Las conversaciones se iniciaron sin anuncios públicos y buscaron explorar acuerdos que permitan reducir la desconfianza.
Argentina y el Reino Unido retomaron un canal de diálogo militar tras años de tensión y recelos. Las conversaciones se iniciaron sin anuncios públicos y buscaron explorar acuerdos que permitan reducir la desconfianza. Este giro coincidió con la inquietud de Estados Unidos por el avance de China y Rusia en la región. Entre los dos países asiáticos instalaron 15 bases en la Antártida y expandieron proyectos de infraestructura y pesca ilegal en las aguas australes.
Los altos mandos estadounidenses advirtieron que el Atlántico Sur ya se transformó en un área clave. La creciente actividad china en el Estrecho de Magallanes, sumada a la crisis del Canal de Panamá por la sequía, colocó presión sobre Washington. Generales de ese país visitaron en tres ocasiones el extremo sur argentino durante los últimos dos años.
La Casa Blanca detectó que la debilidad de las Fuerzas Armadas argentinas abría la puerta a la influencia de potencias rivales. Argentina enfrentó restricciones severas desde la guerra de 1982. El Reino Unido bloqueó la compra de armamento y piezas que pudieran fortalecer la capacidad militar de Buenos Aires. En 2020, Londres frustró una adquisición de aviones coreanos por contener componentes británicos. La política oficial británica establece que cualquier exportación debe evitar el riesgo de “mejorar la capacidad militar argentina”.
Sin embargo, el contexto cambió. Javier Milei asumió la presidencia con un mensaje que alteró tabúes históricos. Reconoció que las islas “están en manos del Reino Unido”, rechazó la vía de la fuerza y expresó que los kelpers podrían tener derecho a decidir su futuro. “Admira abiertamente a Margaret Thatcher”, destacaron medios británicos.
El mandatario también impulsó un programa de modernización militar. Su plan contempla elevar el gasto en defensa del 0,5 al 2% del PBI en siete años y dotar a las fuerzas de tecnología compatible con la OTAN. El año pasado, Argentina solicitó el estatus de socio global de la Alianza Atlántica.
Los primeros gestos de acercamiento con Londres surgieron en febrero de 2024, cuando agregados de defensa británicos llegaron al Ministerio de Defensa argentino. La agenda incluyó temas sensibles como el acceso de familiares a las tumbas en las Malvinas, el intercambio de información pesquera y la recuperación de vuelos directos desde el continente. En septiembre de ese año, los cancilleres avanzaron en esos compromisos. En enero de 2025, una delegación argentina voló a Londres para continuar el diálogo. Autoridades británicas prevén una visita a Buenos Aires como siguiente paso.
Estados Unidos siguió de cerca cada movimiento. Sus funcionarios presionaron a Londres para flexibilizar el embargo y autorizar la venta de equipamiento occidental. “Su ejército tiene una gran necesidad de equipo y entrenamiento”, señaló un representante norteamericano, pero aclaró que Washington no aceptaría compras a China.
Los antecedentes complican la situación. En 2023, una empresa china planeó levantar un puerto estratégico en cercanías del Estrecho de Magallanes. El proyecto se desplomó ante las objeciones de Estados Unidos y de sectores argentinos. En paralelo, la administración anterior casi concretó la compra de cazas chinos y firmó un acuerdo de cooperación con Rusia que incluía entrenamientos.
El intento de romper el cerco británico mostró avances limitados. Durante el mandato de Joe Biden, Argentina negoció la compra de aviones F-16 con piezas británicas. Gran Bretaña rechazó la operación, pero finalmente se pactó una adquisición de unidades más antiguas a Dinamarca por 40 millones de dólares. El Reino Unido no intervino porque esos aviones carecían de componentes fabricados por su industria.
A pesar de estos gestos, Londres mantuvo la cautela. Parte de su clase política teme que un futuro gobierno argentino revierta el acercamiento. En 2016, un intento similar quedó en suspenso cuando los peronistas regresaron al poder. La incertidumbre sobre el sucesor de Milei alimenta la desconfianza. Un exfuncionario británico advirtió que “vender armas a una Argentina liderada por Milei puede estar bien, pero dejará el cargo en 2027 o 2031”.
Los propios isleños expresaron reparos. “Nos sentimos muy seguros”, declaró Leona Roberts, del Consejo Ejecutivo de las Malvinas, “pero probablemente no nos sentiríamos demasiado cómodos con que el Reino Unido suministre equipo militar a Argentina”.
Los analistas coinciden en que Gran Bretaña evalúa los posibles beneficios económicos de flexibilizar el embargo. Si Argentina concreta grandes compras, su industria podría recibir un impulso relevante. Al mismo tiempo, la influencia de China presiona a Washington y a Londres para tomar decisiones.
Milei apostó por una alineación plena con Estados Unidos. Su política exterior combina la retórica prooccidental con la voluntad de modernizar el aparato militar. Mientras tanto, la oposición argentina cuestionó sus declaraciones sobre la autodeterminación de los isleños y su admiración por Thatcher.
El Atlántico Sur consolidó su condición de tablero estratégico donde la soberanía, la defensa y la política interna se cruzan. Entre gestos de distensión y recelos antiguos, las conversaciones continúan con discreción. Nadie descarta un acuerdo más amplio que reconfigure la relación militar entre ambos países. Por ahora, el desenlace sigue abierto.
