Por Diego Avancini
Concejal de Tigre
Hay cosas que los argentinos podemos discutir durante horas. Podemos pensar distinto, votar distinto, discutir de política, de economía y hasta de fútbol. Pero hay otras que están en un lugar diferente. Malvinas es una de ellas. Porque cuando vemos nuestra bandera y leemos “Las Malvinas son Argentinas”, ya no importa demasiado de qué partido somos. Hay algo que nos toca por dentro. Algo que aprendimos de nuestros padres, que enseñamos a nuestros hijos y que forma parte de quienes somos.
Por eso duele que nuestro Club Atlético Tigre haya sido multado con miles de dólares por desplegar esa bandera después de un partido de la Copa Sudamericana en Uruguay. Y resulta todavía más difícil de comprender porque ocurrió en la tierra de un pueblo hermano que históricamente acompañó el reclamo argentino por Malvinas. Podrán existir reglamentos y deberán respetarse, pero también debemos tener el coraje de preguntarnos cuándo una regla deja de ordenar una competencia y comienza a castigar algo que pertenece a la identidad de todo un pueblo. Porque decir que las Malvinas son argentinas no es insultar, discriminar ni promover violencia. Tampoco es una consigna de un partido político. Es decir lo que establece nuestra Constitución Nacional.
Hace pocas semanas vimos algo parecido durante el Mundial. Después del partido contra Inglaterra, nuestros jugadores de la Selección Nacional levantaron una bandera con las mismas palabras y seguramente en ese instante millones sentimos algo difícil de explicar. Porque detrás de esas cuatro palabras hay mucho más que unas islas dibujadas en un mapa. Están nuestros soldados, los que volvieron y los que quedaron allá; están las familias que todavía los recuerdan; están las maestras que enseñaron a generaciones de argentinos que las Malvinas son argentinas. Está una parte de nuestra historia. Y la historia de un pueblo no puede medirse en dólares ni entrar en el tarifario de una sanción deportiva.
Por eso llevamos este tema al Concejo Deliberante de Tigre. Porque detrás de una multa a un club de nuestra ciudad hay una cuestión mucho más profunda. Lo que apareció escrito en aquella bandera no pertenece a Tigre, a una camiseta, a un partido político ni a un gobierno. Pertenece a la Argentina, a los argentinos. Es la expresión de un mandato que nuestro pueblo decidió escribir en su Constitución: recuperar el ejercicio pleno de nuestra soberanía sobre las Islas Malvinas por los caminos de la paz y del derecho internacional. Defender esas palabras es defender el derecho de los argentinos a mantener viva una causa que atraviesa generaciones y que ningún reglamento deportivo puede convertir simplemente en una infracción.
Porque Malvinas es mucho más que una discusión territorial. Es memoria, soberanía, identidad y también una deuda con quienes dieron su vida llevando nuestra bandera. Podemos discutir casi todo y seguramente vamos a seguir haciéndolo, pero hay algo profundamente argentino que todavía consigue encontrarnos cuando tantas otras cosas nos separan. Está en esa bandera que levantaron nuestros jugadores en el Mundial y en la que apareció después en Uruguay; está en cada escuela donde un chico aprende a reconocer esas islas en un mapa; está en nuestra Constitución y, sobre todo, está en nuestra memoria, en nuestro corazón; está en ese ser nacional que llevamos dentro y explota de emoción al son de nuestro Himno Nacional. Hay cosas que no se multan. Porque los gobiernos pasan, los dirigentes pasan y las diferencias pasan. La Argentina queda. Y las Malvinas fueron, son y serán argentinas.
