Por Diego Avancini
Concejal de Tigre
Este miércoles millones de argentinos volveremos a hacer lo mismo de siempre: reunirnos con la familia, encontrarnos con amigos, vestir la celeste y blanca y gritar cada gol como si fuera el primero.
Esta vez el rival será Inglaterra y, como sucede cada vez que se da este cruce, es inevitable que la memoria nos lleve a Malvinas. Es parte de nuestra historia, de nuestras heridas, de nuestra memoria colectiva y del profundo respeto que sentimos por quienes defendieron la Patria; pero también vale recordar las palabras de Scaloni: «Es solo un partido de fútbol y no otra cosa».
Justamente por eso debemos ser capaces de distinguir una pasión deportiva de una causa nacional: Malvinas merece memoria, respeto y un compromiso permanente con nuestra soberanía; nunca oportunismo ni utilización circunstancial.
Hay algo que ocurre cada vez que juega la Argentina y que no se puede explicar solamente con el fútbol.
Cuando llega un gol, nos abrazamos con nuestros hijos, con nuestros padres, con nuestros amigos y hasta con ese desconocido que quedó parado al lado nuestro en un bar, en una plaza o en una tribuna.
Nadie pregunta a quién vota el otro o si piensa igual o distinto, en ese momento desaparecen las diferencias, solo existe un grito que nace desde el alma: ¡Vamos Argentina!
Y en ese abrazo espontáneo, sincero y desinteresado descubrimos que todavía hay cosas capaces de unirnos como pueblo.
Esa es la verdadera fuerza de la camiseta celeste y blanca.
No pertenece a un gobierno, ni a un dirigente, ni a un partido político.
Es del veterano de Malvinas que jamás dejó de amar a su bandera, es del chico que sueña con ser el próximo Messi, es del trabajador que hace un alto en su jornada para mirar el partido, es de la familia que se reúne frente al televisor.
En definitiva, es de todos los argentinos.
La Selección no pregunta de dónde venís, qué pensás o a quién votás; nos recuerda que, antes que cualquier diferencia, compartimos una misma bandera, un mismo himno y un mismo sentimiento de pertenencia.
Por eso debemos cuidar aquello que todavía nos une.
En tiempos donde parece que todo intenta dividirnos, la Selección sigue siendo uno de esos pocos lugares donde los argentinos volvemos a encontrarnos.
Gritemos cada gol con la misma pasión de siempre, abracémonos con el mismo orgullo de siempre, porque cuando dejamos que hasta nuestros símbolos se conviertan en motivo de disputa política, empezamos a perder una parte de nosotros mismos.
No permitamos que nadie convierta ese abrazo, esa alegría y ese sentimiento compartido en una bandera partidaria.
Porque la celeste y blanca no representa a un sector, representa a una Nación.
Hay abrazos que no preguntan a quién votás; preguntan solamente si también gritaste: ¡Vamos Argentina!
