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Cuando la conciencia no alcanza: adolescencia, violencia y lo que no estamos viendo
Opinion

Por Mariela Genovesi – Doctora en Ciencias Sociales (UBA) y Pos-Doctora en Psicología (USP). Autora del libro: “Aprendiendo a conocer mis Afectos y Emociones” (2018).

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1 abril, 2026

Por estos días, una noticia sacudió a la comunidad de San Cristóbal, en la provincia de Santa Fe: un adolescente de 15 años ingresó armado a una escuela y asesinó a un estudiante de 13. Según las primeras informaciones, no habría existido un conflicto previo directo ni con él ni con otros/as estudiantes. El joven habría llevado el arma “para disparar”, como una forma de demostración, de afirmación personal, de exhibición de poder.

El hecho, por su gravedad, interpela de inmediato. Pero también exige algo más que conmoción: requiere comprensión.

San Cristóbal es una ciudad de poco más de 15.000 habitantes, con una identidad profundamente marcada por su historia ferroviaria. Durante décadas fue un nodo clave de talleres y actividad vinculada al tren, hasta que en los años noventa ese entramado productivo se desarticuló, dejando huellas económicas, sociales y simbólicas que aún persisten. Como tantos otros pueblos del interior, combina cercanía comunitaria con transformaciones estructurales que no siempre logran ser elaboradas colectivamente.

Conozco ese pueblo y esa escuela. No desde el lugar de investigadora, sino desde la experiencia directa de haber estado en una oportunidad en dicha localidad. Pero más allá de lo anecdótico, la Escuela Normal Nº 40 “Mariano Moreno”, así como la propia comunidad sancristobalense, presentan dinámicas que se repiten en muchas otras localidades del país. A lo largo de mi trabajo en escuelas de distintas regiones —Corrientes, Mendoza, provincia de Buenos Aires y Santa Cruz— he encontrado escenarios que, con matices, comparten una misma pregunta de fondo: ¿qué herramientas tienen hoy los adolescentes para comprender el impacto de sus propios actos?

Los datos de una investigación que he efectuado de manera reciente en educación afectiva y emocional aportan un elemento clave para pensar esta problemática. En el análisis de respuestas de estudiantes de entre 12 y 16 años, se observa que entre los 15 y 16 años aparece un incremento en la dificultad para dimensionar las consecuencias negativas de las propias acciones (ver gráfico). No se trata de una ausencia total de registro, sino de una limitación en la anticipación, en la evaluación de impacto y en la conexión entre acto y consecuencia.

Este hallazgo es particularmente significativo, porque cuestiona una idea instalada: que a esa edad los adolescentes ya “saben” lo que hacen. En muchos casos, sí. Pero en otros, lo que aparece es algo más complejo: saben, pero no logran integrar ese saber en el momento de actuar.

La adolescencia es, entre otras cosas, una etapa de intensificación afectiva. Las emociones se vuelven más intensas, más urgentes, más difíciles de regular. Al mismo tiempo, las funciones ejecutivas —aquellas que permiten planificar, inhibir impulsos y evaluar consecuencias— aún están en desarrollo. En ese cruce, se abre una zona de riesgo: la acción puede adelantarse a la conciencia.

La fantasía puede operar sobre el entendimiento, obnubilándolo y produciendo un desajuste de la realidad, donde se pierde la toma de conciencia sobre las consecuencias reales que un acto puede generar.

Cuando a esto se le suma el acceso a armas, la necesidad de validación, la búsqueda de reconocimiento, la presión por demostrar valor, problemas estructurales o la ausencia de referentes adultos en el hogar, el escenario se vuelve aún más crítico.

El caso de San Cristóbal no puede leerse como un hecho aislado ni únicamente como una anomalía individual. En los últimos años, venimos asistiendo a un incremento en el número de denuncias e investigaciones policiales que han evitado hechos similares en otras escuelas del país. Sin ir más lejos, en 2025 cobraron notoriedad pública dos casos: un chat grupal en el que se planificaba un ataque contra una escuela en Matheu (provincia de Buenos Aires) y el allanamiento de un adolescente que almacenaba un arsenal en su casa y proyectaba un ataque en una escuela del barrio de Caballito.

Lo que está en juego es una pregunta más profunda: ¿qué lugar ocupa hoy la construcción de la conciencia en la formación de niños, niñas y adolescentes?

En los espacios educativos se trabaja con normas, contenidos e incluso habilidades socioemocionales. Pero no siempre se logra avanzar hacia un punto más complejo: ayudar a los estudiantes a comprender cómo funcionan sus propios afectos, cómo se organizan sus reacciones y cómo anticipar las consecuencias de sus actos más allá de lo inmediato.

La educación afectiva y emocional, entendida no solo como regulación sino como autoconocimiento y toma de conciencia, aparece entonces como un eje urgente. No como solución mágica, pero sí como condición necesaria.

Porque si un adolescente puede accionar un arma sin poder dimensionar plenamente lo que ese acto implica, no estamos solamente frente a un problema individual: estamos frente a un vacío formativo que nos involucra a todos.

Ni qué hablar del acceso a las armas siendo menores de edad, un acceso que aparece por vía doble: la real y la virtual.

La vía virtual no es menos relevante, ya que refuerza fantasías que, sobre estructuras psíquicas y subjetivas aún en formación —lábiles, endebles, reactivas, con necesidad de validación y, en muchos casos, con escasa contención adulta—, funcionan como un caldo de cultivo para que estas situaciones sean más frecuentes de lo que imaginamos.

Porque el acceso a páginas y sitios web donde se venera a quienes han cometido hechos similares ha sido un patrón común tanto en este caso como en los anteriores. Esto nos invita a cuestionar quiénes están detrás de la producción y reproducción de este tipo de contenidos: materiales que nuestros adolescentes, lamentablemente, consumen y que deberían exhortar a las agencias de seguridad nacionales e internacionales a intervenir para evitar su difusión.

Frente a esto, no resulta un dato menor el reciente caso de un adolescente en Chile que, el viernes pasado, protagonizó un hecho similar en la localidad de Calama; y, de manera aún más inquietante, su ataque también se inició en el baño.

Difícilmente se trate de coincidencias: todo indica la existencia de un entramado más profundo y oscuro que es necesario comenzar a desentrañar, y cuya clave parece estar en los consumos digitales.

Por consiguiente, lo ocurrido en San Cristóbal debería obligarnos a mirar más allá del hecho y preguntarnos qué estamos haciendo —y qué no— para que nuestros jóvenes puedan comprender y dimensionar las implicancias de sus actos, así como tomar real noción de los consumos y prácticas cotidianas que pueden sumergirlos en ideas distorsivas y conducirlos a atentar contra sí mismos y contra otros. Algo que interpela directamente al estado y a las agencias de seguridad.

Vía Clarín.

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