Por Diego Avancini (concejal de Tigre)
Un barco zarpó con la promesa de atravesar mares oscuros y llevar a su gente hacia un puerto nuevo. El capitán, de carácter fuerte y voz potente, se ganó la confianza de todos al gritar contra los viejos navegantes que habían hundido tantas naves antes que la suya.
Pero pronto pasó lo que nadie esperaba: quien no era capitán tomó el timón. Nunca había estudiado cartas náuticas, ni conocía de corrientes ni estrellas, pero empezó a dar órdenes con tono imperativo. El capitán, cedió casi sumisamente. Así, el rumbo del barco fue entregado a la arbitrariedad de quien no sabe ni entiende de navegación.
El oficial de navegación, aquel que conocía las constelaciones y podía advertir sobre tormentas, fue relegado a un rincón. Sus cartas náuticas quedaron enrolladas y su voz, cada vez más apagada.
Mientras tanto, los camareros de a bordo encontraron en la confusión su oportunidad. Comenzaron a hacer negocios en la bodega, repartieron camarotes a sus amigos y ofrecieron ventajas a cualquier pasajero dispuesto a pagar con favores. Todo a espaldas de un capitán entretenido en su propio show.
El barco, en vez de avanzar, comenzó a girar en círculos. La tripulación empezó a notar que algo no estaba bien, pero el eco oficial seguía repitiendo que la nave marchaba recta hacia la gloria. Una escena digna del cuento del rey desnudo: todos lo sabían, todos lo veían, pero pocos se atrevían a decirlo en voz alta.
Y así, lo que nació como una travesía para cambiar la historia terminó pareciéndose demasiado a las viejas odiseas fallidas: capitanes que delegan en quien no debe, manos inexpertas sobre el timón, oficiales despreciados y camareros que hacen negocios a espaldas de todos.
No hay tormenta capaz de hundir un barco si el capitán mantiene el rumbo firme, pero ningún navío resiste cuando la soberbia se disfraza de brújula y los caprichos se confunden con estrategia. El capitán aún puede retomar el timón, poner orden en la cubierta y recordar por qué zarpamos. Todavía late la esperanza de arribar al puerto soñado, de demostrar que este barco nació para desafiar tempestades y no para repetir naufragios.
El capitán tiene en sus manos la oportunidad de hacer historia o de quedar como el rey desnudo frente al mar.
¿El barco, su nombre…? Puede verse escrito sobre la popa, con letras que tiemblan entre el viento y las olas: “Argentina”.
Un nombre que nos provoca un nudo en la garganta, porque incluso en la tormenta más oscura, este barco sigue siendo nuestra historia, nuestro hogar, nuestro sueño común… y todos, sin importar colores o banderas, somos parte de él, y su destino nos pertenece por igual.
