La economía mostró brotes verdes en áreas que casi no crean puestos de trabajo, mientras que los rubros con mayor capacidad de empleo quedaron en retroceso. El resultado fue un mercado laboral más frágil y un avance del trabajo informal.
La discusión económica volvió a concentrarse en un punto que suele quedar relegado frente al dólar o la inflación: el empleo. La estructura productiva exhibió un contraste marcado. Las ramas que avanzaron no absorbieron mano de obra y las que retrocedieron arrastraron a miles de trabajadores. El país atravesó así un escenario de recuperación parcial sin una mejora real en la vida laboral de la mayoría.
Los datos de actividad entre agosto de 2023 y agosto de 2025 mostraron un patrón claro. Intermediación financiera, pesca, minas y canteras, hoteles y restaurantes y el agro encabezaron el crecimiento. Casi ninguno de esos sectores generó empleo masivo. Al mismo tiempo, construcción, industria y comercio quedaron entre los que más se achicaron y soportaron la mayor pérdida de puestos formales. La combinación dejó un saldo negativo superior a 178 mil asalariados registrados en la comparación interanual.
Este movimiento abrió una preocupación central: la economía premió actividades con bajo impacto laboral y castigó a las que sostienen el empleo estable. La intermediación financiera incluso impulsó la salida técnica de la recesión según la revisión del EMAE, pero lo hizo sin expandir nóminas. En paralelo, los sectores tradicionales se achicaron y empujaron a muchos trabajadores fuera del empleo formal.
Durante 2025, el empleo total mostró variaciones leves. La primera mitad del año ofreció un respiro, pero el clima electoral desaceleró cualquier mejora. Detrás de la estadística apareció otro fenómeno: el avance del trabajo informal, en parte por el aumento de monotributistas que buscaron una alternativa ante la falta de opciones en relación de dependencia. La estructura productiva no absorbió a quienes quedaron afuera y esos trabajadores ingresaron en un circuito con ingresos más bajos y sin estabilidad.
El mercado laboral actuó como una compuerta. Cuando el trabajo formal retrocedió, la presión se trasladó al sector informal. Cuantos más trabajadores ingresaron ahí, menor fue el ingreso promedio, porque todos disputaron la misma porción de actividad. Este esquema se volvió más evidente en plataformas de reparto, servicios a demanda y tareas eventuales que funcionaron como refugio pero no ofrecieron mejoras reales.
La dinámica recuerda a etapas anteriores, aunque con diferencias. En los años noventa la desocupación se disparó. Hoy, en cambio, surge una crisis de ingresos que primero golpeó a los informales y ahora amenaza al resto. Para quienes conservaron un empleo, muchos servicios se volvieron más accesibles. Para los que cayeron en la informalidad, el ingreso se achicó y la movilidad social retrocedió.
Las condiciones macroeconómicas condicionaron este proceso. El ajuste fiscal, el freno monetario, el control cambiario, la apertura comercial y los cambios en las reglas laborales marcaron el rumbo. Si la combinación profundiza la caída del empleo formal, el traspaso hacia la informalidad podría aumentar y deteriorar aún más los ingresos de los trabajadores, incluso en sectores que, por ahora, mantuvieron cierta estabilidad.
El país podría mostrar crecimiento en algunas áreas e incluso evitar tensiones cambiarias severas. También podría sostener motores potentes como Vaca Muerta. Sin embargo, nada de eso resolvería el núcleo del problema si el avance se concentra en rubros con bajo aporte laboral. El desafío no pasa solo por estabilizar la macroeconomía sino por definir un modelo que cree trabajo de calidad.
La recuperación sin empleo abre una duda sobre el camino elegido. El crecimiento puede aparecer en los números, pero si no se traduce en mejores puestos de trabajo, el resultado será un país más desigual y con menos oportunidades reales. El desafío excede a un gobierno y exige discutir cómo encender los sectores que mueven el mercado laboral y sostienen el ingreso de millones.
