Mientras crecen las tensiones internas y se profundiza el malestar entre aliados, varios funcionarios del Gobierno advierten que la falta de acuerdos políticos y el aislamiento estratégico podrían desencadenar una crisis de gobernabilidad en plena antesala electoral.
La interna del oficialismo sumó en las últimas horas un nuevo foco de preocupación: la posibilidad de que el Ejecutivo pierda margen para sostener la gobernabilidad. Mientras La Libertad Avanza apura el armado de listas con vistas a las elecciones de medio término, las fisuras en la cúpula del poder libertario se vuelven más evidentes. A eso se sumó un dato inquietante para el Presidente: la oposición logró avanzar en el Congreso con iniciativas que, a su juicio, comprometen el equilibrio fiscal.
Esa señal encendió alarmas en varios sectores del oficialismo, sobre todo en quienes vienen reclamando desde hace tiempo una estrategia política más amplia, con acuerdos que contengan a los aliados. Guillermo Francos, jefe de Gabinete, volvió a quedar en el centro de la escena como el encargado de sostener los puentes con los gobernadores, a pesar de no contar con herramientas clave para negociar, como la lapicera ni la caja.
El problema no es nuevo, pero se agravó en los últimos días. Santiago Caputo, uno de los principales asesores del Presidente, también viene advirtiendo que la falta de acuerdos en las provincias debilita la estructura parlamentaria. Esa preocupación no es compartida por los armadores que responden a Karina Milei. Martín y “Lule” Menem siguen adelante con el cierre de listas, convencidos de que en diciembre tendrán un bloque más robusto que les permitirá avanzar sin sobresaltos.
Desde ese sector aseguran que lograrán un piso de entre 75 y 82 diputados propios y que, con apoyos circunstanciales, podrán sostener los vetos presidenciales. “Con lo propio, más los bloques peronistas más débiles y una mejor praxis política vamos a tener a partir de diciembre mayor capacidad parlamentaria, no menor”, afirmaron en ese espacio. Esa visión tiene el respaldo de la secretaria general de la Presidencia y, por extensión, del propio Javier Milei.
Sin embargo, otros actores dentro del Gobierno no comparten ese diagnóstico optimista. Patricia Bullrich, que conserva peso político dentro del Gabinete, se sumó al grupo que observa con inquietud los efectos de la descomposición interna. Cerca de la ministra de Seguridad confirmaron que su preocupación no pasa solo por el lugar de su sector en las listas. “Ella está preocupada por la gobernabilidad y advierte por la lógica de sumar enemigos innecesariamente”, confió una persona de su entorno.
Bullrich intentó sin éxito cerrar un acuerdo con el gobernador de Jujuy, Carlos Sadir, y mantiene contactos con dirigentes que integraban Juntos por el Cambio. Cree que todavía puede funcionar como nexo para reconstruir puentes, aunque su margen de maniobra es acotado. El martes mantuvo una reunión reservada con Santiago Caputo en la Casa Rosada, un gesto que reflejó la sintonía entre ambos en relación con la fragilidad del andamiaje político.
Mientras tanto, en el Congreso comenzaron a manifestarse los primeros síntomas de malestar. Algunos gobernadores aliados ya enviaron señales de descontento. Entre ellos figura Gustavo Valdés, de Corrientes, quien tiene ascendencia directa sobre tres senadores. A ese clima se sumaron los llamados “radicales peluca”, un grupo de diputados que acompañó al oficialismo pero ahora empieza a marcar distancia.
Francos reconoció esta semana las dificultades. “No nos toca la más fácil porque tenemos bloques minoritarios y además hoy se complica porque estamos en el periodo electoral, con lo cual cada sector político pretende hacer su juego. Eso a veces nos complica un poco la conversación y la negociación política”, expresó el jefe de Gabinete.
El 9 de julio, el Gobierno suspendió el acto oficial en Tucumán, previsto como una señal de unidad con las provincias. La ausencia masiva de gobernadores hizo estallar al Presidente, que los acusó de querer “destruir” al Gobierno. Desde entonces, Francos activó contactos individuales con algunos mandatarios que todavía muestran disposición a dialogar.
A pesar del clima enrarecido, en La Libertad Avanza conviven dos estrategias. Por un lado, la línea política que advierte sobre el riesgo de quedarse sin aliados si no se abren canales de negociación. Por otro, los que prefieren avanzar solos y confían en una victoria electoral que los fortalezca. En el centro de esa tensión aparece el Presidente, que se mantiene firme en su decisión de vetar cualquier ley con impacto fiscal y delega toda la tarea política en su hermana Karina y el tridente Menem.
El Gobierno camina por una cornisa. Las decisiones electorales, las disputas internas y el rechazo creciente de algunos aliados en el Congreso comienzan a combinarse en un escenario que, lejos de mostrar solidez, expone cada vez con mayor claridad los límites del experimento libertario. En la intimidad, varios de los funcionarios con experiencia admiten que el desafío ya no es solo consolidar el rumbo económico. El problema más urgente, advierten, es evitar una parálisis política que ponga en jaque la gobernabilidad.
