Axel Kicillof tomó el control del Partido Justicialista bonaerense y empezó a trazar un diseño propio para la nueva etapa del peronismo provincial. El acuerdo con Máximo Kirchner permitió cerrar la discusión por los cargos, pero no eliminó las tensiones. En ese marco, el gobernador avanzó con una estructura que busca equilibrio interno y mayor despliegue territorial.
El esquema que impulsa Kicillof combina conducción política, reconstrucción partidaria y ampliación de la base militante. La vicepresidenta del PJ bonaerense, Verónica Magario, quedó ubicada en el centro del armado. Desde el entorno del mandatario aseguraron: “Verónica va a tener un rol protagónico en cuanto al manejo político e institucional del partido”. La vicegobernadora concentró la tarea de articular con intendentes, legisladores y dirigentes en un contexto atravesado por disputas internas.
En paralelo, el intendente de La Plata, Julio Alak, asumió un rol clave en la reorganización del partido. Desde el kicillofismo señalaron: “va a estar a cargo de la formación y de la recuperación del partido como espacio de contención”. La apuesta apuntó a reactivar la vida interna del PJ y reconstruir ámbitos de debate político que quedaron relegados en los últimos años.
Uno de los objetivos centrales de la nueva conducción pasó por recuperar volumen político. En ese sentido, desde el oficialismo provincial plantearon: “volver a traer a todos los que dejaron de participar y a los que no se sintieron interpelados”. La definición reflejó un diagnóstico compartido dentro del espacio: el peronismo perdió capacidad de convocatoria y necesita ampliar su base para sostener competitividad electoral.
El armado no quedó limitado al conurbano. Kicillof buscó imprimir una lógica más amplia. Cerca del gobernador hablaron de “federalizar” el partido y sumar protagonismo del interior bonaerense. La intención fue incorporar a los 135 municipios en la discusión política y evitar el sesgo metropolitano que generó críticas en etapas anteriores.
La estrategia incluyó un mensaje político hacia adentro del peronismo. En un acto con dirigentes de su espacio, Kicillof planteó la necesidad de cambiar la dinámica interna y pidió “tratar de perder el menor tiempo posible en internas y en discusiones que no llevan a ningún lado”. La frase tuvo destinatarios claros dentro del kirchnerismo duro y marcó un intento de ordenar la disputa interna.
El gobernador también dejó una advertencia sobre el pasado reciente. Señaló que “no puede volver a pasar que se logre una expresión electoral para ganar elecciones” y luego surjan problemas para gobernar. La referencia apuntó a la experiencia del Frente de Todos y a las dificultades para sostener una conducción unificada.
Mientras tanto, el acuerdo político dejó a Máximo Kirchner al frente del Congreso partidario, un órgano clave en la toma de decisiones. Ese equilibrio expuso la convivencia entre el kicillofismo y La Cámpora, aunque la tensión siguió latente. Sectores del cristinismo mantuvieron como eje la denuncia por la situación judicial de Cristina Fernández.
En el plano territorial, las elecciones internas en varios distritos reflejaron que la unidad no logró consolidarse en todos los niveles. Hubo competencia en municipios clave y los resultados quedaron repartidos entre el Movimiento Derecho al Futuro, La Cámpora y otros sectores del peronismo. Ese escenario dejó en evidencia que el reordenamiento del PJ todavía está en proceso.
Pese a ese cuadro, en el entorno del gobernador consideraron positiva la decisión de habilitar internas en algunos distritos. Evaluaron que permitió canalizar reclamos de participación y evitar cierres forzados.
Con el control del PJ bonaerense, Kicillof buscó transformar la estructura partidaria en una herramienta de construcción política propia. El desafío quedó planteado: sostener la unidad, ampliar la base y consolidar liderazgo en un peronismo atravesado por disputas y reconfiguración.