El discurso del jueves de la Presidenta parece anunciar el fin de la convivencia en delicado equilibrio. La retirada de Macri y la escalada contra Techint lo pueden haber apurado.
La Presidenta decidió ir al menos de palabra al choque con Moyano porque cree que ya no peligra su triunfo en octubre, y entonces puede correr riesgos con vistas a ampliar el margen de la victoria y tener las manos libres una vez reelecta?
¿O reaccionó sin tanto cálculo a una presión insoportable, compuesta de paros salvajes cada vez más frecuentes en sectores sensibles de la economía, de condicionamientos extorsivos en los que toman parte, repartiéndose salomónicamente los roles de “golpear” y “negociar” todos los gremios y no sólo Moyano (incluido el supuestamente aliado Gerardo Martínez), y de los alarmantes tanteos aliancistas entre el moyanismo y Massa en Buenos Aires, que de fructificar significarían en el futuro próximo un peligro mucho peor que el de Urtubey y, claro, el del devaluado Scioli? ¿Cuánto puede ganar y cuánto puede perder el Gobierno si se llegara a la fractura, si Moyano, por caso, empieza a hablar abiertamente de inflación o cosas por el estilo? ¿Y cuánto ganarían o perderían Moyano y los demás gremialistas?
Hasta aquí Cristina Kirchner venía haciendo equilibrio entre la alianza y la distancia, lo que le permitía mostrarse como cabeza de una coalición que incluía a los gremios y como la mejor opción para mantenerlos en caja.
Moyano siempre fue muy conciente de que ese juego era todo ganancia para la Presidenta y ofrecía en cambio bastante menos a él y su gente. Entiende bien que mientras más éxito tenga Cristina en controlar el PJ territorial y seducir a la opinión pública, menos necesitará de su apoyo. Y que dado que a diferencia de ella, él no necesita tener votos para conservar su poder, no le cuesta nada hacérselos perder en disputas que evidencien lo frágil que es el orden público que el Gobierno ofrece.
Pareciera que algunos hechos han agravado este cuadro, que permitía con todo una convivencia en tensión. Uno fue la retirada de Macri, y otro, la escalada del gobierno contra Techint.
Sin Macri en la competencia nacional se abrió una posibilidad para que otros candidatos conquisten el voto de centroderecha. Que la Presidenta se puede contar entre los beneficiarios lo prueban las encuestas: muchos porteños estarían dispuestos a votar al PRO para el distrito y al kirchnerismo para la Nación. Si las demás opciones además se muestran claramente incapaces de asegurar, no digamos un orden deseable para esos votantes, el orden a secas, entonces una mayoría electoral que hasta ahora ha sido sistemáticamente esquiva al kirchnerismo, pero siempre ha estado al tope de sus objetivos, parecería alcanzable. Y nada afectaría más al poder sindical que un gobierno “plebiscitado”, que pretendiera reeditar el tipo de legitimidad del primer peronismo, ese que le permitió en momentos de crisis reemplazar a los jefes sindicales como si fueran funcionarios de tercer nivel de la administración.
En forma contradictoria con este “giro al centro”, pero a la vez coincidente en cuanto a los temores que despierta en el sindicalismo, la tensión creciente con el mundo de los negocios que resultó de la ofensiva K para controlar las decisiones de inversión y la distribución de ganancias de grandes empresas abrió la perspectiva de un régimen decididamente “nacional-populista”, uno en que el desequilibrio de poder entre el Estado y la sociedad que se comenzó a establecer tras la crisis de 2001 se extremaría.
En este marco, el descarte del proyecto sindical para la distribución de ganancias puso muy claramente a la luz que no hay posibilidad de compatibilizar los planes de unos y otros para vampirizar a las empresas, que se privilegiaría como siempre se hizo la “caja presidencial” y que el sindicalismo debería aceptar un rol definitivamente secundario en la nueva etapa de “kirchnerismo recargado”. ¿Se resignará a ello u optará por pelear, incluso acercándose a las empresas para combatir juntos la irrefrenable codicia estatal?
A todo esto se debe sumar que, mientras formalmente no sea candidata, y los votos no se hayan contado, Cristina puede creíblemente amenazar a sus aliados con un arma de destrucción masiva, equivalente al paro general: la de retirarse y dejar que el peronismo, político y sindical, se las arregle como pueda.
Ya comprometida a competir, deberá decidir sobre su compañero de fórmula y sobre la distribución de espacios entre facciones en las listas de diputados de la provincia de Buenos Aires. Y sabe que durante ese trámite, y durante la campaña en general, la capacidad de daño de Moyano será mayor que ahora. Y aun mayor podría ser cuando los votos ya se hayan contado, y ya no haya forma de que ella dañe las posibilidades de sobrevida de los caciques territoriales del peronismo, pero en cambio los gremios sigan pudiendo parar el país.
Así que tal vez se haya convencido de que es “ahora o nunca”. Si Moyano llegara a una conclusión similar, un pacto o desescalada serán difíciles de lograr, y entonces lo poco que parecía seguro y estable tenderá a evaporarse, y se abrirá, para bien o para mal, un futuro incierto.
