Toda la semana con mal tiempo. La lluvia no terminaba de decidirse. Los españoles y los criollos, tampoco. El 25 de mayo, algunas gentes soportaban las inclemencias bajo un cielo de plomo, gris profundo, chapoteando sobre el lodazal alfombrado de casas bajas que llamaban ciudad.
Antonio y Domingo convocaban a la Plaza Mayor, repartían cintas con los colores borbones y vitoreaban a Fernando.
¿Pero cómo?
¿Qué les pasaba a estos piqueteros del novechento?
Adentro del Cabildo no llovía, no hacía frío, a una señal del alcalde mayor, los nuevos miembros de la Junta se arrodillaron. Cornelio Saavedra puso la palma de su mano sobre los Santos Evangelios, abiertos en el relato de San Lucas.
Juan José Castelli, se apoyó sobre el hombro de Saavedra y su primo, Manuel Belgrano hizo lo propio sobre el hombre del gran orador de la Revolución. Sucesivamente, el resto fue haciendo lo mismo. A las 21.00 horas del viernes 25 de Mayo de 1810, los nueve hombres juraron fidelidad al Rey de España e iniciaron un camino sin retorno para América toda.
Cuando se pusieron de pie, entonces sí, se asomaron y desde la ventana observaron la indecisa figura que dibujaba el clima del Puerto. Poca gente quedaba sobre ese gigante descampado que denominaban Plaza.
Era muy tarde pero Saavedra ensayó un mínimo discurso para aquellos pocos que miraban dos pisos más abajo. Sucintamente habló de igualdad, libertad y fraternidad y pidió el respeto para la investidura del ex Virrey Cisneros.
Es que aquellos “Fabulosos Nueve”, debían atravesar la Recova, entrar al Fuerte y notificar al Virrey las malas nuevas para él.
Había sido una jornada tremenda. Desde las 8.00 de la mañana, los vecinos consideraron las renuncias de la Junta nombrada el 23 de mayo por los propios españoles y encabezada por Cisneros. Juraron y al otro día tuvieron que renunciar. La presión criolla fue tremenda, porque el síndico procurador, Julián de Leiva, no aceptaba la renuncia de Cisneros, proponía usar la fuerza para fusilar y dispersar al pueblo, ¡con el apoyo de Saavedra!.
Pero Saavedra hacía bastante que tenía otros planes. Se probaba la pilcha de Jefe Político y sentía que le quedaba pintada.
Las revoluciones latinoamericanas fueron en realidad el correlato de las primeras manifestaciones juntistas españolas del año 1808.
Estas expresiones revolucionarias populares fueron propiciadas a partir de Bayona. La derrota de España a manos de Francia y la imposición del hermano de Napoleón, “Pepe Botellas”, como Rey en reemplazo de Fernando VII.
Esas Juntas populares que rechazaron el mando francés, fueron proyectadas en América y guiadas por los criollos, según propuesta de la propia Junta Central de Sevilla, luego mudada a la ciudad de Cádiz.
Por ello explotaron en toda América en 1810 y por ello también juraron todas fidelidad al Rey.
Era el principio del fin, del reinado de España en el nuevo continente. Era el puntapié inicial para la autonomía de decisión primero y para la jura de la independencia después.
Desde temprano la Plaza estaba ocupada. Sin embargo, las milicias estaban en los cuarteles esperando noticias del Cabildo. Esperando la orden de su líder Cornelio, prohombre para algunos, traidor para los otros.
La postura de Leiva fue difundida y entonces un grupo encabezado por Feliciano Chiclana y Domingo French, Salió de la casa de Rodríguez Peña, hacia el Cabildo. Desde la puerta ingresaron y ocuparon la escalera, intimidando e increpando con insultos y escupitajos a quienes parecían aprobar la postura del síndico.
El mismísimo Leiva los increpó e intentó expulsarlos. Los “piqueteros de Mayo” no se amilanaron, reclamaron la renuncia inmediata de Cisneros. Leiva objetó la pretensión con la excusa de que habría que consultar a todo el Virreinato.
La discusión continuaba. La gente “más sana” del vecindario, también rechazó al Virrey. La suerte estaba echada.
Fueron citados los comandantes de milicias advirtieron al cabildo gobernado por españoles, que para defender a Cisneros deberían conducir la tropa hasta la Plaza Mayor y no podrían porque la gente lo impediría.
Al fin, Leiva deponía su actitud. Un joven Martín Rodríguez, quien años después sería gobernador de Buenos Aires, cruzó la Plaza y llevó las novedades a la casa de Rodríguez Peña, quien ordenó llevar al Cabildo la nueva lista criolla para formar la Junta Gubernativa con los nombres de los líderes del movimiento criollo.
El Cabildo sesionó con todos. Españoles y Criollos llegaron a un acuerdo final, después de la presentación de la exigencia refrendada en un texto con más de cuatrocientas firmas.
A las 15.30 horas, Leiva solicitó que se leyera desde el balcón y a viva voz, los nombres de la nueva Junta para que sean ratificados. Solicitó entonces que el pueblo se congregara en la Plaza.
Media hora después, desde el balcón, el síndico, irónico, preguntó: "¿Dónde está el pueblo?". Abajo casi no había gente. Fue Antonio Beruti quien le contestó: “…el pueblo en cuyo nombre hablaban estaba armado en los cuarteles y otra gran parte del vecindario esperaba en distintos lugares para ir.”
Ante el júbilo de la mayoría de los presentes, Leiva cedió y se anularon los actos de los días 23 y 24 de mayo.
Fue el propio Martín Rodríguez quien leyó desde el balcón los nombres de la Junta de Gobierno encargada de la autoridad provisoria de todo el Virreinato.
Desde las 16.00 a las 21.00 horas, algunos festejaron, otros esperaron. Al fin, el Alcalde Mayor convocó a las nuevas autoridades que juraron como antedicho, por el Rey Fernando, prisionero en París por culpa de Napoleón y de quien se creía que había luchado por España valientemente y fuera derrotado. Algún tiempo después, descubrirían la “farsa de Bayona”.
Por Alberto Carbone
