Por Diego Avancini (Presidente del Bloque La Libertad Avanza Tigre)
El Presidente Javier Milei no habló en Davos para provocar ni para construir consignas vacías, habló para describir el mundo tal como es. Un mundo atravesado por una competencia abierta entre Estados, por la disputa por recursos estratégicos y por la necesidad de recuperar poder real para no quedar subordinados.
Mientras algunos siguen leyendo la política internacional con categorías del pasado, Milei expuso una verdad incómoda pero evidente. La soberanía, el desarrollo y la libertad no se sostienen con declaraciones bonitas, sino con estrategia, planificación y capacidad material para defender intereses propios. Esta es la realidad política del siglo XXI en el que vivimos.
Ese diagnóstico global se proyecta de manera directa sobre el Atlántico Sur, donde la depredación ilegal de nuestros recursos marinos no es un problema de agenda ambiental, sino la consecuencia de décadas de ausencia estratégica del Estado en un espacio vital.
La pesca ilegal, no declarada y no reglamentada, especialmente en el borde externo de la Zona Económica Exclusiva (ZEE) y en la denominada milla 201, implica miles de millones de dólares que se pierden cada año, industrias que no se desarrollan y empleo argentino que nunca llega a crearse. Por eso, en un escenario internacional donde los recursos naturales volvieron a ser un factor central de poder, el mar argentino no puede seguir siendo una zona liberada de soberanía efectiva.
En este marco, la suscripción por parte de la Argentina del reciente Tratado Internacional sobre la Biodiversidad Marina en Áreas más allá de la Jurisdicción Nacional (BBNJ) debe leerse como un paso relevante, pero no como un punto de llegada.
El tratado busca ordenar la alta mar, combatir la pesca ilegal y establecer mecanismos de conservación sobre especies migratorias, pero su eficacia depende de una condición central, que los Estados cuenten con capacidad real para controlar, vigilar y disuadir. El Derecho Internacional fija reglas, la geopolítica determina quién puede hacerlas cumplir. Esto también es Davos aplicado al Atlántico Sur.
Por eso, la discusión sobre el BBNJ conduce inevitablemente a la Defensa Nacional. No hay tratado que funcione sin medios, ni soberanía que se ejerza sin presencia.
En esa línea, la decisión del Gobierno Nacional de avanzar en la adquisición de submarinos y en el fortalecimiento de las capacidades de la Armada Argentina marca un cambio de paradigma largamente postergado. Recuperar el poder submarino no es una cuestión simbólica ni ideológica, es una herramienta central de disuasión, control y proyección estratégica sobre una de las plataformas marítimas más extensas del planeta.
Sin una Armada acorde, no hay control del mar; sin control del mar, no hay soberanía real.
Frente a este escenario, los municipios no resultan ajenos. Desde Tigre, una ciudad históricamente vinculada al río, a la logística, al comercio y a la producción, sabemos que cuando la Nación pierde control sobre sus recursos estratégicos, el impacto termina llegando a la economía real con menos actividad, menos inversión y menos oportunidades.
La soberanía nacional y el desarrollo local no son compartimentos estancos, forman parte de un mismo entramado que exige orden, previsibilidad y una visión estratégica común. En ese marco, la Provincia no puede ni debe mirar para el costado. Mucho menos anteponer discusiones ideológicas a decisiones estratégicas, porque hacerlo es no entender el momento histórico en el que estamos parados.
En definitiva, la pesca ilegal no es solo un problema de defensa o de política exterior, es un problema económico estructural. Cada tonelada extraída ilegalmente es empleo que no se crea, divisas que no ingresan, industria nacional que no se desarrolla y capacidad fiscal que se pierde.
Defender el mar argentino es defender trabajo, producción y crecimiento genuino. El mundo ya entró en una etapa de competencia abierta por recursos, poder y libertad. La Argentina puede seguir discutiendo el pasado o, como planteó el Presidente Milei en Davos, asumir la realidad, recuperar decisión y volver a ocupar el lugar que le corresponde. Defender el Atlántico Sur no es una consigna, es el primer acto de soberanía del futuro.
