Tras la derrota de Leandro Santoro en las elecciones legislativas porteñas, el peronismo activó una feroz autocrítica interna y comenzó a replantear su estrategia frente al avance libertario y la debacle del PRO.
La noche del domingo terminó con bronca y desconcierto en el búnker del peronismo porteño. “Mañana comenzarán los pases de factura en el peronismo”, soltó un dirigente de peso de Unión por la Patria, sintetizando el ánimo que predominó entre los referentes del espacio tras el resultado adverso de Leandro Santoro en las elecciones legislativas.
El clima en el espacio “Es ahora Buenos Aires” viró rápidamente del entusiasmo al silencio. Apenas cerraron los comicios, algunos operadores confiaban en una elección ajustada con Manuel Adorni, el vocero presidencial que finalmente se impuso con claridad. La ilusión de una pelea voto a voto se evaporó con el avance del escrutinio y la confirmación de que las encuestas que anticipaban una victoria opositora se equivocaron.
En el entorno de Santoro responsabilizaron a la caída del PRO por el desenlace. Argumentaron que la mala performance de Silvia Lospennato afectó directamente las chances del candidato peronista. Según esa lectura, la debacle del macrismo —que gobierna la Ciudad hace casi dos décadas— dejó un escenario polarizado que favoreció al postulante libertario.
El resultado final fue duro. El peronismo alcanzó el 27,35% de los votos, una cifra cercana a la de 2021, cuando Santoro también encabezó la boleta y obtuvo el 25%. Esta vez, sin embargo, la participación bajó al 53,34%, lo que marcó una diferencia clave respecto al 66% de dos años atrás.
En el cálculo de Unión por la Patria, una división pareja entre el PRO y La Libertad Avanza abría una ventana de oportunidad. Imaginaban a Santoro aprovechando el empate entre sus rivales para meterse por el medio. Pero esa estrategia no funcionó. Un dirigente del espacio lo advirtió días antes: “La campaña de Lospennato es mala. Macri la hunde cada vez más. Y eso no nos conviene”.
La posibilidad de dar un golpe histórico se disipó apenas se cargó la mitad de las mesas. En el búnker se instaló el silencio. La expectativa de un triunfo se derrumbó, y nadie logró revertir la tendencia.
Santoro apareció en el microestadio de Ferro cuando ya no había margen para la remontada. Lo acompañaron Juan Manuel Olmos, Mariano Recalde y varios integrantes de la lista. Dieron la cara, pero la derrota ensombreció cualquier dato alentador. El peronismo logró mantener las ocho bancas que ponía en juego y sumó dos más, y además ganó en siete comunas, algo que no ocurría desde 2005. Sin embargo, nada de eso alcanzó para mitigar el impacto del revés.
Visiblemente golpeado, Santoro se retiró rápido del lugar. No saludó a la militancia, ni se dirigió a los fiscales que lo habían acompañado durante la jornada. Esa ausencia generó malestar. Muchos se fueron con una doble frustración: la electoral y la simbólica.
En paralelo, comenzaron los cuestionamientos internos. “Nadie militó la campaña“, lanzó un dirigente molesto. Otros apuntaron a la falta de estrategia: “Se hizo una campaña local con una disputa que era claramente nacional“ y “El albertismo de CABA vendía que se la sabían todas y así les fue”.
Un legislador de UP resumió el malestar general con una crítica concreta: “Las condiciones del debate electoral las puso el Gobierno. Y nosotros estábamos hablando de los tachos de basura y el subte”. En su opinión, el eje de discusión debió ser el modelo que representa Javier Milei.
Desde el oficialismo nacional, en cambio, celebraron con euforia. La decisión de llevar a Adorni como candidato resultó acertada. Con él como figura principal, el gobierno nacional puso en marcha una campaña con todo el gabinete militando en la Ciudad. El resultado fue contundente: vencieron al PRO y al peronismo en el mismo acto electoral.
En el peronismo porteño advirtieron otra señal preocupante: la dispersión del voto. Entre Alejandro Kim y Juan Manuel Abal Medina sumaron casi tres puntos. Si hubiesen ido unidos, Santoro habría tenido chances reales de pelear hasta el final. Ninguno de ellos ingresó a la Legislatura, y el diputado nacional quedó a las puertas de una victoria que habría cambiado el mapa político.
Casos similares se registraron en Salta capital y en Chaco, donde la división interna del peronismo también facilitó triunfos ajenos. En ese contexto, creció la inquietud por lo que pueda ocurrir en la provincia de Buenos Aires. La unidad, ahora más que nunca, volvió al centro del debate.
Antes del cierre de listas, el acuerdo en la Ciudad incluía una estrategia compartida. Santoro encabezaría la boleta local y el tridente compuesto por Mariano Recalde, Matías Lammens y Ofelia Fernández lideraría las listas nacionales. El plan, sin embargo, no alcanzó para revertir el escenario adverso. Y la discusión sobre qué falló ya está en marcha.
