Por Jeremias Antelo.
En Tres de Febrero, el oficialismo municipal con Diego Valenzuela a la cabeza demostró tener más mutaciones que el virus de la gripe. Este oportunismo político permitió que la extrema derecha conquistara mayoría parlamentaria, dejando a la oposición sin herramientas institucionales para contrarrestar este avance. Ante este escenario, tenemos que preguntarnos ¿cómo construir una alternativa que verdaderamente represente a toda la ciudadanía? La respuesta es clara: integrando a quienes fuimos siempre marginades y que hoy no tenemos representación real. La oposición tiene por delante la oportunidad única de construir una mayoría diferente. Aparte de una mayoría numérica, una mayoría de sentido, una que incluya a quienes siempre fuimos llamados «minorías» pero que, en realidad, somos la inmensa diversidad de nuestro pueblo.
Ejemplos no faltan en municipios como San Martín con Leo Grosso o Morón y Vicente López, solo por citar los municipios vecinos, concejales abiertamente LGBT+ han demostrado cómo la diversidad enriquece el debate público y fortalece la democracia. No se trata de figuras decorativas, sino de representantes que impulsan políticas innovadoras desde su experiencia vivida, generando puentes con sectores tradicionalmente excluidos. Su trabajo prueba que la representación diversa no es un capricho ni un exceso de corrección política, sino una herramienta concreta para mejorar la vida de todes nosotres. Y es que quienes conocimos la exclusión en carne propia tenemos esa capacidad única de empatizar con otras luchas sea por derechos de género, discapacidad, migrantes o derechos humanos en general transformando nuestra experiencia personal en puentes políticos en pos de la construcción de derechos.
El poder movilizador de nuestra comunidad es innegable. Desde la Marcha del Orgullo que año tras año convoca a millones en una celebración de derechos y lucha, hasta las masivas respuestas antifascistas contra los discursos de odio de Javier Milei, la calle demostro lo que la política aún no termina de entender: que la inclusión no se negocia. Estos movimientos son mucho más que protestas, son ejemplos de organización colectiva y construcción de mayorías sociales que nuestro frente electoral tiene que dejar de ignorar.
El desafío para Tres de Febrero es claro. La renovación política no puede limitarse a discursos, exige candidaturas LGBT+ con peso real en las listas y capacidad de incidencia. Esto no es una concesión, sino una estrategia inteligente para conectar con una sociedad que rechaza cada vez más la política del miedo, la división o la política hegemónica.
Como oposición tenemos dos opciones: seguir siendo espectadores del retroceso o convertirnos en la fuerza que lleve la bandera de la inclusión. La historia reciente es testigo de que cuando la diversidad entra a las instituciones, la democracia sale fortalecida, porque gobernar para todes empieza por representar a todes. Por eso es fundamental construir una oposición que, como el peronismo en sus mejores épocas, sepa traducir el sentir popular en una realidad efectiva que nos incluya a todes.
La pregunta entonces no es si Tres de Febrero está a la altura, sino ¿Cuándo nosotros y nosotras seremos capaces de construir un presente y futuro con lugar para todes?

