Arrancó la fiesta del fútbol en Qatar, llegó el día del pitazo inicial y de la ceremonia de inauguración que todo el mundo mira por tv. El elegido para la iniciación de la Copa fue el Estadio Al Bayt, en la ciudad de Al Khor, construído desde el 2015 para la cita mundialista.
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La fiesta inaugural no tuvo tantos colores como las ediciones anteriores, un predominio de blanco y negro que alternaban en las gradas como un gran damero, un tablero de dos colores. Correspondían a los atuendos árabes, mujeres y hombres con sus abayas, hiyab, túnicas, sus mejores ropas, que manifiestan el nivel de vida qatarí muy por encima de cualquier aspiración de la que pudiera acceder algún migrante que se exilió por trabajo al Emirato arábigo.
Para contentar a los telespectadores occidentales, la organización homenajeó a las mascotas de mundiales pasados, dummies con banderas de los países y las respectivas canciones de las Copas anteriores. Un escueto show musical en vivo – se habían negado a participar de la fiesta en represalia al régimen qatarí:—Rod Stewart, Dua Lipa, Shakira— sólo contó con la presentación del artista surcoreano Jungkook, quién actualmente es integrante de la agrupación de k-pop BTS.
Más adelante, apareció inesperadamente el gran Morgan Freeman, ese Dios de la ficción de Hollywood, que se convertía en el famoso presentador en el escenario de la celebración, también paradojicamente fue el actor que interpretó a Nelson Mandela, defensor de libertades, que no imperan en la hoy capital del fútbol mundial. Condujo la ceremonia y durante un tiempo estuvo acompañado por Ghanim Al Muftah, filántropo, emprendedor e influencer qatarí, que tiene Síndrome de Regresión Caudal, una rara enfermedad que le impide mover la parte inferior de la columna vertebral).

«El fútbol permite que nos reunamos como una tribu y la tienda es la tierra en la que todos vivimos». Es el lema de la ceremonia de inauguración de este Mundial, previa al encuentro entre el equipo local y su similar de Ecuador. La Copa comienza en un lugar de discusión sobre los derechos humanos, vulnerados por el organizador del máximo evento del fútbol, al regirse por la ‘Sharia’, la ley islámica.
La política y el Mundial
En los palcos se lo pudo ver al secretario general de la ONU, el portugués Antonio Guterres. Un día después de la apertura, se espera al secretario de Estado de Estados Unidos, Anthony Blinken, en Doha. El propio Rey Felipe VI acudirá a Qatar para presenciar el debut de España ante Alemania, el miércoles. Más de 4.500 millones de inversiones en España bien valen un paseo por la península árabe. En los puestos de privilegio se juntaron el emir Tamim Hamad bin Al-Thani con el príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman. Uno de los personajes más controvertidos de la escena internacional, acusado de ordenar el asesinato del periodista crítico Jamal Khashoggi, descuartizado en Estambul por su servicio secreto.

La presencia del heredero saudí es, sin embargo, una gran conquista diplomática de Qatar, son los vecinos más amenazantes, por dimensión y capacidad, e instigadores del último embargo contra Qatar en la región del Golfo. En Arabia se reían cuando el emir qatarí solicitó el Mundial. Ahora se endosan a una influencia que no han sabido conseguir en el tiempo.
