Por Andrés ‘Pachi’ Lencinas, abogado y concejal de San Martín.
Hay imágenes que explican más que mil encuestas.
Miles de personas acompañando una despedida. Calles llenas. Banderas. Abrazos. Lágrimas sinceras.
Pasó con Taty Almeida. Pasó con el Indio Solari.
Dos historias distintas. Dos caminos diferentes. Pero algo en común: el cariño popular.
Y entonces aparece la pregunta.
¿Por qué una parte importante de la sociedad siente afecto por quienes representaron causas populares y, al mismo tiempo, rechaza al peronismo o al kirchnerismo?
La respuesta no es simple.
Porque la política nunca es solamente economía.
La política es identidad.
Es pertenencia.
Es cultura.
Es memoria.
Pierre Bourdieu explicaba que las personas no eligen únicamente por interés material. También eligen según los valores, símbolos y creencias que incorporaron durante toda su vida.
Y ahí aparece una primera clave.
Hay trabajadores que defienden políticas que los perjudican económicamente.
No porque sean tontos.
No porque estén confundidos.
Sino porque creen que esas ideas representan el esfuerzo individual, el mérito o la libertad.
La sociología lleva décadas estudiando este fenómeno.
Antonio Gramsci lo llamó hegemonía cultural.
Cuando una idea logra instalarse como sentido común, deja de discutirse.
Se vuelve natural.
Aunque perjudique a quien la defiende.
Por eso hoy muchos celebran el ajuste aun cuando el ajuste les golpea la puerta de su propia casa.
No es una contradicción.
Es una construcción cultural.
También existe otro problema.
Los gobiernos nacionales y populares cometieron errores.
Errores graves.
Negarlos sería una estupidez.
Hubo corrupción.
Hubo funcionarios que traicionaron las banderas que decían defender.
Hubo soberbia.
Hubo distancia con sectores que alguna vez se sintieron representados.
Y cuando eso ocurre, el daño es doble.
Porque no cae solamente un dirigente.
Se lastima una causa.
Mientras tanto, muchos de los sectores más concentrados de la economía siguen defendiendo proyectos políticos que reducen impuestos, eliminan regulaciones y trasladan recursos hacia arriba.
Eso tampoco es extraño.
Defienden sus intereses.
Lo llamativo es cuando quienes pierden salario, empleo o derechos terminan defendiendo exactamente el mismo proyecto.
Ahí aparece la gran pregunta argentina.
¿Por qué alguien vota contra sí mismo?
Tal vez porque nadie vota solamente con el bolsillo.
Se vota con la esperanza.
Con el miedo.
Con el enojo.
Con el recuerdo.
Con la identidad.
Y sobre todo con aquello que cree que es verdad.
Aunque a veces esa verdad no coincida con su propia realidad.
Los funerales multitudinarios de Taty Almeida y del Indio Solari muestran algo que ningún algoritmo puede medir.
Existe una Argentina solidaria.
Existe una Argentina que todavía cree en la memoria.
Existe una Argentina que sigue emocionándose con la idea de comunidad.
La misma comunidad que algunos llaman pueblo.
Y quizás ahí esté la verdadera discusión.
No sobre quién roba más o quién roba menos.
No sobre qué dirigente gana una elección.
Sino sobre qué modelo de sociedad queremos construir.
Una donde cada uno se salve solo.
O una donde el destino del vecino también importe.
Porque al final de cuentas, los pueblos no se reconocen por los mercados que construyen.
Se reconocen por los abrazos que dejan cuando alguien se va.
Y en esas despedidas multitudinarias hay una verdad que sigue viva.
La de una sociedad que todavía busca algo más grande que ella misma.
Algo que ni el mercado ni las encuestas han podido explicar del todo.
