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Reconstruir la Ciudad a partir de la cultura
Opinion

La música tropical, la bailanta, la cumbia villera, el cuarteto o las diferentes formas de nombrar el fenómeno está expresando a ese 50% de argentinos a los que el neoliberalismo despojó de todo, absolutamente todo.

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8 junio, 2011 169

A fines de los ’60 la ola de un cambio cultural y de paradigmas llegó a estas costas del sur del mundo. Entre otras rupturas y nuevos sueños, la música –en este caso el rock sajón de Los Beatles y los Rolling Stones– produjo amores incondicionales y odios efímeros. Una gran parte de la sociedad cuestionó, persiguió y anatemizó a aquellos extraños de pelo largo por su aspecto, su léxico y su poética. La dictadura de la llamada Revolución Argentina humilló, detuvo y cortó pelambres de estos degenerados, sucios, malos y desprolijos. Muchos ciudadanos formales, corteses y muy occidentales y muy cristianos tenían como deporte no sólo insultar sino organizar cacerías e intentos de linchamiento.

El éxito de la argentinización musical que luego se conocería como rock nacional era demasiado negocio para las multinacionales discográficas como para que se lo arruinara la sempiterna pacatería y zoncera vernácula. Y no hay estupidez que dure 100 años. Sólo cambia de objeto. El movimiento fue incorporado al márketing y el márketing al movimiento.

Con sus idas y venidas, con agachadas, censuras y algunos temores, esa música fue aprovechada por los diversos gobiernos, desde el post-Malvinas a los mega recitales del vacuo Darío Lopérfido. Después de todo, algunas figuras de nuestro rock adoptaban poses de divos hollywoodenses, servían para ilustrar revistas o algunos más dignos proponían mensajes políticamente correctos aptos para los que durante los años ominosos “no habían visto nada”. Y como siempre sucede representaban el gusto del porteño medio. Lo demás era de mal gusto, que como se sabe, es el gusto de los otros.

Las diversas conducciones de las áreas oficiales de cultura de la Ciudad, incorporaron ese variopinto establishment de la música, lo promocionaron, reflexionaron sobre él, aportaron conocimientos y hasta conservatorios, respaldaron fusiones y mestizajes, le dieron espacio y lo pusieron en escena, nacional e internacional. Y lo bien que está. Todo muy cool.

Acompañando la estrepitosa caída del modelo de exclusión iniciado por Martínez de Hoz y continuado hasta su implosión-explosión de diciembre de 2001, fue creciendo otro movimiento que reflejaba a una sociedad con pocas esperanzas, con carencias de formación y con mínimas señales de pertenencia al colectivo de la Argentina como Nación. En las sociedades con cierto grado de bienestar y equidad, las perspectivas y los proyectos parecen no reconocer límites. Con matices y particularidades los pueblos se integran, pertenecen y se pertenecen. La cultura es la casa y el canto de todas las voces. En aquella Argentina de la reducción de la cultura a los términos de productor-consumidor y de la constitución de la identidad solamente basada en el tener (bienes materiales), surge otra forma de expresión, de resistencia, de desafío. Y nuevamente se la estigmatiza porque –a diferencia del rap sajón– sus letras crudas, machistas, a veces procaces o reivindicadoras de su origen y costumbres, se entienden claramente.

La música tropical, la bailanta, la cumbia villera, el cuarteto o las diferentes formas de nombrar el fenómeno está expresando a ese 50% de argentinos a los que el neoliberalismo despojó de todo, absolutamente todo. A todos esos jóvenes que encuentran el goce en el baile y la posibilidad de enfrentar –aunque sólo sea cantando– a ese universo impreciso de los mayores a los que todas las generaciones han denostado para diferenciarse y poder empezar a crecer.

Es que no hay mucho para venderles. No tendrían con qué pagarles. Parados sobre sus obscenas zapatillas originales de más de 600 pesos, los cool-tos despotrican, discriminan y se desentienden de la responsabilidad social por la realidad de estos nuevos grasitas y cabecitas negras.

Esta invisibilización de las expresiones populares se espeja con lo ocurrido con la dictadura cívico militar de Aramburu y Rojas que se ensañó con los artistas y expresiones populares que el primer peronismo había hecho florecer en la Argentina. A Buenos Aires había llegado la alegría vocinglera y expresiva de muchos compatriotas del Interior. Y el cantor popular que los representaba, el gran Antonio Tormo, fue silenciado y con él su música y lo que junto a otros artistas simbolizaban.

Cuando el iletrado Mauricio Macri dice que el empresario turístico Hernán Lombardi es el mejor ministro de Cultura que ha tenido la Ciudad, expresa su visión tilinga del tema. Y sólo se acerca a la música tropical argentina para hacer su show patético bailando sin ninguna coordinación una música que no le pertenece, desprecia y a la que jamás diría que es bienvenida.

Buenos Aires está muy cerca de ser gobernada por primera vez desde la recuperación de la democracia, por un modelo nacional, popular y progresista. Un proyecto antitético a la propuesta mercantil e ineficiente del PRO de Macri, de la visión elitista y egocéntrica de Pino Solanas o de ese medio pelo porteño que expresa Beatriz Sarlo, musa de Clarín y La Nación, que dice que los que aparecen en 6,7,8 son “feos” (seguramente en la BBC son más bonitos).

Daniel Filmus y Carlos Tomada tienen ante sí una tarea decisiva para transformar la Ciudad. Es a través de la cultura desde donde se comenzó a romper el tejido social. Es desde ahí desde donde debemos reconstruirlo. El antropólogo Néstor García Canclini dice que ocuparse hoy de la cultura es ocuparse de las mezclas. Hay una porción significativa de ciudadanos argentinos e inmigrantes que tienen que ser considerados, respetados, promovidos y no discriminados. Será el tiempo de todos. Será también la hora de la sur-cultura.

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Cuarta Sección

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