En todas estas marchas grandiosas están presentes problemáticas económicas, pero, por sobre todo, desánimos políticos, críticas serias al corazón de los sistemas políticos. Los casos de Brasil, Argentina, España y Turquia.
Quizás la pregunta del millón es preguntar si algo unifica a las manifestaciones multitudinarias en Brasil con las que se organizaron en la Argentina en tren de protesta, o la de los Indignados en España, o la de los jóvenes en Estambul contra el autoritarismo del régimen y renovadas explosiones de rabia en otros rincones del mundo. ¿Se parecen? ¿Tienen el mismo carácter? ¿Son producto de los mismos detonantes? ¿Son razones económicas o políticas las que llevan a levantar pancartas, requerir, exigir cambios, a peticionar colectivamente, sin tener en cuenta otros medios de expresión porque descreen de los partidos políticos?
En todas estas marchas grandiosas están presentes problemáticas económicas, pero, por sobre todo, desánimos políticos, críticas serias al corazón de los sistemas políticos. Tal como está organizado el poder la gente no encuentra representatividad y en el interior del poder los funcionarios se olvidan de los requerimientos de la sociedad. Muchos de esos funcionarios se corrompen y entran al saqueo de los fondos públicos, en tanto los dilemas sociales siguen sin resolverse o se acrecientan.
¿Es entonces sólo la política lo que no funciona? No, tampoco funciona, como debiera, la economía, la vida cotidiana de la gente en su relación con las cuestiones económicas. Pero los políticos no escuchan y eso multiplica el desencanto. Los ciudadanos padecen inflación, presencian el deterioro de los ingresos, viajan en pésimas condiciones en los medios de transporte, hay un sentimiento de frustración colectiva, mientras los políticos no han cumplido con las promesas de cambio.
El clamor en Brasil fue sorprendente. Los medios de comunicación e informes privados venían dando cuenta de modificaciones importantes en Brasil en la estructura social, en los últimos años, la incorporación de franjas importantes de población al consumo que les permitía escapar de la pobreza. Brasil potencia. Brasil en coloquios mano a mano con Estados Unidos o con China, espacios desde los cuales se elogiaba las gestiones de Lula y Dilma Roussef. Aunque seguían las lacerantes y por el momento incurables desigualdades sociales, el presente parecía menos enrarecido, pese a recientes tropiezos. Por lo que no resulta creíble que las manifestaciones hayan obedecido, solamente, a un incremento de céntimos en los transportes urbanos. Había mucho más.
Ese mucho más es un pésimo servicio en los medios de transporte, la falta de respuesta a los estudiantes que solicitaban la eliminación de trabas, los recursos millonarios del Estado destinados a un Mundial que se hicieron a espaldas de la sociedad, sin pensar en mejores destinos, y una corrupción sin límites del grupo del Partido de los Trabajadores y aliados que rodeaban a Lula y ahora a Dilma. Personajes denunciados desde el periodismo y muy pocos desde otros ámbitos de militancia o de control público. Todo esto se resume en un nombre: desilusión, bronca colectiva, un polvorín peligroso que de pronto explota ante el asombro del mundo.
A diferencia de Cristina Fernández, la presidenta de Brasil llamó a pacificar los ánimos y a dialogar, sin dar espacio a los grupos violentos. Dilma prometió sentarse en la misma mesa con aquellos que reclaman cambios, para ver la manera de solucionar problemas con las herramientas y recursos que dispone el Estado. Dilma acusó recibo. Comprendió. Qué estrategias diseñará para contentar la desilusión general poco se sabe. Pero un paso para serenar ya lo dio. La masiva presencia en las calles tuvo respuestas.
El buen eco oficial no fue logrado, en cambio, por los Indignados de España, cuyo descontento se fue diluyendo y ya no se sabe si algo quedó del reclamo generalizado en una sociedad donde se vive con extremas precariedades, con una desocupación del 26% entre los trabajadores y del 50% entre los jóvenes. El Partido Popular y el Socialista, puede decirse, siguen con las mismas mañas de los últimos 20 años. Los españoles alcanzan a presenciar como la corrupción forma parte de las entrañas de las formaciones políticas que decían representar al pueblo y de la mismísima Casa Real.
Tampoco tuvieron suerte, por el momento, aquellos que pidieron ser escuchados por la estructura caprichosamente autoritaria de las autoridades en Turquía, las que disponen cambios caprichosamente y sin consultar a la sociedad. Igual que en Brasil, la vida económica turca ha mejorado notablemente en los últimos años. Pero lo que falla es el entendimiento entre los votantes y los políticos, que no cumplen, que dan las espaldas a pedidos concretos y cotidianos.
