El autor duda que con el nuevo presidente de EE. UU venga aire fresco al continente. Como en todo cambio, siempre hay algo que permanece, porque de no ser así solo habría destrucción y generación continua. Si este concepto lo trasladamos a la región latinoamericana, podemos esgrimir algunas conclusiones, especialmente después de la última V Cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago; que tuvo como asistente estelar a Barack Obama.
Si comparamos con algunas décadas atrás, han cambiado obviamente algunos actores de la vida política. Y como el hombre es el hombre y sus circunstancias; las naciones también se afirman de acuerdo a las circunstancias que las rodean. Es por eso que durante la Guerra Fría, durante el mundo bipolar, los Estados Unidos tuvieron una injerencia en cada unos de los países de la región en el marco de una política de seguridad nacional que enfrentaba al bolchevismo. De repente, América Latina se transformó en el campo de juego de un enfrentamiento planetario de las máximas potencias. Ese juego (políticamente real y éticamente reprochable) respondió a un momento determinado en la historia.
Si hay algo que ha cambiado en América Latina, fue sin duda las inclinaciones políticas de las dirigencias que gobiernan a nuestros pueblos. Dentro del llamado progresismo, se encuentran Luiz Inácio Lula Da Silva (Brasil), Michelle Bachelet (Chile), Tabaré Vázquez (Uruguay), Cristina Kirchner (Argentina) y algunos analistas lo ubican en esta categoría al padrecito Fernando Lugo (Paraguay).
En un bloque pseudo-socialista con características autóctonas: Hugo Chávez (Venezuela), Evo Morales (Bolivia), Daniel Ortega (Nicaragua) y Rafael Correa (Ecuador). Podría sumársele a este equipo el recientemente electo presidente de El Salvador Mauricio Funes, un hombre del Frente Farabundo Martí para la Liberación ligado a la teología de la liberación del monseñor Óscar Arnulfo Romero, mártir de América.
Quedan fuera de este esquema, Álvaro Uribe (Colombia) y Alan García (Perú) quienes no llegan a tener relaciones carnales con los Estados Unidos, pero sus Tratados de Libre Comercio con Norteamérica –el de Colombia todavía está en stand by- los diferencia del resto de sus pares regionales. México, por su parte, tendrá que convivir con su vecino condicionado por la influencia norteamericana.
Frente a este mapa, la última crisis financiera internacional ha hecho que los presidentes latinoamericanos vayan cerrando filas para poder enfrentar las dificultades con más espalda. Pero a pesar de las urgencias financieras, durante la cumbre los representantes se centraron en pasar algunas facturas a Obama. Cristina haciendo un raconto de las difíciles relaciones de los Estados Unidos con la región en la historia más reciente, especialmente con su doble juego durante la gesta de Malvinas, al no convocar al TIAR. Daniel Ortega, evocando la intervención norteamericana durante la dictadura de Somoza. Por otro lado, los representantes latinoamericanos coincidieron en que es hora de poner fin al bloqueo económico de Cuba.
Tal situación no representa un problema comercial y económico para la región, pero serviría para lavar la imagen negativa de los Estados Unidos a nivel mundial. Puede que si el bloqueo se acaba, Cuba siga sumergida en los mismos problemas, con su régimen intacto. O bien, sea una medida que aproveche Norteamérica para que mediante la libre circulación de dinero y de personas, la revolución se vaya resquebrajando por dentro.
LA DOCTRINA OBAMA
Frente al reclamo de los presidentes, Obama reaccionó tibiamente, elaborando un discurso generalista y con los contenidos a los que Estados Unidos nos tiene acostumbrado: la lucha contra la droga (que mayoritariamente consumen los norteamericanos), proyectos energéticos a futuro (que los financian con exclusividad los países centrales) y la defensa de la libertad de los pueblos (libertad que Estados Unidos viola sistemáticamente). Esto último es lo que permanece –hasta el momento- en los cambios políticos que se generan.
Las intervenciones norteamericanas no cesarán para que sus intereses mundiales no se vean amenazados. La diferencia radicará en la metodología. Los republicanos, más frontales en sus políticas exteriores, no dudan en iniciar un conflicto armado si es necesario. Los demócratas, jugarán a las políticas indirectas, con tratados de comercio y una diplomacia más activa. Es por eso que cabe preguntarse si es Obama un cambio épico tal como fue pintado, o si más bien, responde a un equilibrio natural después de dos gobiernos republicanos deficitarios, debido a las dos guerras en el oriente.
Tal como operan las circunstancias en la región, Estados Unidos tejerá acuerdos con los más grandes: Brasil y México. La estrategia será mantener a países mariscales que mediante sus potencias puedan manejar las asimetrías que se generen en cada espacio. El equilibrio sudamericano estará garantizado por Brasil, donde su hábil diplomacia contrarrestará las distorsiones de posibles enfrentamientos entre EEUU y el bloque socialista. Una diplomacia que goza de fuertes lazos con el Oriente, especialmente las megas potencias de la India y China. En Centroamérica, Funes sería un buen socio para Obama, dado que se muestra como un dirigente de izquierda moderada y sabe que El Salvador requiere de las remesas que sus ciudadanos envían desde Norteamérica.
La relación bilateral entre la Argentina y Estados Unidos dependerá de las intenciones brasileras. La necesidad recíproca que existe respecto a nuestro principal socio, obligarán a los mandatarios elaborar políticas en conjunto – especialmente en comercio exterior – a fin de evitar el proteccionismo en el primer mundo. Si nos preguntamos si la Argentina necesita de una relación más profunda con EEUU, los últimos años indicarían que no. A grandes rasgos, la Argentina kirchnerista supo sacar al país adelante, después de los abismos de 2001. Pero como las circunstancias han cambiado, es posible que se tenga que proteger los éxitos logrados, con relaciones exteriores prudentes y activas, priorizando la apertura de mercados para colocar nuestra producción.
Nuestro gobierno tendrá que sacar el maquillaje provocado por la obamamanía y corrigiendo a eruditos locales, recordar que en la gran política LO QUE SE DICE NO ES.
Por Emiliano Martínez
