En la convención de los industriales, el ex presidente calificó de “extorsivo” el estilo de los Kirchner y de “invento estúpido” al clima destituyente.
Rodolfo Terragno había hablado sentado y pausadamente frente a casi 800 socios de la Unión Industrial. A su lado brillaba vacío un sillón blanco reservado para Néstor Kirchner, el convidado que nunca llegó. En el salón mayor del Sheraton de Pilar no cabía un alfiler. Eduardo Duhalde se paró, respiró hondo y arrancó con un discurso casi calcado del que pronunció hace exactamente un mes, cuando prometió a los ejecutivos de IDEA que derrotaría en las urnas a su antiguo protegido santacruceño. Esta vez llamó a “construir entre todos un gobierno patriótico de unidad nacional”, protestó porque “estamos pisando al campo” (cuyos referentes lo aplaudieron desde la primera fila) y calificó como “extorsivo” al estilo del matrimonio Kirchner. Incluso defendió sin nombrarlo al Grupo Clarín –enfrentado a muerte con la Casa Rosada– cuando dijo que “el poder mediático está reclamando, como todos nosotros, que haya reglas claras para el futuro”.
Si quedaban dudas de su afán proselitista, el ex presidente las disipó al salir: dijo que el Gobierno “ya es tiempo pasado” y que el PJ provincial debe “expulsar a quien sin ser bonaerense y sin corresponderle ser candidato, fue candidato de la provincia”. El dardo era contra el gran ausente de la cita fabril, que asume el 10 de diciembre como diputado tras haber salido segundo en los comicios de junio.
Duhalde procuró despegarse de la imagen de desestabilizador que le atribuye el oficialismo. “Eso de destituyente es un invento estúpido porque ya no hay posibilidad de destituir a nadie”, definió. Incluso mencionó a Honduras, donde el golpe contra Manuel Zelaya se bate en retirada por la presión internacional, aunque sin reponer al mandatario depuesto.
Pese a que ratificó que si es el dirigente mejor perfilado se lanzará como candidato presidencial para 2011, el cacique de Lomas aclaró que “falta tiempo”. Agregó que no irá por fuera del PJ y que el próximo presidente se definirá entre el peronismo y la UCR. Excluyó a Julio Cobos, con quien dijo que nunca pensó en compartir una fórmula. Calificó esa versión como un “disparate”.
En los pasillos del lujoso búnker de Pilar nadie hablaba de inversiones, de empleos ni de fábricas. Todo era política partidaria. Aunque no se volvieron a mostrar, todavía se veía la estela que habían dejado allí el lunes Paolo Rocca y Luis Pagani, los dueños de Techint y de Arcor respectivamente, que nunca asisten a esos eventos y que esta vez lo hicieron para respaldar el viraje opositor de la UIA. Ante ellos quería mostrarse Duhalde como una opción aún vigente para terminar con la “crispación” que opositores y empresarios les achacan a los Kirchner.
También buscó plantarse como un amigo de la casa: para eso saludó por su apodo al “Vasco” José Ignacio de Mendiguren, “el primer ministro de la Producción que tuvo este país” durante su gestión de emergencia.
Según el bonaerense, las protestas que se multiplican entre trabajadores y sectores sociales postergados representan “una energía de los argentinos que se pierde” porque “no hay un gobierno que tenga un proyecto de desarrollo” y que “la sepa conducir”.
Más tarde le tocó el turno al resto de los opositores. La macrista Gabriela Michetti expresó primero su alegría por ver allí a los ruralistas. Después opinó que “hay que devolver las reglas de la democracia a su cauce, porque se han desmadrado”. Así se metió en el bolsillo a un auditorio que pedía más control a los conflictos sociales pero también más policías contra la delincuencia. Detrás de ella hablaron el senador mendocino y jefe de la UCR, Ernesto Sanz, el senador socialista Rubén Giustiniani y el gobernador salteño Juan Urtubey, del PJ no kirchnerista.
Terragno, visiblemente eclipsado por compartir mesa con Duhalde, intentó captar la atención con una primicia, como él mismo la definió. Presentó un borrador de acuerdo multipartidario que ya firmaron él y el bonaerense, con el que empezaron a tentar a otros dirigentes. La parte que más gustó en Pilar fue la que promete que “quien contrate con el Estado o realice inversiones autorizadas por éste, tendrá garantizado que las relaciones contractuales o las condiciones que movieron a la inversión no serán alteradas”.
Fuente: Diario Crítica de la Argentina
