En estos días, la militancia periodística del PRO se regodea hablando de la partición cuando no el estallido del Peronismo. Son, en general, muy jóvenes, por eso hay que recordarles que Perón dijo que el movimiento es como los gatos, cuando todos creen que se pelean, se están reproduciendo.
Por Alfredo Mason
Para analizar esto que sucede hay que partir del hecho objetivo, lo obvio: perdimos una elección presidencial y ello significa barajar y dar de nuevo. En la política, a diferencia –por ejemplo- de una burocracia estatal, no se llega por antigüedad en el cargo sino por la planificación, logro y consolidación de una victoria… caso contrario, hay que empezar nuevamente a construir poder. Quizás por eso, este viejo militante considera que tiene el derecho a reflexionar.
Dentro de ese esquema, consideramos que el Frente para la Victoria es la expresión institucional de la alianza que el Peronismo construyó a partir de 2003 para consolidar el proyecto que llevaran adelante Néstor Kirchner y Cristina Fernández de Kirchner. La forma en que históricamente se expresó en democracia el Peronismo se denominó partido Justicialista, herramienta institucional, del movimiento nacional que fundara Juan D. Perón; ello señala la importancia que posee la elección de autoridades dentro de dicho partido.
El motor que impulse ese proceso –después de una derrota electoral- no puede se otro que aquel que lleven adelante los compañeros que poseen efectivo poder territorial, entendiendo por territorio también lo institucional, lo cual suma por un lado a los movimientos sociales y por otro al sindicalismo. Esta apertura en la participación política debe concluir en elecciones internas que convaliden la legitimidad de una dirigencia, muy especialmente en los lugares en donde el Peronismo ha perdido la elección en 2015. Ello permitiría que, cuando se hable de «lista de unidad», esa «unidad» esté sustentada sobre un poder real y no sobre acuerdos «de escritorio».
En este momento, es posible que reaparezca un esquema de poder –que era una posibilidad aun ganando las elecciones- con una conducción estratégica y otra táctica. Aun así –y nuevamente recordando que venimos de una derrota electoral- ambas conducciones deben legitimarse en forma democrática.
Claro está que este proceso no se da en el vacío, sino paralelamente al accionar de un Gobierno nacional, de la provincia de Buenos Aires y la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que está buscando rápidamente reinstalar el neoliberalismo. Y precisamente allí es donde la dirigencia del Peronismo –política y sindical- deberá comenzar su legitimación. No seamos hipócritas, no podemos decir: ojalá le vaya bien a Macri porque nos va ir bien a todos… ¡No! Si a él leva bien es porque nos está yendo muy mal a todos. ¿O alguien se animaría a decir que si le iba bien a Martínez de Hoz, a Cavallo o a de la Rua, era para bien de todos?
Tampoco se trata de una oposición que vea TN (todo negativo) como nos hicieron durante 12 años, sino que entre eso y el «peronismo amable» que quieren algunos hay un mundo. No se trata de generar ingobernabilidad, sino decidir que gobernabilidad vamos a aceptar: si se trata de la calle y como nunca sostuvimos la existencia de vanguardias, se trata de acompañar y dar contención; pero en las instituciones debemos tener en claro que el «republicanismo» del Pro no es democrático, pues entre el 2 de enero y el 1 de febrero, Macri lleva firmados 228 DNU, aun teniendo la posibilidad de convocar a sesiones extraordinarias en el Congreso de la Nación. Claro, en la CABA hizo lo mismo, gobernó al margen de la Legislatura e incluso vetó leyes votadas por su propia bancada.
¿Por qué recién ahora llama a extraordinarias, en donde solo se tratan los proyectos del Ejecutivo? Porque cree que ha convencido a algunos compañeros que en nombre de una supuesta racionalidad estarían dispuestos a votar o al menos a dar quórum, para que se pueda nombrar en la Corte Suprema de Justicia a los jueces propuestos, y no nos olvidemos que precisamente la urgencia está dada por la caída de la cautelar que permitía al monopolio Clarín a seguir usufructuando su posición de privilegio.
¿Nuestra dirigencia política va a permitir eso sin decir algo? ¿Se puede seguir soportando en silencio el despido de miles y miles de trabajadores estatales? ¿Vamos a aceptar las paritarias pautadas con límites que no cubren ni el alza del costo de vida? En esas noches de verano, cuando sopla un vientito aliviador, anda rondando un fantasma que, con voz ronca y socarrona les recuerda a algunos muchachos: cuando el pueblo gana la calle lo hace con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes.
