Diego Avancini Concejal de Tigre
Hay mañanas en Tigre en las que el río todavía está en silencio y apenas se escucha el golpe rítmico de los remos sobre el agua. Los botes salen uno detrás de otro mientras el sol empieza a asomar y los chicos se preparan para otro entrenamiento. Cada vez que veo esa escena pienso en todo lo que puede haber detrás de cada remero. Porque detrás de cada bote hay una historia. Y en mi caso, también hay una historia muy personal que empezó en uno de los momentos más difíciles que nos tocó vivir como familia durante la pandemia.
Durante aquel tiempo de encierro, muchos vivimos entre paredes que parecían achicarse cada día un poco más. En casa también atravesamos momentos muy difíciles. Como padre me encontré de golpe frente a una situación que nunca imaginé vivir, viendo a mi hija sufrir y preguntándome mil veces qué había hecho mal, dónde había fallado. Mientras los argentinos peleábamos con la angustia del encierro y veíamos escenas que todavía duelen, como la fiesta de Olivos o el vacunatorio VIP, en muchas familias se libraban batallas silenciosas que casi nadie veía. Hubo momentos en los que el miedo se instaló en casa. Momentos en los que uno descubre que el dolor de un hijo puede ser tan profundo que ni siquiera encuentra palabras.
Con el tiempo, y ya terminado el encierro, mi hija recordó aquella colonia de vacaciones en el Club Canottieri donde descubrió el remo. Le llamó la atención el río, el bote, el sonido del remo cortando el agua. Así llegó a la Escuela Municipal de Remo de Tigre. Allí se encontró con profesores extraordinarios y con un grupo de chicos y chicas que, sin saberlo, empezaron a cambiarle la vida. Ese primer año lograron incluso algo histórico: ganar una copa que la escuela nunca había ganado. Pero más importante que cualquier trofeo fue verla volver a sonreír.
Después, aconsejada por sus propios entrenadores, dio un paso más y llegó a uno de nuestros clubes centenarios, el Buenos Aires Rowing Club. Con su timidez y con todo lo que venía cargando, encontró allí a dos profesores maravillosos, Anto y Eli, que no solo saben de remo sino, sobre todo, de calidez humana. Y encontró también un grupo de chicos y chicas que cualquier padre soñaría para sus hijos: adolescentes que estudian, entrenan, se exigen, se acompañan y se cuidan entre ellos. Chicos que se juntan el fin de semana, sí, pero que a las doce de la noche ya se vuelven a casa porque saben que al otro día a las seis y media suena el despertador para ir a entrenar. Con frío o con calor, con sol o con lluvia, vuelven al río una y otra vez, aprendiendo que el esfuerzo, el respeto y la responsabilidad también se entrenan.
Hoy veo a mi hija feliz. La veo remando, compitiendo, abrazándose con sus compañeras después de una regata. La veo con esa adrenalina de querer cruzar la meta en primer lugar, pero también con la madurez de saber que a veces se gana y a veces se pierde. Y cada vez que baja del bote y sonríe, uno entiende que el río, el deporte, los amigos y el club pueden hacer algo extraordinario: ayudar a que la oscuridad quede atrás y que la vida vuelva a encontrar su rumbo. Sé que en Tigre hay muchas historias como esta, historias que empiezan en silencio y encuentran en el río una segunda oportunidad. Por eso quise contar la nuestra. Para agradecer.
Al remo, al río, a los clubes, a los profesores y a esos chicos y chicas que forman comunidad sin darse cuenta. Porque a veces un deporte no solo forma carácter o enseña disciplina; a veces también vuelve a encender la vida.
Porque en Tigre, cada vez que un bote sale al río, también sale una historia.
