el Gobierno desplegó una batería de medidas que prometen facilitar el ingreso de dólares “en negro” al circuito formal y simplificar el régimen del impuesto a las Ganancias. Sin embargo, expertos, organismos internacionales y hasta sectores aliados del oficialismo advirtieron sobre vacíos legales, contradicciones con normas vigentes y escasa coordinación política.
El “Plan de Reparación Histórica de los Ahorros de los Argentinos”, anunciado por el ministro de Economía Luis Caputo, llegó como un intento de shock simbólico más que como una estrategia concreta. Bajo un lenguaje que evita deliberadamente palabras como “blanqueo” o “amnistía fiscal”, el Gobierno desplegó una batería de medidas que prometen facilitar el ingreso de dólares “en negro” al circuito formal y simplificar el régimen del impuesto a las Ganancias. Sin embargo, expertos, organismos internacionales y hasta sectores aliados del oficialismo advirtieron sobre vacíos legales, contradicciones con normas vigentes y escasa coordinación política.
El propio Caputo insistió en que “esto no es un blanqueo”, sino una “flexibilización de controles”, dejando en claro que se busca facilitar operaciones en pesos sin declarar el origen del dinero. Para el tributarista Daniel Dubin, se trata de “una derogación tácita del impuesto a las Ganancias” y advirtió que, sin reformas profundas en la Ley Penal Tributaria, se corre el riesgo de que “evadir más de $1,5 millones siga siendo un delito penal”.
Desde el punto de vista técnico, el régimen anunciado no establece todavía si el ingreso de dólares será nominalmente en moneda extranjera o se exigirá la conversión a pesos. El economista Christian Buteler resumió la confusión: “Para las expectativas generadas sobre el uso de dólares fuera del sistema, el anuncio tiene sabor ahumado”.
Pero la ambigüedad no es sólo técnica. Desde el Fondo Monetario Internacional (FMI), la vocera Julie Kozack expresó una advertencia directa: “Cualquier nueva medida debe ser coherente con los compromisos de transparencia financiera y con los estándares internacionales antilavado y contra el financiamiento del terrorismo”. La mención no fue casual: Argentina es parte del GAFI, organismo que monitorea este tipo de prácticas y cuya mirada podría complicar futuras negociaciones externas.
En paralelo, el Gobierno prepara un proyecto de ley que buscará blindar parte de estas reformas para evitar su marcha atrás por futuras gestiones. El proyecto incluirá cambios en la Ley Penal Tributaria y la Ley de Procedimiento Tributario, que sólo pueden modificarse vía Congreso. El oficialismo aspira a presentar esta iniciativa en breve, aunque reconoció que ni los bloques aliados ni los propios funcionarios del Ejecutivo conocían el contenido del borrador hasta el momento del anuncio.
La estrategia política ahora se apoya en los acuerdos con gobernadores para asegurar la aprobación legislativa. Sin mayoría propia, La Libertad Avanza depende de los respaldos ocasionales del PRO, la UCR y una constelación de mandatarios provinciales que vienen operando como árbitros del Congreso. Fuentes parlamentarias señalaron que diputados cercanos a Osvaldo Jaldo, Raúl Jalil, Gustavo Sáenz, Gerardo Zamora y Martín Llaryora ayudaron esta semana a frenar el avance de leyes previsionales opositoras, en una clara señal de coordinación con la Casa Rosada.
“La clave va a estar en cuánto les conviene a las provincias. Si no toca la coparticipación y puede mover un poco el consumo, es probable que no se opongan”, reconocieron desde el Congreso. No obstante, también se advierte un trasfondo de preocupación: la caída de la recaudación en los distritos provinciales sigue generando incertidumbre y alimenta la sensación de improvisación por parte del Ejecutivo.
Mientras tanto, la narrativa libertaria busca instalar que las medidas representan un “cambio cultural”, con menos presencia estatal y más libertad financiera. Pero en los hechos, lo que se anuncia como “reparación histórica” no es más que una regularización encubierta, desprolija y jurídicamente endeble. La apuesta por consolidar estas reformas en el Congreso exigirá, además de acuerdos legislativos, una coherencia técnica que hasta ahora brilla por su ausencia.
