Los simpatizantes brasileños hincharon por Alemania en la final. La situación superó el folklore futbolero, dejando de lado el amor propio nacional. De los cantos y bromas a las agresiones y violencia. ¿Síndrome de Estocolmo adaptado?
El síndrome de Estocolmo es una reacción psicológica en la cual la víctima de un secuestro, violación o retenida contra su voluntad, desarrolla una relación de complicidad y de un fuerte vínculo afectivo con quien la ha secuestrado. Se debe, principalmente, a que malinterpretan la ausencia de violencia contra su persona como un acto de humanidad por parte del secuestrador.
Los jugadores de Alemania expresaron que luego de marcar el quinto gol ante Brasil en semifinales comenzaron a recular esfuerzos, un poco por respeto a la humillación del rival y otro poco para guardar energías para la final. El marcador terminó con un histórico 7-1 a favor de los germanos. Los locales y organizadores del Mundial sufrieron la peor derrota de su historia. A pesar de todo, volcaron su simpatía en favor de los mentores de semejante paliza. La rivalidad con Argentina, el otro competidor del partido definitorio, fue la excusa perfecta. Pero aún así, es difícil comprender la reacción.
¿Cómo el público brasileño llegó a la osadía de pintar con los colores alemanes su propia bandera para hacer fuerza contra Argentina, aún luego de recibir semejante humillación? El folclore del futbol todo lo puede, y todo es válido mientras no se llegue a la violencia. Durante todo el Mundial los locales se inclinaron hacia los rivales de la albiceleste. Es lógico, mucho más si se tiene en cuenta el cántito hit del certamen, que recorrió el mundo, donde se pregunta “Brasil decime qué se siente, tener en casa a tu papá”, en alusión a la invasión de compatriotas en el país vecino. Lo que es difícil de comprender es cómo en un par de días dejaron de lado semejante derrota para desear la desgracia ajena. Incluso el máximo ídolo local, Neymar, que dijo que deseaba un triunfo de sus amigos Messi y Mascherano, fue cuestionado por sus declaraciones.
Llama la atención que un pueblo como el brasileño, históricamente patriota y orgulloso de sus características ante el mundo, pueda con tanta facilidad dejar de lado el patriotismo futbolero para –literalmente- cambiar de bandera, ponerse los colores de quien lo ultrajó en el terreno de juego, e incluso cantar en alemán.
Pero la hostilidad se vivió desde el primer día. Sin embargo, mientras Argentina avanzaba en el torneo, el nivel de agresividad fue creciendo. Incluso en el partido final los periodistas acreditados han recibido agresiones, insultos, y roces físicos. Hasta el propio Sabella debió apelar a su caballerosidad para soportar la imprudencia de un periodista de Bandeirantes minutos después, en conferencia de prensa, de la derrota del partido final.
Todos los acreditados mencionan lo mismo: escupidas e insultos, en el estadio y también en las calles. Los propios jugadores argentinos explicaron vía Twitter que la “torcida” se allegó al hotel para tirar fuegos artificiales e impedir el correcto descanso en la noche previa, cerca de las 4 de la madrugada. Algo habitual en partidos de Copa Libertadores.
Las calles de Río se transformaron en un “Oktoberfest” impensado. Adidas, la marca sponsor por excelencia en Alemania (también de la selección argentina) pensó muy bien una campaña de acercamiento con el público local desde mucho antes del torneo. Incluso diseñó una camiseta suplente similar a la de Flamengo, el equipo más popular de Brasil. Pero en la letra chica no se aclaraba que la efímera hermandad podría incluir un 7-1 categórico.
Además del público en general, los medios se han fragmentado en partes iguales. El día después la mayoría eligió titular con la derrota argentina antes que con el triunfo germano. En sus páginas internas, es cierto, hubo críticas al scracht.
“La polémica está instaurada mostrando que los brasileños conocen poco de los argentinos, más allá de los estadios. Y los argentinos todavía parecen no haber entendido que el brasileño es, digamos, un ‘sensible’”, escribió en la edición portuguesa de Clarín la periodista Marcia Carmo.
En el Fan Fest, luego del partido, hubo provocaciones y nadie quedó al margen. Los bastones de la policía brasileña seleccionaron muy bien a sus destinatarios. Hubo golpes, gas pimienta, corridas y detenidos. Todos argentinos. Ojala no se haya llegado a un punto de no retorno.
