Al frente del bloque en la Cámara Alta, la dirigente trabaja para cerrar acuerdos sobre el contenido final de la reforma laboral y llegar a febrero con el debate listo para el recinto. En paralelo, pesan su buen posicionamiento en las encuestas, el respaldo obtenido en las urnas en 2025 y la tensión silenciosa con el círculo más cercano de Milei por la proyección electoral en la Ciudad
Luego de tomarse un respiro en clave familiar, Patricia Bullrich vuelve al centro de la escena política con una agenda cargada. El descanso junto a sus nietos funcionó como una pausa breve antes de retomar una negociación decisiva: la próxima semana deberá avanzar en el cierre de acuerdos con los aliados para ordenar el debate por la reforma laboral. Hacia el final de enero, la jefa del bloque de La Libertad Avanza en el Senado ya tiene prevista una reunión parlamentaria destinada a consensuar los detalles del proyecto y llegar a febrero con el terreno allanado.
Tal como lo hizo durante la primera quincena del mes en la Costa Atlántica, Bullrich planea reactivar sus recorridas y conversaciones informales, aunque ahora con la Ciudad de Buenos Aires como escenario principal. La elección del territorio no es casual. Al igual que Diego Santilli en la provincia, la ex ministra mantiene firme su aspiración de competir por la jefatura de Gobierno porteña. Por el momento, opta por la cautela y apuesta a que su desempeño en la Cámara Alta funcione como plataforma política.
Quienes la rodean subrayan la forma en que administró los tiempos legislativos. Decidió correr el debate de diciembre a febrero —aun frente a la presión del Ejecutivo— bajo una lógica pragmática: no avanzar sin contar con los votos necesarios. En ese marco, en el Senado descuentan que la reforma laboral será aprobada, aunque con modificaciones. Bullrich imagina hacer un balance a fin de año y confía en que una seguidilla de triunfos parlamentarios fortalezca su peso en la mesa política «violeta» rumbo a un 2027 determinante.
La estrategia, sin embargo, no se limita a mostrar resultados de gestión. La senadora también busca consolidar presencia territorial. En su entorno aseguran que sigue en pie la idea de disputar la Ciudad, aunque deslizan con ironía que «le dejaría el lugar» a quien logre medir mejor que ella. El inconveniente para sus competidores internos es que, por ahora, nadie parece estar en condiciones de superarla. De acuerdo con el último relevamiento de D’Alessio & Beresztein, Bullrich encabeza el ranking de imagen positiva entre los dirigentes argentinos, con 44 puntos, incluso por encima de Javier Milei.
El respaldo electoral refuerza ese posicionamiento. En las legislativas de 2025, con Bullrich liderando la boleta, La Libertad Avanza superó el 50% de los votos, lo que hubiera significado un triunfo en primera vuelta. La comparación interna es inevitable: Manuel Adorni, señalado como el candidato «puro» de los hermanos Milei, había obtenido apenas el 30% algunos meses antes.
Dentro del bullrichismo sostienen que la senadora mantiene un vínculo aceitado con Karina Milei, la principal referencia política de Adorni. Al menos, aseguran, es más fluido que el que tiene con Santiago Caputo, el asesor más influyente del Presidente. «El Jefe» aparece como un paso obligado para cualquier proyección futura dentro del espacio, sobre todo para dirigentes como Bullrich o Santilli, considerados figuras «importadas».
De todos modos, el desenlace de febrero no dependerá únicamente de la habilidad política de la senadora. La reforma laboral está atravesada por tensiones que exceden el ámbito parlamentario. Sectores del empresariado expresaron objeciones a puntos específicos del texto, mientras los gobernadores negocian compensaciones propias y el movimiento obrero incrementa la presión sobre la cúpula de la CGT.
Desde las bases sindicales reclaman una reacción inmediata, sin esperar a que el debate llegue al recinto. En la central obrera ya dejaron en claro que el escenario está abierto y que no descartan ninguna alternativa, desde una movilización masiva hasta un paro general. Esa eventual conflictividad social se convirtió en una variable clave que los aliados observan con atención, conscientes de que el clima en las calles puede terminar inclinando la balanza al momento de votar.
