No es un error ortográfico. Está escrito así intencionalmente. Gabriel Brazenas fue el responsable, con sus fallos, de modificar el resultado de la final del último fin de semana que jugaron Vélez contra Huracán. El hombre de negro demostró no estar en el nivel que el juego requería.
Arrancó mal para Huracán. A los 8’ del primer tiempo, no convalidó un gol lícito convertido por Eduardo Domínguez. El juez asistente Ricardo Casas marcó una inexistente posición adelantada, cuando el cabezazo del defensor tenía destino de red.
Una a favor: no hubo nada para recriminarle en el penal que cobró a favor del local a los 25’ del PT, cuando Araujo derribó a Martínez dentro del área.
El defensor de Vélez Nicolás Otamendi, uno de los mejores jugadores del torneo, debió ser expulsado: tenía tarjeta amarilla y con su mano bajó la pelota en el borde del área. Brazenas cobró la mano, es decir que interpretó que el juvenil tuvo intención de conseguir una ventaja deportiva, pero no le mostró la segunda amarilla.
En la jugada previa al único gol del partido, Larrivey golpea duramente a Monzón, el arquero de Huracán; éste queda sentido en el césped y Moralez, con el arco libre, sacó provecho de la jugada y empujó el balón al fondo de la red.
Luego debió expulsar a Arano y a Cubero, cuando el defensor derribó al mediocampista dentro del área y éste reaccionó con un golpe. Además, como consecuencia de la falta, tendría que haberle cobrado otro penal a Vélez.
Tanto Vélez como Huracán merecían ser campeones porque fueron, a lo largo de todo el torneo, junto con Lanús, los más regulares. No merecían una final así. El título del Fortín queda empañado por la actuación de Brazenas, que fue el protagonista de la tarde, ya que con sus fallos terminó consagrando a los de Gareca y perjudicando a los de Cappa.
Por Leonardo Mazza
