Cristina fue valorada por su gestión. La corrupción no importó. El fracaso opositor y la falta de coherencia.
La avalancha de votos que virtualmente asegura la reelección de Cristina Fernández de Kirchner la coloca a un paso de la historia política grande de la Argentina. Porque ni Carlos Menem ni Juan Domingo Perón lograron instalar su apellido tres veces consecutivas en la presidencia de la Nación como marca registrada de un proyecto político. Se dio la lógica económica de que el ciudadano medio vota en defensa propia cuando hay un crecimiento vigoroso y un nivel de consumo inédito. Eso se vio claramente en la provincia de Buenos Aires, donde la sumatoria de sufragios de Cristina es realmente impactante.
Donde hubo gestión reconocida en alta imagen positiva, como en la del gobernador Daniel Scioli o el intendente de La Plata, Pablo Bruera, las diferencias fueron aplastantes, incluso sobre otras versiones ideológicamente más cristinistas.
Es muy difícil que los oficialismos pierdan si no hay a la vista ninguna tormenta económica y desde la oposición atomizada no surge ningún liderazgo que conmueva a las mayorías. Los grandes méritos que la mayoría de los argentinos le reconocieron ayer al kirchnerismo hay que buscarlos en la cantidad de puestos de trabajo registrado con los sueldos más altos de la región que se han generado en estos años. Por eso, el Conurbano profundo respondió de esa manera. Porque aquellos que dejaron de ser desocupados y recuperaron ciudadanía y los que todavía reciben tres millones y medio de planes asistenciales de distinto tipo no fueron abandonados a su suerte. Sintieron en carne propia el valor de un Estado presente que se hizo cargo, que no se lavó las manos y que es consciente de todo lo que falta. Porque la pobreza, a pesar de las mentiras del Indec, sigue estando en un 30% y porque la inequidad social es todavía muy profunda. Pero un sector importante de los argentinos entendió que había que renovarle el crédito a Cristina para que siguiera en este rumbo.
Confiaron en ella y su gente para afrontar todas las asignaturas pendientes.
Hay una definición muy irónica de “corrupción”, que dice que es una porquería que empieza a registrarse y a repudiarse cuando comienza la recesión. En el medio de las buenas noticias que se sienten diariamente en el bolsillo, ese es un tema que pierde capacidad de indignación. O que la genera sólo de la boca para afuera.
Así son las cosas. Las denuncias de la oposición tuvieron este caballito de batalla que, en todas las encuestas, aparece en sexto lugar entre las preocupaciones de la gente. No tuvieron peso electoral el resto de facturas muy graves que se le pueden pasar al oficialismo. Hablamos de la intolerancia y prepotencia, de la utilización del aparato del Estado como si fuera propio, de malversación de las estadísticas públicas y liquidación del federalismo como una forma de control político del interior del país.
Pero lo cierto es que ni Ricardo Alfonsín ni Eduardo Duhalde se mostraron capaces de contener el voto del radicalismo tradicional ni el peronismo no kirchnerista en su totalidad.
Hubo confusión entre las boinas blancas que no terminaron de procesar el concubinato con Francisco de Narváez y viceversa. A Duhalde lo perjudicó la situación inversa. Su candidato a gobernador natural era De Narváez y Eduardo Amadeo resultó una candidatura de emergencia.
Duhalde volcó hacia posturas macartistas cuando habló de banderas de organizaciones subversivas que no representan la nacionalidad ni al verdadero peronismo. El resto muestra un buen futuro para Hermes Binner y una hoguera de vanidades que terminó incendiando las posibilidades de Elisa Carrió y Fernando Solanas.
Finalmente, el discurso de Cristina, convocando a la humildad y a la unidad nacional es porque comprendió el mensaje crítico de las urnas de Córdoba, Santa Fe y Capital. Y porque advierte que los tiempos que vienen, ya sea por el tsunami económico internacional o por la falta de sucesión que tiene, amerita una actitud más colectiva con una agenda de Estado que pueda blindar en serio el presente nacional.
Cometerían un error si procesan esta catarata de votos como un cheque en blanco para la radicalización del discurso y para buscar hacer realidad el sueño de “Cristina eterna”. Forzar la reforma constitucional para abrir la posibilidad de la reelección de Cristina sería una apuesta demasiado riesgosa, cuando tiene por delante más de cuatro años para construir un candidato que la represente y la suceda en la historia.
