Mezcla de enojo y orgullo, debe haber sido, seguramente. Por esta vigilia absurda que le están haciendo vivir para la renovación de su contrato. Lo cierto es que Riquelme, luego de cumplir con el protocolo de saludarlos a Palermo, a Schiavi y al Pato Abbondanzieri, decidió ofrecer una función de fútbol auténtico.
Para agradecer la ovación genuina de la recepción ( genuina porque no incluyó a los violentos mercenarios, otro de sus puntos a favor) y para demostrar que su actualidad (aunque no tenga el esplendor del 2007, claro) lo sigue trans formando en el último -el mejor- exponente de una raza futbolera casi en extinción: la del jugador pensante, el organizador, el de la mente veloz, el del pase sorprendente, el de la pegada exacta. Y dio la función de pausa y ritmo para potenciar a sus compañeros y lograr el mejor rendimiento de Boca en mucho tiempo.
Y pueden dar fe el Burrito Martinez, Gigliotti, Colazo, Insúa o cualquier otro que haya recibido un pase de gol. Porque fueron muchos y variados. Y picó Román por los costados. Para reírse de los que le miden cansancios y discuten calidades, como si fueran entendidos. Y armó un par de figuras futboleras con pasos de baile entre rivales sorprendidos.
Cuando convirtió el penal, y quedó con la misma cantidad de goles que Gigliotti, se dejó bañar por la música de admiración que bajaba de las tribunas agradecidas. Y explotó el “Riquelme no se va”, atronador, cuando dejó la cancha a los 34 minutos del segundo tiempo para dejarle su lugar a Luciano Acosta. Levantó los brazos para responder a tanto afecto.
Y se fue Riquelme con una victoria de su equipo. Estuvo en diez partidos de los 16. Y Boca perdió sólo ante River (cuando él ya había salido). En la suma de los otros seis consiguió apenas dos puntos. Son simples datos.
Pero elocuentes.
Parece una broma que la dirigencia tenga dudas para extender el vínculo con el máximo ídolo del club.
Es una cuestión de respeto. Y de agradecimiento por su talento. Tan vigente como se vio el domingo.
