La nueva frustración de la selección Argentina, pone en evidencia a un pueblo lapidario que castiga al ídolo. Una renuncia que priva a la celeste y blanca del mejor jugador del mundo, mientras destapa la corrupción de la AFA.
Más allá del bueno de Messi, somos un país picador de ídolos de todos los colores, profesiones y tamaños. Nada nos alcanza y el morbo asoma cuando el fracaso es más doloroso. Sufrimos de un gataflorismo crónico, los logros se convierten en normalidad y los “reveses” son heridas cada vez más profundas. Desde San Martín hasta Favaloro, pasando por Belgrano, sí el de la Bandera, el mismo que murió en la ruina abandonado por el Estado. Los restos de Borges yacen en Suiza y a otros tantos argentinos, un poco menos grosos, se los desterró de la patria y de la vida por pensar distinto.
Somos el reflejo de lo que nos pasa, vivimos en el caos, ponderamos los defectos en los otros, más que en los nuestros, es lo que mejor nos sale. Seguimos votando a los mismos que acusamos y funcionamos para engordarles sus corruptas fortunas. Vivimos en la comparación y subestimamos al que sea que se nos ponga enfrente.
Lamentablemente en el fútbol, nuestro muro de lamentos y broncas acumuladas, es el escenario para pegarle al mejor por ser el número uno allá lejos y no con la de Argentina y para nosotros. Todo está polarizado, cada episodio que tenga un ápice de opinión se divide en dos y nada más. Es innegable que Messi quiere ganar una Copa y destrozar esa racha negra, pero es cómplice de sus decisiones puertas adentro. Detrás del perfil bajo de Lío ante la prensa, aparece la faceta de “Padrino” del armado de los planteles y los grupos. Esas cuestiones que con el resultado puesto pesan y operan en contra, a la hora de los veredictos sociales.
En un deporte como el fútbol, el más lindo de todos, se suman los talentos. Cada técnico convoca y organiza a los jugadores en las posiciones en las que más rinden. Eso que los futboleros denominan “sentir el puesto”. Algo que debería ser natural, en el caso de ‘Tata’ Martino, máximo responsable del fracaso de la Copa América del Centenario, no lo es tanto, pues influenciado por su niño mimado, conformó un plantel de amigos que no estaban en óptimas condiciones (Pastore, Di María, Biglia, Agüero). Aunque la pulga afirme que le suman al grupo.
Messi no es el culpable de la acumulación de segundos puestos, hay un monstruo que pisa más fuerte y se llama A.F.A (Asociación de Fútbol Argentino). Una institución arrasada y quebrada por la mafia del fútbol organizado de los últimos cuarenta años, que ha rematado la gloria y la historia grande de la selección y del país. Hace rato que tenemos a los mejores intérpretes sin conseguir los objetivos, a causa de pésimas gestiones dirigenciales.
El pueblo necesita un desahogo con la pelotita y una Copa. El sentimiento de festejar por algo que nos pueda unir, volver a abrazarse y sentir el placer de la victoria pero ¡plaf! Es duro ver que te pasa otra final por encima. Y nos la agarramos con él, porque es el más crack, el que no debería fallar. Pero verlo llorar con la camiseta te conmueve, te ponés a pensar y te das cuenta de que se tienen que ir todos, menos él. No a la renuncia de Messi a la Selección Argentina.
