El dirigente radical recordó el histórico 30 de octubre de 1983 y subrayó la figura del ex presidente. En diálogo con LaNoticiaWeb, trazó diferencias entre aquella UCR y la actual, a la que definió como “alicaída”, pero con expectativas de cara al futuro. Y rechazó cualquier acuerdo con Macri.
Como diputado nacional electo en las elecciones de 1983, que posibilitaron el regreso a la democracia en el país, Federico Storani es una de las voces autorizadas para revivir aquella histórica epopeya para el radicalismo. En diálogo con LaNoticiaWeb, el dirigente de la UCR recuerda los momentos vividos en el histórico 30 de octubre de 1983.
¿Qué cosas se le vienen a la cabeza en una fecha como la de hoy?
Más que cosas, una fecha como ésta lo que me da es emoción. Porque sé perfectamente lo que fue esa jornada, aunque quizás no tuve tantísima conciencia en ese momento. Sabía, por supuesto, que salíamos de una dictadura militar, que podíamos votar con libertad, que se recuperaba la democracia. Pero la conciencia se fue tomando luego, cuando se fue desarrollando el gobierno de Raúl Alfonsín, con el juzgamiento a las juntas militares, la concreción de la paz con Chile, el Mercosur y tantas otras cosas que marcaron a Argentina en un sentido muy positivo. Pero recuerdo aquella jornada con una mezcla de gran ansiedad, emoción, alegría y también el peso de la responsabilidad. En mi caso, fui fiscal general en La Plata y, por lo tanto, tenía que fiscalizar un comicio que era sumamente difícil y duro. No solamente por nuestros adversarios sino por el poder militar que estaba vigente. Por eso, una vez que todo transcurrió con normalidad y se dio el triunfo de Alfonsín, dimos rienda suelta a nuestras alegrías reprimidas e inhibidas durante toda la jornada.
¿Cuál fue el legado más importante que dejó Raúl Alfonsín?
Fue una transición del autoritarismo a la democracia, en el marco absoluto de la ley, el pluralismo y el respeto a los derechos humanos. No nos olvidemos que las primeras medidas que tomó Alfonsín fueron el juzgamiento de las juntas militares y la creación de la Conadep, y eso sirvió de ejemplo para América latina. No hay ninguna duda de que la transición conducida por Alfonsín es el hecho más importante. Fue la llamada transición de ruptura, no pactada ni acordada. Y, sin embargo, logró llevarla como una enorme pericia y capacidad que lo ubica en un sitial de estadista.
¿Por qué cree que se lo reivindica desde distintos sectores?
Por esas razones. Si bien los condicionamientos no estaban escritos como quizás en las transiciones pactadas de otros países, estaban a la vuelta de la esquina. Imagínese que aquí no había habido una revolución armada que depusiera a un poder. Aquí había una salida que se había precipitado sobre todo luego de la derrota en Malvinas, pero aun había muchos factores de autoritarismo que estaban al acecho y que podían poner en peligro la propia estabilidad democrática. Por lo tanto, había que manejarse con la mayor prudencia y también con muchísima firmeza. Y Alfonsín lo hizo.
¿Encuentra muchas diferencias en la UCR de aquella época y la de ahora?
Por supuesto. Aquel era un partido que tenía una desbordante participación juvenil. Estaba la Junta Coordinadora Nacional de la Juventud Radical, que nosotros integrábamos y cumplía un rol importantísimo. Era muy militante: dirigía un mensaje, pero tenía receptores que lo multiplicaban en cada lugar hacia donde lo dirigía. Ahora está con una situación de mayor crisis y alicaída. Pero también tengo la expectativa de poder recuperarla. La democracia tiene dos reglas de oro: una, el equilibrio y el control de poder. Y otra, la posibilidad de la alternancia en el ejercicio del poder. Si no hay alternancia, hay hegemonía. Y creo que el partido que puede construir alrededor un espacio social-demócrata moderno, que sea capaz de disputarle al populismo y al peronismo en sus diferentes variantes, es el radicalismo reconstruido, con una política de alianzas adecuada. Así que ésa es la expectativa que tenemos para el radicalismo.
¿A qué le atribuye esa crisis actual?
Por un lado, a las consecuencias de la experiencia de gestiones que nos golpearon, sobre todo la última encabezada por Fernando De la Rúa. Si bien era una Alianza, la mayor responsabilidad se la endilgaron al radicalismo. Pero, por otro lado, también a conducciones que han sido muy erráticas, como las de de Morales, Rosas y tantos otros. Han sido muy negativas y fueron de un lado hacia el otro con un sentido muy oportunista, pero creo que ahora felizmente comienzan a ser superadas con un mayor grado de participación.
¿Tiene expectativas de que en 2013 no se repitan alianzas fallidas, como la de Alfonsín y De Narváez?
No se van a dar. La inmensa mayoría del partido, y esto uno lo palpa cuando conversa con los afiliados y gente, considera que fue una alianza completamente contra natura. No solo por razones ideológicas, sino también en la instrumentación práctica. Dejaron afuera a muchísima gente que no pensaba como ellos y el resultado fue entonces muy magro. También Ricardo Alfonsín tuvo una actitud oportunista porque, por un lado, planteaba la necesidad de la construcción de un espacio social-demócrata progresista y luego terminó haciendo una alianza que no tenía nada que ver con ese contenido.
¿Cree que el propio Ricardo Alfonsín tomó conciencia de no repetir esos errores?
Espero que así sea, pero de todas maneras no pongo mis expectativas en eso. Mis expectativas están en la militancia, en aprovechar las elecciones abiertas, para que sea el pueblo el que se exprese en las formas de organización de los partidos políticos. Allí, entonces, que se discuta de la manera más democrática para que estas cuestiones no vuelvan a ocurrir.
Hoy Mauricio Macri y otros referentes del Pro encabezaron un acto en homenaje a Alfonsín y muchos lo ven como un paso más en su idea de acercamiento al radicalismo. ¿Cómo ve este tipo de señales?
Creo que hay que separarlo. Al Alfonsín estadista, nadie puede impedir que desde cualquier signo se lo quiera reconocer y homenajear. Pero espero que sobre esto no haya tampoco una especulación oportunista de pretender un acercamiento a la estructura del radicalismo. En la democracia debemos existir y respetarnos todos, eso es el pluralismo. Pero no somos la misma cosa. No lo somos desde el punto de vista del pensamiento económico, del papel que le asignamos al Estado, a la educación o a los recursos naturales. Por esa razón, me parece muy bien que convivamos de manera pacífica, pero de ninguna manera podemos estar en un mismo espacio político.
