Por Jeremías Graf.
La porción de la sociedad Argentina que votó en segunda vuelta la propuesta Libertaria, lo ha hecho en términos analíticos, como una manifestación o actitud política aspiracional-utópica, mostrando una inusual adolescencia en términos decisorios.
El desglose del universo de votantes es de lo más variado, atraviesa todos los estratos y condiciones sociales.
La novedad en este sentido es la transmutación del “que se vayan todos” de principios de siglo a la actual “aporía dialéctica”.
El discurso de campaña libertario repetido hasta el hartazgo (al mejor estilo goebbeliano) de la casta política ha sido el placebo que el inconsciente colectivo de millones de argentin@s querían oír, luego del fracaso sistémico de una clase que se encuentra en una espiral descendente ante falta de liderazgos positivos, mediocridad y alto grado de corrupción generalizado.
Pero el canto de sirenas anarco-capitalista encuentra muy pronto sus limitaciones, al rato de haber arribado a los sillones del poder. Y es lógico, una cosa seria es la estrategia para ganar una elección pero mucho más serio es gobernar una Nación como la Argentina, que no se ha caracterizado nunca por una continuidad programática en cuestiones de estado centrales –aunque desde el retorno de la democracia pudo lograr algunos consensos, que precisamente hoy se empiezan a poner en cuestionamiento-.
El cambio de paradigma socio-político que ocurre por estos tiempos es una rara avis en el contexto de las naciones, es la primera experiencia a gran escala y una especie de experimento al estilo de una novela distópica de lengua inglesa. Lo ha logrado un outsider de la política que una vez ungido ha forjado una alianza de gobierno con sectores de la casta política y empresaria responsables históricos de sendas y reiteradas crisis económico-políticosociales a lo largo de nuestro pasado más reciente.
La inviabilidad del orden racional con que el nuevo gobierno ha impulsado sus primeros actos de gobierno hacen que el curso de su administración no tenga punto de retorno, sobrevive en la medida en que el humor social no se torne en decepción generalizada de sus bases de sustentación. Y el que escribe no habla de los sectores económicos sino de la sociedad que siempre tiene un umbral de tolerancia al dolor más alto, porque es bien sabido que las hienas cuando huelen sangre atacan.
En este orden de cosas el termómetro del humor social es difícil de calibrar ya que podría ocurrir un comportamiento similar al de otras épocas donde la vergüenza social operaba como mordaza para expresar la aceptación de una equivocación electoral. Si bien el tiempo en que sucedía este mecanismo en el pasado era más largo, hoy en día parece llevar un reloj acelerado dado los niveles de decadencia en que se encuentra nuestro país.
La realidad cotidiana colisiona con los deseos y planes del nuevo gobierno, el nivel de disociación y falta de empatía que muestra y su inusual decisión de no medir el impacto de las medidas planificadas en todas las áreas hacen que no quede margen alguno para modificar, revisar o cambiar el rumbo. A las claras está que la filosofía del Primer Mandatario es no tener un plan alternativo.
“No, ni es cielo ni es azul, ni es cierto tu candor ni al fin tu juventud” recita el tango Maquillaje, excelente metáfora de lo que creemos ver de lo que realmente es. Porque cuando llegue el amanecer del día fatal y logremos ver a cara lavada el rostro de la verdad, nos develará una mueca oscura y tragicómica que no es más que el espejo de nuestro derrotero.
Pensar en que la responsabilidad recae solo en la mayoría de la sociedad que decidió otorgar el poder a esta expresión anarco-capitalista (oxímoron de los oxímoron) es una simplificación peligrosa que buena parte de la política, los medios de comunicación y de esta sociedad se empeñan en pregonar para no dar la verdadera discusión o debate que nos debemos y que no es otro que el de una necesaria refundación de la República y la construcción de un nuevo pacto social, dentro del marco del sistema democrático: con todos los estamentos del Estado funcionando con independencia y respetando los dictados de nuestra Ley Madre: la Constitución Nacional.
Cualquier expresión distinta no es más que aporía y bien sabemos tod@s que de ilusiones no se vive.
