El secretario del Tesoro de Estados Unidos, Scott Bessent, destinó miles de millones de dólares para sostener al peso argentino, pero la corrida cambiaria sigue. El mercado local desconfía, compra dólares sin pausa y marca el pulso de una economía que ya no responde a la intervención norteamericana.
El gobierno de Estados Unidos lanzó una ofensiva financiera inédita para contener la suba del dólar en la Argentina. Bajo la conducción de Scott Bessent, el Tesoro norteamericano inyectó más de 20.000 millones de dólares en acuerdos de intercambio con el Banco Central y en compras directas de pesos. La estrategia buscó frenar la depreciación, pero el efecto fue el contrario: el tipo de cambio volvió a dispararse.
En el mercado local, el resultado se interpretó como una derrota del Tesoro frente a una fuerza difícil de controlar: la desconfianza de los argentinos en su propia moneda. Los pequeños ahorristas, junto con los fondos locales e internacionales, compraron todos los dólares que salieron al mercado. “El tipo de cambio actual es insostenible”, repiten los operadores que ven una devaluación inevitable después de las elecciones.
Bessent, célebre por su alianza con George Soros en la apuesta que quebró al Banco de Inglaterra, conoce las reglas de los ataques especulativos. Sin embargo, la Argentina se convirtió en un terreno distinto. Cada vez que el Tesoro norteamericano intervino, el mercado respondió con más demanda. En un solo día, el dólar mayorista subió un 3,8 % y el financiero superó el 3 %. Ni el poder de fuego de Washington alcanzó para revertir la tendencia.
La operación de Bessent apuntó a reforzar la estabilidad del Gobierno argentino antes de los comicios del 26 de octubre, pero la maniobra generó el efecto opuesto. Los inversores interpretaron la asistencia externa como una señal de debilidad. Para los analistas, el dinero del Tesoro solo sirvió para confirmar que el valor del peso estaba sostenido por una ficción política.
El propio antecedente europeo que inspiró la movida tampoco se replicó. Mario Draghi, al frente del Banco Central Europeo, no necesitó gastar un solo euro para estabilizar a los países del sur del continente. Bastó con una declaración. Bessent, en cambio, gastó miles de millones y perdió cada ronda frente a los ahorristas argentinos, que siguen comprando dólares como si no existiera mañana.
El trasfondo político también pesa. La ayuda de Washington se lee como una herramienta de influencia sobre la política económica que surja después de las elecciones. Pero esa expectativa, lejos de calmar, alimenta la tensión. La posibilidad de que Estados Unidos imponga un esquema cambiario más rígido o condicione el uso de reservas incrementa la incertidumbre en un mercado que ya no cree en anclas externas.
La conclusión es clara: Bessent no logra domar al dólar argentino, y cada intento de intervención refuerza la desconfianza. En esta pulseada, el poder del Tesoro más grande del mundo se estrelló contra un fenómeno histórico: el reflejo de millones de argentinos que, ante la duda, se refugian en la moneda que nunca pierde.
