Pablo prefirió retirarse prematuramente; los tiempos en la elite pertenecen a sus memorias. Un especie de seguro de retiro lo tentó en Malasia, y dejó un halo de bronca y nostalgia.
"No va a haber pantalones de su talla, le van a sobrar por debajo de las rodillas." José Pekerman estaba hipnotizado por esa ardilla que había ido a descubrir a Estudiantes de Río Cuarto, pero le preocupaba la estampa debilucha. Hugo Tocalli, a su lado, lo escuchaba con idéntica fascinación por ese pibe de 14 años que impactaba con un estilo endiablado y vertical. Al final del partido, Pekerman se acercó a un grupo y lo invitó a Buenos Aires para que participara de una práctica en la selección juvenil. Pablo Aimar se presentó como el más reacio: "¿Usted cree que yo puedo ir a la selección? Yo no soy tan bueno". Detrás de ese bajo perfil que cuidó con celo, Pablito siempre fue algo desconfiado. También, tímido; no se trató de falso pudor cuando se desprendió de cualquier elogio. Nunca creyó en las adulaciones ni las entendió.
Pasó el tiempo y jamás se le borró ese aspecto frágil, de niño angelical. Desde cuando dudaba entre ser futbolista o estudiante universitario. Desde cuando se quería volver del predio de Ezeiza a Córdoba hasta estos días, que se acaba de mudar muy lejos de Córdoba. Siempre con perfume de chiquilín, canillas de gorrión y veneno de serpiente.
Pablo prefirió retirarse prematuramente; los tiempos en la elite pertenecen a sus memorias. Un especie de seguro de retiro lo tentó en Malasia, y dejó un halo de bronca y nostalgia. Pudo ser más, ¿quiso ser más? Entre lesiones y desconsideraciones de algunos de sus entrenadores, como el italiano Claudio Ranieri, en varias ocasiones aparecieron los temores y el abatimiento alrededor de Aimar. Potencialmente habitó un crack en él, pero fue algo inconstante y lo persiguieron debilidades anímicas que no lo dejaron en paz. También, su biomecánica no lo favoreció: hasta la manera de correr, de pisar, perjudicó su estructura muscular.
Pablito nunca se decidió a convertirse en un Zinedine Zidane. Tuvo el talento, pero lo traicionó el físico, y él no le imprimió la imprescindible determinación. Tal vez, eligió no ser Zidane. Siempre renegó de las mentiras y la sobreexposición. Bordeó lo inexplicable, sólo porque optó no alinearse. Y esa posición encierra una virtud. La primera camiseta que Leo Messi le pidió a un rival fue, precisamente, a Aimar. "A esa camiseta la tengo entre mis mejores recuerdos y no me la toca nadie", aclaró la Pulga. ¿Algo más contundente?
Su versión atrevida y desafiante sólo se disfrutó con cuentagotas; generalmente la extravió entre dolores, rehabilitaciones y horas con el kinesiólogo. El mejor recuerdo quedó sepia, en aquel Valencia de 2002-2004, que quebró en España la hegemonía de Barcelona y Real Madrid, y también alzó la Copa UEFA. Pablo, potencialmente una estrella, se pasó la vida golpeando la puerta en lugar de un buen día tirarla abajo. A contramano de casi todas las tendencias, hace un par de semanas fue presentado en el exótico Johor Darul Takzim. A los 33 años, eligió desaparecer para convertirse por dos temporadas -con opción a otra- en el futbolista mejor pago de la historia de la liga malaya. Aimar en estado puro, diferente, y probablemente incomprendido, hasta el final.
