A lo largo de la historia, el fútbol ha logrado lo que pocas actividades pueden alcanzar, un juego que mezcla clases, razas, credos, ideologías. Pero la disputa política y las continuas crisis económicas y sociales han polarizado de tal manera a la sociedad que parece no haber poder humano o poder de Dios que pueda frenar la confrontación hoy conocida como “grieta”.
Desde el primer Mundial de fútbol organizado por Uruguay en 1930 —a propósito del centenario de su primera constitución y aprobado por la Federación Internacional—, política y deporte han tenido una relación inseparable. El uso político del balompié se ha basado en crear una identidad colectiva rubricada por el sentimiento de patriotismo y nacionalismo, convirtiendo a las selecciones en auténticos factores identitarios.
Eduardo Galeano afirmaba: «El fútbol y la patria están siempre atados; y con frecuencia los políticos y los dictadores especulan con esos vínculos de identidad». Así fue la organización en cada sede de la Copa del Mundo en Latinoamérica en el siglo XX (Uruguay 1930, Brasil 1950, Chile 1962, México 1970 y 1986 y Argentina 1978), mostrando poder y haciendo notar la tendencia en mayor o menor medida.
En Europa, el dictador italiano Benito Mussolini, fue otro de los que mejor interpretó la relación entre el fútbol y la propaganda para la política. En Italia 1934, en la disputa de la segunda copa mundial, el fascismo que mostraba a la raza aria como superior y las virtudes del nacionalismo, fue elogiado y ovacionado luego de la consagración de la Nazionale —selección italiana de fútbol— en su tierra.
La FIFA, siempre funcional a los poderes de turno, garantizó el desarrollo de la máxima competencia en países que padecían la violación de derechos humanos, la persecución a las disidencias y la censura. Tal es el caso de Joao Havelange —Presidente de la FIFA entre 1974 y 1998—, una figura del fútbol que brindó su apoyo incondicional a la realización de la Copa en un país bajo la dictadura de Videla en Argentina 1978. De nuevo se evidenciaba la maniobra de usar los eventos deportivos para adjudicarse dividendos en la economía simbólica, con el propósito de legitimar regímenes dictatoriales, independientemente de su color ideológico. «El fútbol fue el deporte que mejor expresó y afirmó la identidad nacional. Las diversas maneras de jugar han revelado, y celebrado, las diversas maneras de ser», dice Galeano.
Estas estructuras no parecen sostenerse en tiempos de globalización, pues las transformaciones alcanzadas en las últimas décadas impusieron nuevos órdenes políticos, económicos y culturales, incluida una fragmentación de las identidades nacionales, tanto en Argentina como en el resto de la región.
Actualmente el país vive intensamente la previa del Mundial 2022, que se disputará en Qatar a fin de año. A lo largo de la historia, el fútbol ha logrado lo que pocas actividades pueden alcanzar, un juego que mezcla clases, razas, credos, ideologías. Pero la disputa política y las continuas crisis económicas y sociales han polarizado de tal manera a la sociedad que parece no haber poder humano o poder de Dios que pueda frenar la confrontación hoy conocida como “grieta”. Un fenómeno que atraviesa la nación desde el siglo XIX, desde Unitarios o Federales, Sarmiento con su Civilización o barbarie hasta peronismo y anti peronismo, una división que causó golpes de estado a lo largo de la historia.
Por estos días la crispación se ha acrecentado luego del intento de magnicidio a la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, la persecución judicial y una oposición incisiva que no hace más que echar leña a un país en llamas. En vísperas del Mundial de fútbol, la pelota y el éxito del equipo argentino tal vez apacigüen el incendio interno y abran una puerta al diálogo y al consenso político.
En el 78, Argentina salió campeón en plena dictadura y la gente celebró en el Obelisco porteño mientras a un par de kilómetros de distancia, en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) principal centro de represión política durante el gobierno militar, los disidentes eran detenidos, torturados y asesinados.
En el 86, la democracia florecía, y se juntaron varios festejos al tiempo. Los muchachos de Bilardo con Diego a la cabeza reunieron a una multitud que los recibió con gratitud en una Plaza de Mayo explotada de gorros, banderas y vinchas, símbolos de un país que a través de la conquista del fútbol celebraba también la recuperación de libertad, derechos y de pensamiento.
Treinta y seis años más tarde, la esperanza de unión, una vez más está en manos de la selección argentina de fútbol, la “Scaloneta”, el bondi de la ilusión que conduce Messi y que tiene en sus tripulantes la llave de la concordia que tan bien le haría a los unos y los otros, de un país desencontrado y contaminado de odio. Ojalá el fútbol sea capaz de atenuar la grieta, de reunir, de volver a construir patria celeste y blanca.
¡Vamos Argentina!
