El país vive un clima poselectoral. Un mes y medio antes de la elección presidencial, todos los candidatos de la oposición y los partidos que los apoyan están dedicados a querellas menores. El gobierno anuncia planes y estrategias para los próximos años. El estado mayor mediático, por su parte, combina vagos intentos de manipulación de la opinión pública con especulaciones acerca del tono del próximo gobierno de Cristina Kirchner bajo el supuesto dilema “moderación o radicalización”.
Por Edgardo Mocca, docente y politólogo
El país vive un clima poselectoral. Un mes y medio antes de la elección presidencial, todos los candidatos de la oposición y los partidos que los apoyan están dedicados a querellas menores. El gobierno anuncia planes y estrategias para los próximos años. El estado mayor mediático, por su parte, combina vagos intentos de manipulación de la opinión pública con especulaciones acerca del tono del próximo gobierno de Cristina Kirchner bajo el supuesto dilema “moderación o radicalización”.
El operativo “fraude” quedó en la solitaria agenda de Duhalde, que no goza ni del acompañamiento de su compañero de fórmula para tan republicano desafío. La lamentable operación mediática en torno del brutal asesinato de la niña Candela Rodríguez se volvió en contra de sus promotores: existen síntomas de una respuesta social activa contra las prácticas amarillistas y funcionales al delito y a la corrupción policial, llevadas a un peligroso extremo en los días recientes por los principales medios de comunicación.
La política argentina está congelada. Se preveía que las primarias abiertas serían una herramienta estratégica en manos de la oposición. Sus resultados, se esperaba, permitirían un reagrupamiento de fuerzas en torno al más votado de los opositores para dar la batalla por forzar una segunda vuelta en octubre. La expectativa se trastocó en un inesperado paisaje de derrota anticipada, que precipita las disensiones internas y anticipa el ocaso de casi todos los aspirantes. Hermes Binner y el FAP sobreviven al tembladeral, más en condición de moderados emergentes de un derrumbe generalizado que de desafío cierto al predominio oficialista.
Conviene reservar un lugar para la incertidumbre que siempre acompaña a la política y sobre todo cuando se trata del pronunciamiento simultáneo de millones de hombres y mujeres como el que se producirá en las próximas elecciones presidenciales. Lo cierto es que es muy difícil mover las piezas en el tablero político sobre la base de eventuales sorpresas, que, en este caso, tendrían que ser espectaculares para cambiar cualitativamente el escenario. Entre la tendencia y su realización siempre media la acción política; pero en este caso esa acción está inevitablemente asociada y condicionada por el cuadro político que dejaron las primarias.
La elección del 14 de agosto puso dramáticamente en cuestión la naturaleza bipartidista de nuestro sistema político. Fue, en ese sentido, una inversión de la tendencia que se insinuó en las legislativas de junio de 2009, en las que el radicalismo y sus aliados aparecieron como la fuerza nacionalmente organizada en mejores condiciones de generar una alternativa de gobierno. El radicalismo sigue siendo hoy el único partido, además del PJ, con una estructura extendida en el territorio y con posiciones de poder en algunas provincias y en numerosos municipios. Hay quienes creen que eso, sumado al eventual surgimiento de un liderazgo eficaz, alcanza para mantener posiciones expectantes a nivel nacional y seguir sosteniendo una lógica de competencia bipartidista. Lo curioso es que esa presentación del bipartidismo, casi como si fuera una parte del ser nacional inmodificable, descuida el propio origen histórico de los partidos políticos argentinos contemporáneos, mucho más tributario del surgimiento de grandes liderazgos disruptivos con las realidades preexistentes que del desarrollo de experiencias descentralizadas en el plano de las provincias. Así surgió el radicalismo de la mano de Yrigoyen y el peronismo liderado por Perón. Los liderazgos políticos no surgen de un casting mediático ni de asambleas de cooperativas provinciales sino de demandas populares profundas, interpretadas con audacia y voluntad política. El radicalismo –después del estrellato fugaz y empobrecedor de Cobos y del viraje neoconservador previo a las internas de agosto- no se insinúa como el terreno más apto para la emergencia de ese tipo de liderazgos.
El intento de “parlamentarización” de la elección de octubre que ejerce la conducción de la UCR y su principal candidato no es sino el reconocimiento del alto nivel de deterioro del partido como emprendimiento nacional. Algo así como una reclusión en el Congreso, donde se conservaría el bloque más numeroso desde donde podría protagonizarse un nuevo capítulo del esfuerzo por revivir el maltrecho bipartidismo argentino. A nadie se le escapa que este rumbo equivale al desplazamiento de Ricardo Alfonsín a un cono de sombras del que no le será fácil retornar y a abrir un estado de asamblea sobre el futuro partidario. Todavía más significativo es el repertorio de justificaciones políticas para la táctica parlamentarizadora: se acude a la retórica de la defensa de las instituciones republicanas, en peligro por las supuestas tendencias autoritarias del gobierno. Está claro que se esgrime un argumento de extrema sensibilidad en la historia política argentina del siglo XX, tan sólo para fundar una táctica partidaria de “retirada ordenada”. Además de ser poco responsable políticamente, esta orientación está condenada al fracaso, porque contradice toda la teoría y la práctica del presidencialismo –en el país y en cualquier otro lugar del mundo- que indica que en este tipo de elecciones es inevitablemente la fórmula presidencial la que arrastra al conjunto y define la suerte de los partidos. Los sondeos preelectorales parecen confirmar, por si hiciera falta, el nuevo error del radicalismo.
El irreversible derrape de la candidatura de Duhalde no tiene, en apariencia, la misma significación para el sistema de partidos que la crisis del radicalismo. El peronismo “disidente” o “federal” no pasó de ser un slogan mediático alimentado por la deserción de algunos legisladores muy conocidos de las filas del oficialismo. Tuvo una primavera electoral en 2009 que se esfumó rápidamente con la división de la fugazmente exitosa alianza con el macrismo en la provincia de Buenos Aires. La recuperación del gobierno en 2010 frenó e invirtió las tendencias centrífugas del elenco oficial: el peronismo antikirchnerista se vio reducido a la caricatura con las “internas escalonadas a la americana” entre Duhalde y Rodríguez Saá, cuyos números finales nunca llegó a conocer la opinión pública. No habrá, a partir de ahora o de octubre, crisis partidaria alguna, porque no hay partido que pueda albergarla. Sin embargo, eso no significa que el descalabro no tenga consecuencias. En este caso se conmueve el cuadrante de la centroderecha con pretensiones de construir una base popular. Parece haberse desdibujado considerablemente la perspectiva de una confluencia macri-peronista que sumara a la figura de Macri, consolidada en la ciudad capital, un plantel de caudillos provinciales del PJ, incómodos en el redil kirchnerista. Nada indica que gobernadores peronistas con aspiraciones de liderazgo nacional estén incentivados a emigrar de las filas del “peronismo realmente existente”, que es el que respaldará un nuevo período de gobierno, para una incierta aventura en territorios políticos ajenos.
Si los guarismos de agosto se consolidan en octubre tendremos una nueva matriz de diferenciación política en gestación. Sus actores principales serán el Frente para la Victoria -en cuyo interior disputarán las fuerzas partidarias de la continuidad kirchnerista con sectores más favorables a un peronismo menos disruptivo- y la derecha macrista, cuyas posibilidades de desarrollo tenderán a crecer paralelas a las posibilidades de continuidad kirchnerista, como alternativa de cambio conservador. Habrá con seguridad una zona gris que se disputarán macristas y panperonistas (De Narváez, Del Sel, y acaso también Rodríguez Sáa) aunque en el actual estado de cosas la primacía la tiene el peronismo. En posiciones menos centrales gravitarán el radicalismo y el frente que gira en torno del socialismo santafesino. Es difícil prever el rumbo que seguirá la UCR: sus aliados de derecha tendrán horizontes más atractivos que la ratificación de una alianza fracasada, mientras que un eventual giro de retorno hacia un “frente de centroizquierda” tendrá que dar cuenta de una relación de fuerzas sensiblemente volcadas a favor de las fuerzas que hoy reúne Hermes Binner. Extraña situación la de la política argentina, que a poco más de un mes de las elecciones presidenciales permite discurrir tranquilamente sobre futuros más lejanos.
