No es un fenómeno exclusivamente argentino. En el mundo contemporáneo la ruptura entre generaciones ha comprometido no sólo la transmisión de viejos valores, sino incluso la comunicación. Los indicios de este fenómeno pueden ubicarse en Europa, en los Estados Unidos o en América latina, indistintamente.
Es difícil ya discernir cuál es la deuda que los hijos han contraído con los padres y de qué modo conciben éstos el vínculo dialógico con sus hijos. Creo que es en el marco de esta profunda disonancia intergeneracional que corresponde ubicar el tema de los valores patrios.
Al fracasar la transmisión del alcance personal que revisten esos símbolos, la necesidad de contar con fuentes de identificación hace que tanto adultos como jóvenes busquen símbolos sucedáneos o sustitutivos de aquellos que han caído en una relativa o total intrascendencia.
Nadie puede pretender que el fervor por la camiseta nacional de fútbol no revista intensidad, pero es innegable que ese fervor opera con carácter prácticamente excluyente. Los símbolos tradicionales de identidad nacional han perdido verosimilitud en la vivencia de los niños y aun de los jóvenes, más allá del campo deportivo. Y la han perdido porque la transmisión de los mismos no cuenta con un fondo vivencial auténtico y profundo en quienes como adultos tienen la responsabilidad de comunicarlos.
De modo que centralizaría en esta crisis educativa el centro del conflicto que pone de manifiesto la encuesta llevada a cabo.
La opacidad del alcance significativo de los símbolos patrios es correlativa de un momento en el cual la significación de la identidad nacional, en el caso argentino, refleja las grietas que fragmentan la vida cívica, la vida política y la inscripción dentro del sistema social por parte de un número más que considerable de argentinos.
Remontar esta situación exige planificación, pero antes convicción acerca de lo que, planificado, puede contribuir a fortalecer la identidad en un plano espiritualmente más elevado.
