Por Juan del Pino*
Para tener éxito en una empresa, cualquiera esta sea, lo primero que hay que tener en claro es qué se pretende lograr ¿Cuál es el objetivo político de una elección de medio término, desde el punto de vista opositor? Un primer objetivo evidente es que se trata de meter legisladores opositores. Allí no hay disonancia, todos estamos de acuerdo. Sin embargo el debate se empantana cuando se busca afinar cuál es el objetivo político más allá de la mera aritmética ¿Ganar en la Provincia de Buenos Aires? ¿Lograr unificar a todo el arco opositor? ¿Sumar fuerzas al armado peronista? ¿Enriquecer la oferta opositora?
Para dilucidar esta cuestión puede ser útil revisar el antecedente más cercano que tenemos. En 2017 Macri encaró su elección de medio término, venía de llevar adelante una importante devaluación, una liberalización del mercado de cambios y el comercio exterior y apuntaba a revalidar su gestión para intentar imponer tres reformas: laboral, tributaria y previsional. En la provincia de Buenos Aires el peronismo fue dividido no en dos, si no en tres listas. Cristina (37%) encabezó la lista más representativa, Sergio Massa (11%) la segunda y Florencio Randazzo (5%) la tercera. Esta alquimia permitió que Cambiemos, con Esteban Bullrich (41%) a la cabeza, ganara las elecciones provinciales. El resultado no tuvo una importancia meramente simbólica. A diferencia de este año en aquel 2017 la provincia de Bs.As. no sólo elegía diputados nacionales sino también senadores. El triunfo de Bullrich significó que Jorge Taiana no pudiera ser electo como senador nacional y que, en su lugar, entrara Gladys González, del Pro.
La lectura predominante de “los analistas” fue que el triunfo de Cambiemos en la Provincia de Buenos Aires, nada menos que frente a Cristina, le daba piedra libre a Macri para profundizar su política antipopular. Sin embargo, en diciembre de aquel año las calles porteñas y plazas de todo el país se llenaron de piquetes y cacerolas para rechazar la reforma previsional y el operativo represivo que la otra Bullrich había desplegado para imponerla. Allí, todos coincidimos, comenzó la debacle política del gobierno de Macri que se espiralizó con una crisis financiera.
Lo que prácticamente ningún analista señaló, y esto es producto de la hegemonía liberal que padece nuestro país, fue el fenómeno social que aconteció durante el proceso electoral y que explica el hecho de que Macri, aún “ganando”, en realidad perdió. Al igual que Milei, Macri había sido electo a través de un balotaje que lo había llevado a recibir el apoyo de más de la mitad del electorado. El hecho de depositar el voto en una opción, aún cuando esta sea una opción limitada a elegir entre dos variantes no deseadas, tiene indefectiblemente un efecto subjetivo. Quien elige en un balotaje una opción distinta a su elección original toma una determinación: considera que la opción electa es menos mala que la desechada.
Como toda determinación humana, se basa en una serie de preceptos, ideas, intuiciones y/o emociones. Adivinar con precisión esas motivaciones, sobre todo en un fenómeno tan masivo y heterogéneo como una elección presidencial, es imposible. De lo que no hay dudas es de que esas motivaciones existen, anteceden a la elección y sobreviven también. Hay quienes son más propensos que otros a revisar sus decisiones, pero todos nos atenemos a ellas al menos por un tiempo. En el caso de una votación, ese tiempo suele ser el que transcurre entre una elección y la otra. La inmensa mayoría de todos los pueblos del mundo no transcurre sus días pensando si lo que hizo en las últimas elecciones estuvo bien o mal. Quien escribe considera que hay en ello, no sólo una apatía relativa a los hechos sociales, sino también una dosis de sabiduría popular. Las mayorías sociales dedican su capacidad mental a resolver aquello que tienen a mano resolver: cómo cuidar a su familia, cómo mejorar los ingresos o racionalizar los gastos, cómo divertirse o descansar, en síntesis, cómo transcurrir la vida lo mejor posible. En nuestro país, cada dos años sin embargo, se encuentran frente a la necesidad de revisar su opción electoral, reafirmar la opción realizada la última vez o cambiarla.
Esa es sin dudas la cuestión de fondo que se pone en juego en una elección intermedia, máxime cuando esta se da luego de una elección presidencial que se definió por balotaje. Una amplia mayoría del pueblo argentino se apresta en las próximas elecciones a definir si sostiene la decisión de haber elegido a Javier Milei, si busca nuevas opciones, o si se abstiene. Esas son las 3 opciones que enfrenta un 56% del electorado argentino (que en el balotaje 2023 optó por Milei).
Frente a este dilema ¿cuál debe ser la actitud de la oposición? Esta es la duda política central sobre la cual pivota el debate que atraviesa el panperonismo. Una parte importante del peronismo sugiere que, básicamente, hay que intentar enfrentar a la sociedad al mismo dilema que en aquel balotaje. Proponen unificar a todo el peronismo detrás de una opción igual a la del balotaje 2023 (aunque con nuevo sello) y buscar polarizar. Cuando digo igual, no me refiero únicamente a que sea con las mismas partes, si no a que efectivamente limite su política a la crítica a Milei y nada más. “Milei si o no”, podría ser el eslogan de campaña. Este planteo adolece, a mi modo de ver, de dos grandes problemas.
El primer problema es que al 56% de la sociedad se la invita a decir “me equivoqué”. Simplemente les presentamos el mismo menú y les pedimos que reconozcan que se equivocaron y esta vez nos elijan a nosotros. No parece, claro está, la mejor forma de interpelar a la mayoría del pueblo argentino. Así las cosas, la esperanza pareciera estar depositada exclusivamente en el abstencionismo, es decir, prender velas para que quienes en 2023 eligieron a Milei esta vez no vayan a votar. El riesgo táctico es que, puestos obstinadamente ante el mismo dilema, una mayoría social elija la misma respuesta para intentar, otra vez, que el receptor del mensaje (la dirigencia política) entienda. El riesgo estratégico es mayor: abonar a un creciente abstencionismo que debilita los cimientos de la democracia argentina.
El segundo problema serio de este planteo es que, al no ser del todo cierto, corre el riesgo de ni siquiera contener los votos que se obtuvieron en 2023. No es técnicamente cierto que esta elección sea “Milei si o Milei no” porque son elecciones legislativas, no un balotaje y ni siquiera ejecutivas. Los votos que Unión por la Patria obtuvo hace dos años no se caracterizaron por una convicción fervorosa, más bien podríamos decir lo contrario, que en buena medida fueron votos movilizados por el temor a que Milei fuera presidente. Pues, ese temor se hizo realidad, Milei ya es presidente y nuestro mensaje sigue siendo el mismo. Es decir que corremos el riesgo (prácticamente cierto) de no interpelar a la mayoría de nuestro pueblo que eligió a Milei en el desempate 2023, pero incluso corremos el riesgo de no lograr atraer a esa minoría importante que eligió a Massa en el balotaje.
Los resultados electorales de, por ejemplo, Santa Fe o CABA, muestran que esa orientación política nos lleva a ocupar apenas un tercio del electorado, aún en padrones donde crece el abstencionismo. Otro tercio reafirma su apoyo a Milei y un tercer tercio es ocupado por una opción equidistante donde tallan fuerte el radicalismo y variantes minoritarias de peronismo más o menos anti kirchnerista. En el caso de la provincia de Buenos Aires en particular, una política de este estilo corre el riesgo de generar las condiciones para la irrupción de candidaturas como la de Manes, que se limiten a criticar el presente que atravesamos y la experiencia de gobierno de Unión por la Patria (ahora Fuerza Patria). Tendrán a su favor, para interpelar al 56%, el hecho de invitar a soltarle la mano a Milei sin exigirles que asuman como un error su elección en el balotaje. Y también podrán interpelar a nuestra base electoral y militante, como está haciendo Julio Zamora, apelando a la falta de autocrítica y oxigenación de nuestro espacio.
Ante este escenario, la posibilidad de que la ex Unión por la Patria presente en las elecciones nacionales de la provincia de Buenos Aires no una, si no dos o tres opciones, es, cuanto menos, una idea que merece ser analizada con seriedad. La negación rotunda a siquiera pensar esta posibilidad no responde a un análisis político de la realidad, menos aún cuando proviene de quienes, en 2017, promovieron la dispersión. Detrás de ese neofanatismo por la unidad que vociferan quienes fueron por afuera en 2013, 2015 y 2017 hay, en realidad, una voluntad evidente por obturar la presentación de Juan Grabois. Quitemos entonces los nombres propios y pensemos el debate en términos generales ¿No es acaso conveniente que el peronismo presente opciones diversas y competitivas, que compartan la oposición frontal con Milei pero se diferencien en sus agendas, candidaturas y propuestas? ¿No puede ser electoralmente más conveniente poner en valor la diversidad que somos en vez de ocultarla detrás de listas unitarias que se agoten en la mera oposición sin agenda ni propuestas?
Finalmente dedico una línea para diferenciar las elecciones provinciales de las nacionales. Las del 7 de septiembre son elecciones que presentan una dificultad técnica singular e inédita en la provincia de Buenos Aires, ya que son 8 elecciones seccionales en simultáneo sin una candidatura provincial que las unifique, con una campaña muy corta y boleta tradicional, todo lo cual pone en valor las estructuras políticas, los “aparatos”. La elección de octubre es completamente lo contrario, una elección de lista única (solo el cuerpo de diputados nacionales) y boleta única (no hay boletas de partidos si no una sola boleta donde figuran todas las opciones y el votante marca la que elige). Es decir, una elección donde los aparatos tienen casi nula importancia. Enfrentar dos elecciones totalmente diferentes con la misma receta no parece, a priori, lo más astuto.
Quizás no sea hoy la hora de la unidad si no de la diversidad y la articulación inteligente, generando condiciones para que una nueva síntesis, con eje en la justicia social, irrumpa y gane el gobierno argentino con la fuerza necesaria para reconducir un país que se dirige sin frenos hacia un nuevo y más profundo abismo. No nos quitemos al menos la posibilidad de pensar. Y no perdamos de vista que el objetivo es ese, no sólo derrotar a Milei, si no efectivamente conducir al gran pueblo argentino hacia un horizonte de soberanía y felicidad.
