No hay que entrar en el juego de los agoreros de la desgracia. Aceptar el discurso que quiere anular el proceso kirchnerista de la historia contemporánea es acceder a un escollo al crecimiento de la democracia. La década de Néstor Kirchner y Cristina Fernández ha tenido importantes logros y alcances, que en el fin de ciclo no deben ser olvidados ni lanzados a la hoguera. Muchos querrán empujar para desviar el rumbo.
Por César Morielli
La guerra es despiadada. En el bombardeo dialéctico se esconde mucho más que el debate ideológico, está detrás lo realmente importante: el timón del poder real, el equilibrio entre la política y los capitales. El “círculo rojo” al que algunos dirigente admiten pertenecer. El kirchnerismo alteró la ecuación. Néstor Kirchner modificó el tablero. Algunos lo vieron con buenos ojos y otros no tanto. Cristina Fernández puso su impronta para continuar la obra y los detractores crecieron. Pero lo innegable yace frente a los ojos y el Frente para la Victoria encarnó un proyecto político que a nadie pasó inadvertido.
“Algo siempre muere cuando comen los leones”. Así de tajante define el autor sudafricano Wilbur Smith en “Cuando comen los leones”, a través de un esclavo zulú, a las fieras del valle de Limpopo. Por debajo de la metáfora el significante obvio que muestra lo que dejan los grandes depredadores cuando dan rienda suelta a su instinto. En política el fenómeno es similar. Cuando un proyecto termina parece que todo muere con él. Y aún peor, el asesino de turno busca que nada sobreviva. Los liquidadores son siempre los mismos y los mecanismos suelen ser similares. Al menos en Argentina, donde el norteamericano fenómeno del “pato rengo” hace poca mella.
Revisar los fines de ciclo de la democracia del 83 para acá es encontrarse siempre con procesos convulsionados, donde los poderes ajenos pero afines a la dirigencia política metieron la cola. ¿O son lo mismo? Las transiciones siempre dejaron olor nauseabundo detrás. Cuán viable es el crecimiento económico, social y cultural en un camino cíclico de crisis y anticrisis, con inestabilidad constante y reversionada cada 10 años. Parece hecho a propósito…
Hay una responsabilidad directa de los dirigentes políticos y sus modos de practicar el oficio de cuestionar y criticar, o de gobernar. La pregunta que hay que empezar a hacer es qué no debe modificar el Estado cuando modifica a sus protagonistas, y no a la inversa, como viene sucediendo en las últimas transiciones. En el medio, la responsabilidad ciudadana de no llevar al cadalso sin hacer un revisionismo fiel. Y aquí hay que repasar la “década ganada”. Hay que hacer el esfuerzo de no mandar todo al tacho. No corresponde y además no es justo.
En el fin de ciclo nos dirán que todo es malo y nada vale la pena. Pero no es cierto. No debe quedar un recuerdo hostil al kirchnerismo. Acceder a esas intenciones de los poderes corporativos sería un error ciudadano.
Con todas las críticas aceptables hacia cualquier proceso político, con Néstor Kirchner en el 2003 y hacia acá hubo de todo. En el país se presentaron situaciones de índole política, económica, social, y cultural impensadas apenas un puñado de años atrás. En Internet circulan gran cantidad de recuentos de blogueros oficialistas que repasan todas estas situaciones. Algunos llegan hasta casi 200, otros un poco menos. Todas reales y saludables. Aquellos que no simpatizan con el proyecto hacen lo propio, y recopilan todas las denuncias de la oposición política o del jet set periodístico-mediático.
Pero algo es necesario. Vivir el kirchnerismo como un proceso que hizo escalar peldaños y que ahora, parece, deberá ceder su lugar. En la memoria cada quien elegirá qué recordar. Hace falta advertir cuáles son los referentes políticos que avisan que se debe pensar en un escenario superador, y quiénes son los que eternamente han buscado construir el oscurantismo. Estos últimos, no sirven.
