Integrante de la Asociación de Veteranos de San Martín, Roberto Ullúa relata sus vivencias como encargado de comunicaciones en Puerto Argentino durante el conflicto bélico. Enojo por las modificaciones realizadas al monumento de la Plaza Alem y cuenta por qué aguardan un llamado de la intendencia. “El veterano sigue perdiendo batallas”, sentencia.
A Roberto Ullúa, actual secretario de la Asociación Veteranos de Guerra por Malvinas de General San Martín, el conflicto bélico lo encontró en una situación particular. A punto de casarse (tenía fecha para mediados de mayo de 1982), este por entonces integrante de la Fuerza Aérea, se vio obligado a postergar sus planes y volar rápidamente de Buenos Aires a Comodoro Rivadavia y, posteriormente, a las islas. Allí le tocaría una de las tareas de mayor envergadura: a sus 28 años, sería Cabo Principal encargado de las comunicaciones.
Con un sinfín de historias en el lomo, que alternan lo colorido, como sus comunicaciones “codificadas” con un radioaficionado de San Martín, y lo dramático, como aquella noche en que, desarmado, escapó a las corridas de los sorpresivos balazos provenientes de una casa de resistencia kelper, Ullúa asegura que al poco tiempo de pisar suelo malvinense supo que allí debía quedarse. Pese a que la orden era “ir, armar, calibrar y volverse”, él decidió permanecer en Puerto Argentino junto al resto de los técnicos en comunicaciones. “Incluso hicimos un pacto: o nos relevaban a todos juntos o no se iba nadie. Nada de relevos parciales”, afirma.
Tanto fue así que su estadía en las islas se prolongó hasta el final del conflicto, cuando el 14 de junio de 1982 cesaron las hostilidades entre los bandos. “El 17 nos embarcaron hasta Puerto Quilla. De ahí, nos llevaron en un F 28 hasta Río Gallegos y después en un Boeing hasta Buenos Aires. Llegamos acá el 20 de junio”, recuerda el hombre, quien se define como “un técnico en el área electrónica de la Fuerza Aérea”. Y aclara: “No era de esos militares que andaba a los gritos, incluso tuve mis entredichos”.
Explicitados el plano técnico y el rol que le tocó durante el conflicto, a la hora de meterse en el terreno emocional, Ullúa parece esquivarle al recuerdo. “Siempre digo que no lo puedo explicar”, comenta escuetamente al ser consultado por sus sensaciones acerca de lo vivido. Incluso, relata que, como encargado de la puesta en marcha del equipo de radio, en ese entonces no había tiempo para pensar demasiado en lo que iba transcurriendo. En su cabeza -afirma- solo había lugar para una idea bien fija: “Que todo funcione”.
Aclarado este punto, el hombre procede a comentar brevemente la historia de la Asociación, ubicado en la avenida Perón 3481, que alberga, como él dice, “a todos”, incluso a cuadros, como él, y a quienes les tocó permanecer en el continente. “Está integrado por doce personas y lo mantenemos a pulmón. Acá se paga un alquiler y el municipio cada tanto nos da una ayuda”, cuenta.
Sin vueltas, Ullúa sostiene que, “guste o no, hay una ‘desmalvinización’”. Y lo ejemplifica con un hecho bien cercano: lo sucedido con el monumento a los Caídos en la Gesta de Malvinas en la plaza Alem de San Martín, donde la Municipalidad ha realizado trabajos de refacción en el último tiempo. “Tenía una forma, pero vino la intendencia, lo reformó y no nos preguntó nada”, lamenta Ullúa, quien aclara que en febrero desde la Asociación enviaron una carta al municipio. “Nunca nos llamaron”, cuestiona el hombre de 60 años. Y, con algo de impotencia, concluye: “El veterano sigue perdiendo batallas”.
