidente (el general Tanco había entrado a la embajada de Haití disfrazado de mujer en compañía de dos señoras). Minutos después informaba que, en realidad, no se trataba de una Embajada sino de una casa particular que usaba el Embajador. Aramburu le ordenó hacerse de correcta información. Volvió a mi despacho junto con otros oficiales y usaron mis teléfonos. Y desde allí se decidió -esto no lo sabía Aramburu- que se procedería a detenerlo porque parece que la casa esa, embajada o no, no tenía bandera haitiana. Cuando se fueron vi a Aramburu, informándole que se cometería una barbaridad y que nadie en el mundo entendería ese asalto a una embajada, con bandera o sin bandera. Aramburu compartió mi opinión y me dio orden de hablar con Ossorio Arana para frenar este episodio que de todas maneras se efectuó, con detalles que usted conoce y que no hablan bien de esta Revolución. Ossorio Arana intervino y esa misma noche el general Tanco estaba seguro, con la decisión oficial de que saliera para México. Los hechos fueron vertiginosos”.

El almirante Rojas recordaría en sus Memorias que el general Quaranta llegó al departamento señalado, pidió hablar con el embajador haitiano y la mujer de color que lo atendió le dijo: “Señor general yo soy la embajadora…” a lo que el militar respondió: “Qué vas a ser vos la embajadora, negra de mierda” al tiempo que le pegó un manotazo. A continuación Quaranta “lo sacó a Tanco a los empujones”. Como toda evaluación Rojas dijo que el militar de la Libertadora era “muy impulsivo y desubicado”.

El 10 de junio Aramburu llegó a Buenos Aires y firmó los decretos –Estado de Sitio y Ley Marcial- que se estaban aplicando, durante una reunión con la Junta Militar, integrada por Ossorio Arana, Hartung y el brigadier Krause.

Fuente: Infobae.

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