El periodista reconoció que construyó partes de su relato y su declaración abrió fuertes dudas sobre el origen de la prueba, la manipulación de los cuadernos y el vínculo con Stornelli.
La declaración de Diego Cabot en el juicio oral de la causa Cuadernos dejó más preguntas que certezas. El periodista de La Nación, que impulsó el expediente más emblemático contra el kirchnerismo, reconoció ante el tribunal que parte de su trabajo incluyó “licencias literarias” y “una suerte de narración para explicar la historia”. La frase encendió alarmas dentro y fuera de la sala judicial.
La confesión golpeó de lleno sobre la credibilidad de un expediente que condicionó la política argentina durante años. Las defensas aprovecharon cada tramo del testimonio para exponer inconsistencias, vacíos y zonas oscuras alrededor del origen de los cuadernos, la cadena de custodia y el armado del relato que luego derivó en una causa judicial de enorme impacto.
Cabot relató que el material llegó a sus manos por fuera de cualquier mecanismo institucional. Según explicó, todo comenzó con un vecino de Belgrano, Jorge Bacigalupo, quien le acercó una caja cerrada. Dentro había “ocho cuadernos, algunas facturas y CDs con videos”. El periodista afirmó que abrió la caja solo, en un ámbito privado y sin testigos.
La secuencia posterior alimentó todavía más cuestionamientos. Cabot contó que trabajó durante meses con los supuestos originales en su casa junto a colaboradores. “Trabajábamos con originales en mi casa”, declaró. También explicó que todo el contenido pasó a planillas digitales elaboradas manualmente. “Lo que hicimos fue pasar absolutamente todo a una planilla de Excel”, sostuvo.
La admisión dejó expuesto que no existió control judicial ni peritaje sobre el material durante buena parte del proceso inicial. Las defensas remarcaron que los cuadernos circularon entre particulares antes de ingresar formalmente a la Justicia.
Otro punto sensible apareció cuando Cabot explicó cómo eligió al fiscal Carlos Stornelli. El periodista reconoció que acudió directamente a él porque era el único contacto que tenía en Comodoro Py. “Le pedí que hablemos. Nos juntamos en un bar de Núñez”, contó. Después agregó: “Le pregunté si él la podía tomar, me dijo que sí y esa fue la decisión”.
La defensa del exfuncionario Rafael Llorens insistió sobre ese aspecto. Buscó remarcar que Cabot, además de periodista, es abogado y conocía el mecanismo formal para radicar denuncias. Sin embargo, el testigo evitó profundizar sobre esa decisión.
El momento más delicado de la audiencia llegó durante el cruce con el abogado Carlos Beraldi. Allí apareció el eje que golpeó con más fuerza sobre la figura del periodista: la mezcla entre reconstrucción periodística y elaboración narrativa.
Cabot admitió que su libro no reprodujo de manera textual los hechos. “Hay datos que obviamente yo construí una suerte de narración para explicar la historia”, reconoció ante el tribunal. La respuesta provocó una inmediata reacción del juez, quien tradujo el concepto sin rodeos: “O sea, inventó cosas”.
Esa frase quedó como una de las escenas más explosivas del juicio. También dejó instalada una discusión profunda sobre el valor de una investigación periodística que luego se transformó en base de una causa penal.
El problema no pasó sólo por el libro. Las defensas apuntaron contra todo el proceso de validación de la información. Cabot explicó varias veces que los cruces de datos le generaron “una convicción muy fuerte” sobre la veracidad de los hechos narrados en los cuadernos. Sin embargo, esa definición quedó bajo fuerte cuestionamiento porque se apoyó sobre interpretaciones personales y reconstrucciones elaboradas por su equipo.
La declaración también expuso olvidos llamativos. Cabot aseguró que no recordaba si se reunió con el juez Claudio Bonadío antes de la denuncia. Tampoco pudo precisar diferencias entre pasajes de su libro y su testimonio judicial. Esas respuestas aumentaron las sospechas alrededor del vínculo entre sectores judiciales y mediáticos durante el origen de la causa.
El testimonio del periodista, lejos de fortalecer el expediente, profundizó las dudas sobre cómo nació una investigación que marcó la última década política argentina. La ausencia de controles sobre los cuadernos originales, el manejo privado del material, las reconstrucciones narrativas y el reconocimiento explícito de “licencias literarias” dejaron abierta una pregunta incómoda: cuánto hubo de prueba concreta y cuánto de relato construido alrededor del caso Cuadernos.
