La crisis tiene la capacidad de hacernos transparentes. Una crisis tan trágica como las inundaciones de esta semana se convierte en una ráfaga de rayos X que nos muestra sin anestesia nuestra realidad. Lo peor que uno puede hacer ante un problema es enfocarlo mal. Responder a una crisis pública como se debe responder nos dice mucho sobre la calidad de quienes dirigen un país, una provincia o una ciudad.
La pregunta más frecuente que escuchas en estos días de ahogo y devastación es ¿dónde estaban?
La hacen vecinos desesperados en Villa Elvira o en Tolosa, la hacen personas con más de 70 años que lo perdieron todo. La hacen expertos en urbanismo, en desarrollo; la hacen políticos que aún conservan el honor de su oficio; la hacen periodistas argentinos y extranjeros. ¿Dónde estaban los helicópteros o los botes salvavidas con
alguna marca que recordase que existe un Estado al servicio de los ciudadanos?, ¿dónde estaban los dispositivos de rescate, el ejercito o la gendarmería, la policía o los bomberos, la protección civil y dónde estaba la coordinación de todos ellos?, ¿dónde estaban en las primeras y segundas y terceras horas los principales dirigentes de la nación, la provincia o la ciudad cuando más se necesitaba liderazgo para afrontar la crisis?
Como dicen que la crisis es una oportunidad y nuestro país ofrece oportunidades como esta cada vez con más frecuencia, lo que sigue son siete lecciones precisas que nos deja esta tormenta, lecciones que los líderes políticos pueden encontrar en cualquier manual básico de gestión de crisis.
Primer lección: Pensar que no e puede pasar. La ausencia de previsión que ha mostrado esta crisis es más que inquietante. No sólo en el funcionamiento de las alertas climatológicas sino en el simple dispositivo de respuesta ante el desastre. No existen procedimientos escritos. Los poderes públicos parece que no supieran muy bien lo que tienen que hacer. Y la población no recibe en su buzón ni un miserable folleto explicativo de qué debe hacer en caso de emergencias de este tipo.
Segunda lección: Esquivar responsabilidad. Lo peor que puede hacer uno es saltar como un resorte y decir “no ha sido culpa mía”. Eso es lo que hizo Mauricio Macri en su primera comparecencia tras las inundaciones en la capital federal. Cuidó la escenografía. Dedicó unos pocos minutos a hablar de las operaciones de rescate, a
brindar información útil a la población y se sumergió de lleno en las quejas y en las muestras de impotencia. Mala cosa a la hora de mostrar liderazgo.
Tercera lección: No dar la cara. Eso enoja mucho, mucho. Eludir es uno de los tics más frecuentes en los políticos cuando se enfrentan a la crisis. Intentan que el tiempo lo borre todo y evitan, o creen que evitan, el desgaste. Scioli es el ejemplo más acabado: en las imágenes de la televisión se lo ve dando la espalda a un vecino cuando no
le gusta lo que escucha. Esa foto, esa espalda de Scioli, en cualquier democracia articulada, es letal.
Cuarta lección: Confrontar con las víctimas. Nace de una profunda inseguridad. Seguramente es la que tuvo Alicia Kirchner en su rueda de prensa cuando prefirió hablar antes de “agitadores” que de “víctimas”. Sus reacciones gestuales mientras se movía incómoda entre las increpaciones es justo lo que no se espera de un líder político… de nuevo, en una democracia articulada.
Quinta lección: No trabajar solo. Si algo se espera en la gestión de la crisis es que alguien esté al mando del timón, es decir, se espera liderazgo de equipos y recursos. Trabajar solo no es heroico, es ridículo. Esa es la fotografía del número 2 del ministerio de Seguridad, Sergio Berni, caminando entre las aguas con una mujer en brazos. Como si en ese momento no se necesitase, en realidad, que alguien estuviese dando las órdenes del operativo. La ministra de Seguridad, Nilda Garré, posiblemente trabajó tan sola que no supimos dónde estaba.
Sexta lección: No mentir. El twit del intendente de La Plata, Bruera, es un ejemplo de manual de Primer Grado en el curso de Gestión de Crisis. La mentira es algo que se da por descontado para el ejercicio de la actividad política, así que de alguna manera la ciudadanía lo tiene procesado. Pero la mentira en escenario de crisis es grave.
Séptima lección: No empatizar con las víctimas. Si la visita de Cristina Fernández al barrio de su infancia hubiese sido una foto (ella tocando cabezas y hombros entre las ruinas) hubiera quedado como una de las mejores imágenes de la crisis: la Presidenta con los ciudadanos. Quizás hubiera que haber retocado el vestuario y los complementos, más que inadecuados. Pero había cámaras y ella habló y convirtió la imagen en una ejemplo de lo que no debe hacer un gobernante: mostrarse frío e impasible ante la tragedia de sus administrados. Hizo un discurso mirándose a sí misma, trivializando el operativo de ayuda (“Cuervo, encárgate”), minimizando el dolor
de los demás y eludiendo ostensiblemente y a cámara sus responsabilidades (“Eso háblalo con el Gobernador o con el intendente”, le espetó a una vecina).
Gestos tan deficientes para manejar una crisis contrastan con la dinámica respuesta de las organizaciones sociales. Supieron cómo organizarse, supieron qué hacer, supieron comunicarlo. La dimensión de la solidaridad de los argentinos es inversamente proporcional a la incapacidad de sus dirigentes para gobernar.
El salto entre los dirigentes y la ciudadanía es tan grande que frente a la ineficiencia de los operativos de rescate tenemos el tesón de Luana, una mujer de Villa Elvira que sobre un cuadrado de fango donde estaba su casa ella volverá a empezar. Con las aguas se irá todo menos el recuerdo de los que murieron y la sensación inquietante de que no parece haber gobierno a la altura del país.
