Cristina Kirchner insiste en reclamar unidad desde su departamento de San José 1111. Axel Kicillof repite el mismo mensaje desde la Gobernación bonaerense. Sergio Massa, desde sus oficinas sobre Avenida del Libertador, también exige cohesión. Los gobernadores suman sus voces desde cada provincia. La dirigencia de Fuerza Patria intenta sostener el frente unido, aun cuando las desconfianzas internas persisten y las heridas siguen abiertas. Nadie está en condiciones reales de romper ni de construir un camino propio sin costo.
En todo el peronismo asumen que 2026 será un año marcado por dos tensiones centrales: la disputa por el liderazgo —con CFK en el centro del debate— y la necesidad de reconstruir un programa político y económico que vuelva a ordenar a la coalición. Discusiones sobre posicionamientos, redefinición de alianzas y el armado electoral futuro aparecen como un paso inevitable. La renovación de figuras y de ideas es un punto de consenso puertas adentro.
Tras un año saturado de internas y reproches, y con la figura de Kicillof creciendo de manera lenta pero sostenida, empieza a instalarse la idea de que el ciclo de CFK transita su tramo final. Hay acuerdo en que su influencia se refleja casi exclusivamente en La Cámpora y en un conjunto de dirigentes que aún le responden, pero que no representan una alternativa electoral competitiva a futuro. Es el dilema del poder después del poder.
Para llegar a esa discusión, la prioridad es evitar una guerra interna que desgaste aún más a la fuerza. El peronismo necesita mostrarse como la oposición más consistente frente al proyecto que encabeza Javier Milei, con capacidad de bloquear, proponer alternativas y ordenar su discurso. De ahí que la unidad, aun con tensiones, siga siendo el mandato central.
La sede de Matheu 130 funciona como espacio donde se intenta contener a todas las vertientes y evitar nuevas fugas. En la reunión del consejo nacional del PJ de esta semana, la preocupación dominante fue preservar la cohesión de los bloques legislativos y retener la condición de primera minoría.
En ese contexto, se mencionó —sin convertirlo en tema principal— el ingreso de los tres diputados radicales conocidos como la Liga del Interior o “radicales con peluca”. Su incorporación engrosará las filas del oficialismo, que pasará a contar con 91 bancas. Aunque relevante, ese movimiento quedó opacado por un dato más inquietante para el peronismo: su bloque cuenta con 96 legisladores, pero atraviesa tensiones fuertes y no se descartan rupturas.
Lo que verdaderamente alteró las alarmas peronistas es que el oficialismo está decidido a convertirse en la primera minoría cueste lo que cueste. Y para lograrlo, puso sus ojos en dos figuras clave: el gobernador de Catamarca, Raúl Jalil, y el de Santiago del Estero, Gerardo Zamora. En la Casa Rosada no ocultan su estrategia de fracturar al bloque de Fuerza Patria, intentando que ambos mandatarios se despeguen del kirchnerismo y se acerquen al sector opositor que el Gobierno considera “dialoguista”.
Evitar que eso ocurra se transformó en la urgencia principal dentro del peronismo. Por eso se aceleró la decisión del Senado de unificar bajo un mismo nombre el bloque de los gobernadores y el sector kirchnerista: un gesto político destinado a bloquear rumores de quiebre y mostrar una mínima armonía mientras se negocia contrarreloj.
La expectativa máxima es que, una vez asumido como senador, Gerardo Zamora y los legisladores Andrada, Salino, Moisés y Rejal permanezcan dentro del nuevo bloque justicialista. Lo mínimo es que se mantengan dentro de un interbloque coordinado, alineados con José Mayans, Juliana Di Tullio y Anabel Fernández Sagasti, quienes hoy llevan adelante la articulación de la bancada.
En Diputados el panorama es más frágil. Ya se confirmaron dos salidas —el tucumano Javier Noguera y el puntano Jorge “Gato” Fernández— pero toda la atención está puesta en los cuatro representantes catamarqueños que responden a Raúl Jalil, quienes analizan distanciarse de Fuerza Patria. Para el Gobierno nacional, ese movimiento es clave para quebrar el equilibrio parlamentario.
El encargado de contener a todos es Germán Martínez, presidente del bloque, que mantiene diálogo permanente con cada gobernador y con sus diputados. “Es respetado por todas las bancadas y domina cada tema”, destacó un legislador del interior. Su continuidad es materia de debate, pero desde el entorno de CFK fueron claros: “Primero la unidad, después vemos”.
La labor de Martínez y de Mayans no es sencilla: deben impedir que las tensiones derivadas de las diferencias con Cristina y Máximo Kirchner provoquen una ruptura definitiva.
La semana próxima, Mayans podría convocar a los gobernadores para unificar postura en torno al Presupuesto 2026 y a las reformas de fondo que impulsa el gobierno libertario. Pero sabe que necesita algo más: tender puentes con Kicillof, cuyo gobierno no tiene representación propia en la mesa del PJ pese a gobernar la provincia más grande del país.
Los mandatarios de Fuerza Patria mantienen una relación estable entre sí, aunque no exenta de matices. Sus vínculos con la Casa Rosada marcan diferencias: Gerardo Zamora y Sergio Ziliotto sostienen un diálogo prudente con el Gobierno; Kicillof, Gildo Insfrán, Ricardo Quintela y Gustavo Melella no mantienen canales abiertos y son acusados de “obstruccionistas”.
El Presidente trabaja activamente para dividirlos, una táctica clásica en cualquier gobierno que busca acumular poder parlamentario. Ya no opera como el outsider que irrumpió sin estructura, sino como un actor político que intenta separar entre “convocados” y “marginados” para debilitar al adversario.
Sergio Massa, en cambio, insiste en bajar línea de unidad. Les pidió a los suyos colaborar en la aprobación del Presupuesto bonaerense, la ley fiscal e impositiva y el endeudamiento solicitado por Kicillof. Su objetivo es cerrar el año sin nuevas explosiones internas. “Hay que cerrar el año en paz”, repite en sus oficinas.
También argumenta que “al final del día, el peronismo siempre encuentra un modo de ordenarse”, destacando que es una fuerza que busca poder para sostener transformaciones. En La Plata valoran su acompañamiento: “Sergio está ayudando, está jugando bien”, dicen.
El vínculo con La Cámpora, sin embargo, está lejos de ser armónico. En el entorno de Kicillof cuestionan la actitud del sector cristinista en la negociación del endeudamiento: “Corren el arco todo el tiempo y después responsabilizan al gobierno provincial”, señalan. Desde el lado de Máximo Kirchner, responden: “Siempre acompañamos lo que pidió el Gobernador. La única traba es conseguir los dos tercios”.
Si logran aprobar las tres leyes la semana próxima, la interna bonaerense podría tomarse un respiro.
En medio de ese clima, Cristina Kirchner dio una señal de distensión que no pasó desapercibida: recibió al riojano Ricardo Quintela, quien el año pasado la enfrentó en una interna fallida en el PJ. La foto en su departamento, donde cumple prisión domiciliaria, fue interpretada como un gesto claro del camino que —según ella— debe seguir la reconstrucción del espacio.
