Uno no se entendía sin el otro. Sin embargo, un día se rompió la sintonía nata. Ahora, el internismo sin contenido está sentenciando al peronismo a no lograr ser opción para el 2027. ¿Cuál es el motivo? ¿Qué rol juegan Máximo Kirchner y los intendentes en ese quiebre?
La discusión por el liderazgo del peronismo ingresó en una nueva etapa con el creciente distanciamiento político entre Cristina Fernández de Kirchner y Axel Kicillof. Detrás de los gestos públicos y las diferencias tácticas aparece una disputa más profunda: quién administrará el proceso de reorganización del espacio, controlará el armado electoral y conducirá la principal fuerza opositora de cara al próximo ciclo electoral.
El gobernador bonaerense comenzó a construir una estructura política con mayor autonomía respecto del esquema tradicional del kirchnerismo (el MDF). Respaldado por un grupo de intendentes del conurbano y del interior provincial, Kicillof busca ampliar su capacidad de decisión sobre la gestión, la relación con los jefes comunales y la definición de candidaturas, en un contexto atravesado por el ajuste fiscal impulsado por el Gobierno nacional.
Ese movimiento altera el esquema de conducción que durante años concentró las decisiones estratégicas alrededor de Cristina Kirchner y del Instituto Patria. En ese marco, sectores cercanos a la expresidenta consideran que la consolidación de un liderazgo propio por parte del gobernador no puede desarrollarse al margen de una conducción política común.
Uno de los actores centrales de esa disputa es Máximo Kirchner. Como principal referente de La Cámpora, conserva una influencia decisiva sobre la estructura partidaria, la organización territorial y buena parte del armado legislativo de la provincia.
LOS TRES FRENTES QUE EXPRESAN EL DISTANCIAMIENTO:
El primero es la administración del poder dentro del Ejecutivo provincial. Existen tensiones por la designación de funcionarios en organismos descentralizados, empresas públicas y áreas estratégicas de la administración, donde conviven dirigentes identificados con la Gobernación y cuadros promovidos por La Cámpora.
El segundo eje es la confección de las listas legislativas. La discusión pasa por quién ejercerá la «lapicera» en las ocho secciones electorales bonaerenses y qué nivel de participación tendrán los intendentes en la definición de candidaturas. Mientras el entorno de Kicillof pretende fortalecer el peso territorial de los jefes comunales, el kirchnerismo busca preservar el control partidario sobre la integración de las listas.
El tercer punto es la estrategia para la reorganización del peronismo. El sector que responde al gobernador sostiene que la gestión provincial constituye hoy el principal activo político de la oposición y que ese liderazgo debe reflejarse en la conducción futura del espacio. En el kirchnerismo, en cambio, plantean que cualquier definición sobre nombres debe estar subordinada a un acuerdo político y programático más amplio.
Pese a esas diferencias, ninguno de los sectores impulsa una ruptura definitiva, a pesar de los amagues que hacen reiteradamente.
La provincia de Buenos Aires continúa siendo el principal bastión institucional del peronismo y una fractura interna reduciría su capacidad de disputar poder frente al oficialismo nacional. Por esa razón, las negociaciones permanecen abiertas, aunque la competencia por la conducción política y el control del aparato partidario siga condicionando la relación entre Cristina Kirchner, Axel Kicillof, los intendentes y Máximo Kirchner.
