En Villa Ballester, María O´Donnell presentó su libro junto a Leo Grosso y Cristian Alarcón, señalando que «la conversación informada es lo mejor que podemos dar». Los detalles, en la nota.
Este miércoles por la tarde, casi entrando a las horas de la noche, tuvo lugar en la zona céntrica de Villa Ballester, en el partido de San Martín, un encuentro para presentar el reciente libro de la periodista María O´Donnell «Montoneros, una historia visual», con presencia de la autora, junto al dirigente político del distrito y ex diputado nacional Leo Grosso, y al escritor y periodista Cristián Alarcón.
El encuentro tuvo lugar en la coqueta librería de la zona La Bemba, dónde se acercaron unas 60 personas para escuchar la presentación del libro, el cuarto texto que O´Donnell escribe acerca de la guerrilla Montoneros.
El motivo del encuentro es un libro que, según los tres oradores, no busca sumar un archivo inédito a la ya extensa bibliografía sobre la organización, sino reordenar lo conocido —fotografías, documentos internos, publicaciones, reglamentos— para que esa historia «vuelva a leerse con otras preguntas».
Antes de que O’Donnell tomara la palabra, Alarcón abrió la presentación con un gesto personal hacia San Martín: recordó que Revista Anfibia, el medio que dirige, nació en la Universidad Nacional de San Martín y sigue considerando a la universidad su «casa». A su vez, el escritor chileno fue el encargado de situar la obra dentro de una bibliografía ya extensa.
Lo que este libro le suma a la historia de Montoneros
El desafío de O’Donnell, planteó Alarcón, no era otro archivo ni otra interpretación: era encontrar una forma de volver legible una historia que buena parte de los lectores cree conocer de memoria.

Esa forma, según Alarcón, es la estructura del libro, que emula el pulso de una revista de época: una cronología central que avanza desde el asesinato de Aramburu hasta la vuelta a la democracia, interrumpida por «inserts» temáticos que funcionan como desvíos dentro del relato principal de O´Donnell. La comparó con la lógica de «elegí tu propia aventura»: cada lector puede optar por seguir el tronco narrativo o desviarse por los documentos que la organización fue produciendo sobre sí misma.
De esa estructura se desprende, para Alarcón, la tesis silenciosa del libro: el pasaje de una organización profundamente mezclada con la sociedad —universidades, parroquias, sindicatos, barrios— hacia una organización cada vez más volcada sobre su propia estructura interna, la llamada «militarización» de Montoneros. El punto de inflexión que eligió destacar fue la aparición del Código de Justicia Penal Revolucionario, diagramado con el mismo diseño gráfico que el resto del libro, que documenta el momento en que la organización empieza a asumir funciones propias del Estado: juzga, sanciona y en algún caso, ejecuta a sus propios miembros.
El detalle gráfico
O’Donnell explicó que la decisión de contar la historia de Montoneros a través de su propia producción gráfica no fue al azar: la organización estuvo integrada por algunos de los periodistas y escritores más relevantes de su generación —Rodolfo Walsh, Francisco Urondo, Horacio Verbitsky— y tuvo publicaciones propias, como El Descamisado, que combinaron distintos grados de masividad y clandestinidad a lo largo de los años.
Esa producción funciona en el libro cómo un pasaje por la historia de la organización. Las primeras páginas están dominadas por el color y la calle: movilizaciones, actos, publicaciones con vocación masiva. A medida que avanza el relato, la paleta se oscurece, en sintonía con el proceso de repliegue que describía Alarcón. Para compensar esa pérdida de color hacia el final del libro, O’Donnell indicó que recurrió a materiales de la campaña gráfica del Mundial 78, producida por diseñadores europeos, aun cuando el momento político que ilustra es mucho más oscuro. En ese marco, la calidad de las publicaciones va empeorando a la par de la clandestinidad, hasta llegar a la última imprenta clandestina de Montoneros, montada bajo un criadero de conejos en La Plata.

San Martín, un escenario que atraviesa la historia
La presentación tuvo, además, un anclaje territorial importante de la mano de Leo Grosso, anfitrión del encuentro. Grosso repasó que Sabino Navarro, uno de los primeros jefes de Montoneros, había crecido en San Martín, al igual que Norma Arrostito, fundadora de la organización.
Grosso hizo hincapié en Villa Concepción, el primer barrio construido por planes de vivienda peronistas frente al Hospital Belgrano, como el barrio con mayor densidad de desaparecidos de todo el país: de los siete casos registrados originalmente, el trabajo de organización vecinal y de familiares durante los años del kirchnerismo permitió identificar hasta trece o catorce, la mayoría militantes de Montoneros.
El dirigente también repasó además el peso industrial de la zona norte del conurbano —con fábricas como Grafa o la planta de General Motors, hoy ocupada en parte por la UNSAM— como otro de los escenarios de la militancia sindical vinculada a la Columna Norte de la organización.

La coyuntura, presente en la conversación
Sobre el final, O’Donnell se refirió al momento elegido para publicar el libro. Contó que empezó a trabajar en él hace diez años, sin saber qué gobierno estaría en el poder al momento de su salida, y que sin embargo cree que es un buen momento para que aparezca. Su diagnóstico apuntó a lo que describió como una descontextualización creciente del debate sobre los años setenta: relató discusiones con sus propias hijas y con estudiantes que hoy dudan si Rodolfo Walsh fue montonero o si la organización efectivamente llevó adelante acciones armadas. Para O’Donnell, «la conversación informada es lo mejor que podemos dar», y el silencio o el miedo a discutir esos años termina expresándose «de las peores maneras».
Esa reflexión derivó en un señalamiento sobre el presente: sostuvo que frente a lo que calificó como discurso de odio proveniente del Gobierno nacional, no hay margen para la ambigüedad a la hora de contar esta historia. Trazó un paralelismo con la política exterior estadounidense, al vincular la retórica del senador Marco Rubio sobre el terrorismo con la construcción histórica del «infiltrado» como enemigo interno durante el tercer gobierno peronista, como una forma de pensar cómo se construyen los enemigos políticos con el paso del tiempo.
