En clave electoral y con estética de operativo cinematográfico, Patricia Bullrich montó una puesta en escena para “blindar” fronteras tras la violenta ofensiva en Río. Sobreactuación, interna de poder y guiños a la derecha brasileña.
Otra vez en modo espectáculo, Patricia Bullrich decidió convertir un tema delicado —la violencia narco en Brasil— en escenario para su narrativa de “mano dura”. Tras la masacre provocada en Río de Janeiro por el gobernador bolsonarista Claudio Castro, la ministra de Seguridad activó una alerta en las fronteras argentinas para “evitar la fuga” de miembros del Comando Vermelho (CV).
Pero la medida llegó envuelta en más teatralidad que estrategia: antes que una coordinación silenciosa, Bullrich eligió una carta pública a su segunda, Alejandra Monteoliva, ordenando reforzar controles en el Este y el Norte del país. Una señal interna tan mediatizada como innecesaria —el interna del ministerio tiene línea directa— y que, según fuentes del propio sistema migratorio, tiene poca utilidad práctica: Argentina no puede chequear antecedentes de ciudadanos brasileños, sólo alertas activas.
Lejos de incomodar al crimen organizado, la jugada sirve más para instalar a Monteoliva como potencial sucesora de Bullrich cuando ella asuma su banca en el Senado. Una tarjeta de presentación forzada, en plena disputa interna con otros nombres que suenan para Seguridad.
Bullrich no sólo hizo pública la orden: la presentó como una “alerta máxima”, prometiendo revisar “con cuatro ojos” a cada brasileño y evitar filtraciones narcos. Sin embargo, especialistas recuerdan que cualquier delincuente organizado jamás cruzaría por Migraciones, sino por pasos clandestinos donde hoy la presencia estatal es mínima.
La paradoja se agrava por decisiones del propio Gobierno: buena parte de la Gendarmería está concentrada en tareas centrales en CABA, mientras fronteras sensibles quedaron debilitadas. El antecedente reciente lo confirma: los autores del triple femicidio de Florencio Varela atravesaron el país y salieron hacia Paraguay y Bolivia pese a órdenes de captura.
El mensaje implícito de Bullrich no es sólo interno. Al hablar de una “teoría del desbande”, la ministra avala el relato bolsonarista de un operativo exitoso en Río, cuando lo ocurrido fue una intervención improvisada, con alto impacto letal y sin captura de los jefes narcos.
Bullrich también deslizó el concepto de “narcoterrorismo”, alineándose con el discurso importado de Donald Trump, que busca habilitar acciones extraterritoriales en América Latina bajo ese paraguas.
Mientras tanto, el flujo que más debería preocupar a la Argentina —el tráfico de armas hacia Brasil, como en el caso del cordobés Diego Dirisio, detenido por vender armamento al CV— quedó fuera de escena.
La ministra logró lo que buscaba: instalar agenda, gesticular dureza y reforzar lazos con la ultraderecha regional. Pero en lo concreto, la advertencia pública funciona más como aviso a los eventuales prófugos que como mecanismo para detenerlos.
Más que un escudo nacional, el operativo fue un guiño electoral y geopolítico. Y un recordatorio: en la era Bullrich, la seguridad también se actúa.
