Un eventual bloqueo de la principal ruta del petróleo mundial podría provocar una crisis energética internacional. El impacto se haría sentir también en la economía argentina.
El Estrecho de Ormuz volvió a convertirse en el epicentro de la tensión geopolítica global. Irán, en respuesta a los ataques militares de Estados Unidos, advirtió que evalúa cerrar esta angosta vía marítima por donde transita alrededor del 20% del petróleo que se consume en el mundo. La amenaza fue avalada por el Parlamento iraní, pero la decisión final queda en manos del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, el órgano que define las estrategias defensivas del régimen. Si se concreta, las consecuencias serían catastróficas para la economía internacional.
Con apenas 33 kilómetros de ancho en su punto más angosto, el Estrecho de Ormuz conecta el Golfo Pérsico con el mar Arábigo. Es un corredor clave para las exportaciones de petróleo de países como Arabia Saudita, Irak, Kuwait y el propio Irán, que dependen de esa vía para abastecer a potencias asiáticas como China, Japón e India. Cualquier interrupción podría disparar los precios del crudo a niveles alarmantes, comprometer la seguridad energética global y generar una ola inflacionaria que alcanzaría a países periféricos como la Argentina.
Los analistas de bancos internacionales ya especulan con un escenario crítico. Según proyecciones privadas, un bloqueo total podría empujar el precio del barril de petróleo hasta los 120 dólares y provocar un salto inflacionario en Estados Unidos. Para Irán, sin embargo, la medida también implicaría un alto costo, ya que por ese mismo canal salen más de un millón de barriles diarios que sostiene su frágil economía. Por eso, muchos expertos creen que las amenazas buscan más presionar que ejecutarse.
Pero la posibilidad de un cierre no puede descartarse. En los últimos días, el propio Consejo de Seguridad de Irán envió señales más duras. Uno de sus miembros, el general Mohsen Rezaei, aseguró que el país responderá con medidas extremas si se profundiza la intervención militar extranjera. La tensión escaló tras los recientes bombardeos en territorio iraní, en el marco de un conflicto que ya trasciende las fronteras del Medio Oriente.
El impacto de un bloqueo ya fue anticipado por la historia reciente. En 2021, el encallamiento de un barco en el Canal de Suez, que interrumpió el paso del 10% del comercio mundial durante solo seis días, generó aumentos en el costo del petróleo, roturas en la cadena de suministros y pérdidas diarias de hasta 10 mil millones de dólares. El Estrecho de Ormuz concentra el doble del tráfico energético que el Suez. La magnitud de su cierre sería incomparable.
En el caso argentino, las consecuencias llegarían rápidamente por el canal financiero y energético. Un petróleo más caro golpearía las reservas del Banco Central, presionaría los precios internos y comprometería el abastecimiento de combustibles en un país que importa una parte creciente de su energía. Además, el encarecimiento del transporte global encarecería las importaciones industriales y agrícolas, afectando la producción local.
También el mercado de deuda se vería sacudido por un eventual shock externo. Un alza en el precio del petróleo desacomodaría las cuentas fiscales y aumentaría el riesgo país, en momentos en que el Gobierno de Javier Milei intenta recomponer la confianza inversora. La inflación global que podría derivarse de este conflicto complicaría además el escenario monetario local, especialmente si el dólar se fortalece y empuja el tipo de cambio argentino.
Por ahora, Irán no cerró el Estrecho. Pero las advertencias son cada vez más frecuentes y severas. Si la crisis escala, el mundo podría entrar en una nueva etapa de inestabilidad energética, con consecuencias tan directas como impredecibles para todos los países dependientes del comercio internacional. Argentina, aún lejos del conflicto, no sería la excepción.
