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Papeles de Panamá, blanqueo, corrupción: ¿Vivimos los argentinos al margen de la ley?
Opinion

En forma sistemática se habla acerca de que los argentinos no respetamos las normas y que vivimos al margen de la ley.

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30 junio, 2016 740

Por Jorge Benedetti

Durante mucho tiempo los medios hablaron hasta el hartazgo sobre la corrupción gubernamental. En este momento, primero conocimos que el presidente de la Nación tenía una empresa en un paraíso fiscal, sabiendo todos que las empresas constituidas en dichos “paraísos” son para manejar dineros de actividades criminales, como el narcotráfico, el contrabando, la corrupción o la evasión fiscal. La respuesta oficial fue que era una empresa que nunca había operado. Luego nos anoticiamos de que no sólo tenía mucho movimiento, sino que había cuentas activas pertenecientes a esta empresa y a muchas otras, que eran propiedad del presidente. La información, que no venía de fuentes opositoras sino de un conglomerado de periodistas de distintos países, así mismo revelaba que una importante cantidad de altos funcionarios también operaban con empresas y cuentas en dichos ámbitos de corrupción, entre otros, quien fuera el ministro de economía del gobierno porteño durante la gestión del presidente.
Nadie debe olvidar las 4000 cuentas negras del HSBC (El banco que los ingleses crearon en Hong Kong y Shanghai para manejar los fondos del opio), las que fueron “gestionadas” por el actual ministro de economía Alfonso Prat Gay.

Por supuesto que cuando el presidente reconoce una millonaria cuenta en Bahamas, que no estaba en su declaración jurada anterior, el escándalo alcanza grandes proporciones. A esto se suma el proyecto de blanqueo, definido como “amplio y generoso” y cuyo texto original enviado al parlamento, incluía la posibilidad de que los funcionarios del anterior y del actual gobierno, puedan gozar de este “beneficio”.

Empresas y cuentas en paraísos ilegales, blanqueos para “legalizar” fortunas originadas en actos de corrupción, cuentas negras en el banco más sospechado de gestionar ilícitos del planeta, obras públicas con sobreprecios, etc., etc., nos lleva a enfrentarnos a una pregunta: ¿Los argentinos vivimos al margen de la ley?

Para responder vale la pena situar la respuesta en un contexto correcto. Para ello hay varios elementos que ayudan, en primer lugar siempre lo hace mirar la historia, luego observar los modelos que se le presentan a la sociedad y por último preguntarse si esas leyes, de las cuales aparentemente viviríamos al margen, son justas o injustas.

Comencemos mirando la historia.

Cuando se hace referencia al nacimiento de nuestra patria, que fue mucho antes del 25 de mayo de 1810, siempre aparece el tema del contrabando, es decir la importación por fuera de la ley. ¿Por qué había leyes que limitaban la entrada de productos extranjeros? Una razón era que el gobierno Borbón de España, quería monopolizar el comercio exterior, como una manera de obtener ventajas para la corona y -en el mejor de los casos- para los súbditos de la metrópoli en detrimento de sus súbditos de las Américas, la otra causa es que las limitaciones a las importaciones servían para proteger a las industrias locales. Esto es lo que sigue pasando ahora en todo el mundo, pues no existe nación que no limite el ingreso de productos extranjeros. Pero el gobierno de la corona estaba muy lejos de estas costas y su marina bastante debilitada razón por la cual, fundamentalmente la piratería británica se dedicaba alegremente al contrabando, lo que permitía que la case alta –fundamental-
mente la porteña o la montevideana- consiguieran artículos a menor valor que los que venían en los buques de la corona española, así como los de la producción local (y –eventualmente- de mejor calidad y variedad que estos). De esta manera debilitaban la posibilidad de desarrollo industrial del Virreinato del Río de la Plata y luego de las Provincias Unidas. No nos olvidemos que si bien Belgrano apoyó determinadas medidas de libre comercio, también se manifestó amplia y sistemáticamente a favor del desarrollo de la industria nacional.

Como hecho marginal, pero para demostrar la importancia del contrabando en nuestro territorio, recordemos que la Virgen de Lujan, no se quedó en Lujan, porque no venía por el Camino Real (lo que sería ser la actual ruta 7), sino que las carretas en las que venía la imagen, lo hacían por un camino paralelo, marginal, denominado “el camino de los contrabandistas”, el que pasaba por Pilar, donde efectivamente se produjo la detención de las carretas. Esto da una idea de cómo era familiar e importante el contrabando por estos pagos.

La clase dominante

Pero analicemos otro aspecto. Cómo se produjo a lo largo de la historia, es decir, antes de la independencia y después de ella, el desarrollo de una clase dominante local (y cómo se sigue produciendo hasta nuestros días). La denominada clase alta (desde el punto de vista económico) no se originó de ninguna alcurnia en particular, no era un patriciado selecto, ni de España, ni de estos lares, sino que fue un pequeño sector que acumuló riquezas, pero ¿Cómo lo hizo? Lo hizo a partir del reparto de tierras en la época colonial y -luego de la independencia- mediante la apropiación de las tierras públicas o fiscales y a partir de la obtención de concesiones para explotar minas, puertos o servicios.

Además, a lo largo de nuestra historia, hubo servicios concesionados, estatizados, vueltos a privatizar y así sucesivamente. En la mayoría de los casos las privatizaciones fueron un factor de enriquecimiento desmedido y muchas “estatizaciones” también, no nos olvidemos -por ejemplo- que durante el gobierno ilegal de Onganía se estatizó de manera escandalosa, la empresa de aviación Austral y la de electricidad CADE (cuya historia de estafas comienza en la “década infame" cuando se la conocía como “la CHADE”).

La acumulación de riquezas se hizo apropiándose del patrimonio común de los argentinos. No hablemos de la conquista al desierto, es decir del genocidio de los pueblos que habitaban la Patagonia y algunas provincias norteñas, como Chaco y Formosa, o del otorgamiento de concesiones para administrar servicios públicos. Queda en claro que nuestra clase alta no se origina en un patriciado, sino que es una oligarquía del dinero. Cuando hablamos de oligarquía recordamos que definimos a ésta como la enfermedad del alma de los hombres que les impide ser solidarios, en este caso nos referimos a una oligarquía con riquezas, pues -a diferencia de lo que piensa el marxismo- consideramos que se puede ser un oligarca sin plata, es decir un no solidario “pobre”, pero esa es otra cuestión y mejor dejarla ahora.

Digamos entonces que una metodología que utilizó la clase alta nativa durante la colonia fue contrabandear (y luego también), es decir, estar al margen de la ley. Y los mecanismos de acumulación de la mayoría de las grandes riquezas a lo largo de nuestra historia, fueron por medio de corrupción y apropiación del patrimonio común. A nadie le caben dudas de que esto sigue pasando ahora. O sea, el ejemplo de nuestra clase dominante, el que fue (y es) presenciado por toda nuestra comunidad, no es que se hace fortuna dentro de la ley. Razón por la cual el delito no fue una práctica central de los denominados “sectores marginales”, sino que lo fue de “los señores” y esto siempre se exhibió obscenamente.

La democracia

Pero hubo otro elemento que fue la apropiación de la capacidad que debemos ejercer todos los argentinos de decidir sobre nuestro propio destino, el de nuestros hijos y el de toda la comunidad.

Terminado el tiempo de los caudillos, donde se ejercía una especie de democracia directa imperfecta, donde el caudillo reunía su tropa y tenía el poder a partir de su valentía personal y su carisma (aunque el líder fuera gangoso como Güemes), se creó un sistema constitucional “democrático”, pero la democracia real en la realidad no sólo no mejoró, sino que empeoró. Los que votaban eran sólo los que estaban en el censo y en el censo estaban los propietarios, los que pagaban impuestos (o los que debían hacerlo), es decir esa democracia no era para el pueblo, fue lo que se denominó “la democracia oligárquica” y recién después de muchas luchas, civiles y militares, el irigoyenismo impuso una mejor democracia con el voto universal, pero eso duró muy poquito tiempo y los sectores dominantes impulsaron a un sector de las fuerzas armadas a dar un golpe ilegal y recuperar el poder para “la gente de bien”, desplazando a los “orilleros” (hombres de las orillas) que habían comenzado a tener alguna influencia durante el irigoyenismo.

Luego vino el tiempo del denominado “fraude patriótico”, que de patriótico no tuvo nada, pues entregó vergonzosamente nuestro patrimonio a los ingleses y generó lo que la historia conoce como la “década infame”, un tiempo plagado de corrupción y apropiación ilegitima del patrimonio común.

Para abreviar, llegamos al golpe del 76, donde además de apropiarse de las riqueza y de la capacidad de decisión de los argentinos, el grupo dominante se convirtió en dueño de las vidas (y también de las muertes) de nuestro pueblo.

Es decir, durante muchos períodos de nuestra historia, vivimos en “estados de excepción” donde la clase dominante siempre estuvo afuera de la ley.

La deuda externa

Una consideración final. Observemos el endeudamiento externo vergonzoso, usurario, ilegal e ilegitimo, condenado por Juan Pablo II (y lógicamente por Francisco), que constituyó y constituye uno de los principales problemas de nuestro país, fue un ardid muy sencillo aunque algunos quieran complicar la explicación. Los grupos de poder económico fugaron de manera ilegal cuantiosas sumas de dinero, con esos fondos depositados en el extranjero como aval, tomaron créditos y trajeron al país estas deudas, las que fueron estatizadas y así el robo se consumó dos veces, cuando se llevaron la plata y cuando le pasaron la cuenta de su fiesta ilegal a toda la comunidad.
Después vino el presidente que -tal cual reconoció- si decía lo que iba a hacer no lo iban a votar, es decir que violó alegre y públicamente el compromiso que asumió con los votantes y como era muy “pícaro”, lo manifestaba por televisión. También recordemos al famoso filósofo sindical que proclamó que la plata no se hacía trabajando y al que gobernó luego, quien dijo que venía a cambiar y siguió la misma política económica y ¡hasta puso al mismo ministro de economía! En el camino, privatizaciones, concesiones, más endeudamiento, etc., etc., o sea un nuevo reparto de la hacienda pública, lo que concluyó con el estallido y la crisis casi terminal del 2001.  Hoy tenemos “Papeles de Panamá”, negocios financieros, brutal transferencia de riquezas, etc., etc.

Es decir corrupción y apropiación ilegal del patrimonio común por parte de un pequeño grupo. Esto se ha repetido a lo largo de los años.

Vivir sin norma: la anomia

Dejemos la historia y hablemos de lo que significa vivir sin ley. Es decir vivir sin norma.

A eso las ciencias sociales lo denominan “anomia”. Quien definió este término y lo incorporó al lenguaje científico, fue Emilio Dürkheim, quien lo caracterizó como una crisis producida por el hecho de que las normas incorporadas en la niñez no tenían correlato con el momento en que se vivía, es decir los valores aprendidos e internalizados, no se correspondían con los que practicaba la sociedad. Y Dürkheim correlacionó esta crisis valorativa con el suicidio. A mayor crisis valorativa más suicidios. Es decir la falta de normas creaba una situación anómica que favorecía el suicidio. Dürkheim lo estudió en la Francia de la preguerra, “la belle epoque”.

¿Cómo fue este proceso en nuestro país?

Nuestros padres y abuelos nos educaron con una serie de normas, donde el trabajo era un valor altamente reputado (Había un presidente que decía “de casa al trabajo y del trabajo a casa” y se lo denominaba “el
primer trabajador”). Pero, de buenas a primeras, el trabajo ya no valía nada, ni desde el punto de vista de los valores, ni desde el punto de vista de la remuneración, sino que estábamos en una época en que “se ponía la plata a trabajar”. Mi abuela me decía “¿Qué es eso de que la plata trabaja? Los que tienen que trabajar son los hombres”. Entonces el trabajo se reemplazó por “la plata dulce” y así nos fue. (¿Qué diferencia hay ahora con las LEBAC al 38%?)

Por otra parte, el estudio antes valía, pero en la nueva situación se mandó a los científicos a lavar los platos, o –en de mejor de los casos- a manejar un taxi, entonces el estudio también dejó de ser un valor, la picardía (y la mentira) eran una distinción y así se conseguía poder, inclusive por este camino se llegaba a presidente. El poder se alcanzaba mintiendo o mediante un golpe armado o “de mercado”, las riquezas se hacían de cualquier manera, menos trabajando. Es decir nuestra comunidad cayó en un profundo estado de anomia. Las leyes no eran una norma donde reflejarse o eran leyes hechas por ilegales, la plata se ganaba “por izquierda”, no por estudio o por el trabajo y en este marco los medios de comunicación, en particular la televisión, exhiben la mayor cantidad de miserias, la mujer como objeto, la denigración de la persona para ganar un concursito o para hacerse famoso por un día o un rato, el culto a la chabacanería, etc., etc.

Esto es un suicidio, que se manifiesta –por ejemplo- en la drogadicción o el vandalismo y en la ruptura del tejido social.

El fin de la política

Un último aspecto. La acción política dejó de ser un esfuerzo común por exponer ideas y reunir voluntades, ya no importaba el acto público donde el candidato exponía sus ideas, los partidos se transformaron en una actividad para pocos y apareció “la clase política”, es decir un sector separado de la sociedad, inclusive dirigentes sin partido, o que podían reunir el suyo en una cabina telefónica o transportar a todos sus adherentes en una moto (mientras criticaban a quienes aún se movilizaban en colectivo a los actos). Lo importante eran las consultoras, los asesores de imagen y salir por televisión. Pero para estas cosas había que contar con cuantiosos fondos, es decir el poder no se obtenía reuniendo voluntades, sino consiguiendo entrevistas o espacios televisivos, mediante “focus group”, encuestadoras, etc., todos mecanismos costosos que había que pagar. Es decir, el sistema político no necesitaba del pueblo. El político no tenía que convencer al electorado, sino leer las encuestas para ver qué le habían propuesto los sectores de poder -vía los medios masivos- a la población y seguir esta opinión. Sin reunir voluntades y con necesidad de fondos, irremediablemente se veía obligado a utilizar la corrupción o a ser invisibilizado. Es decir la política lógicamente se separaba de la búsqueda del bien común.

Por otra parte gobernar ya no era crear trabajo, olvidándose lo que también afirma el papa Francisco cuando manifiesta: “No existe peor pobreza material - me urge subrayarlo-, no existe peor pobreza material, que la que no permite ganarse el pan y priva de la dignidad del trabajo.”

Al mismo tiempo, perdido el bien común como objetivo central de la acción política y de la vida comunitaria, aparece un nuevo fenómeno que Francisco define como “la cultura del descarte.”

“Hoy, al fenómeno de la explotación y de la opresión se le suma una nueva dimensión, un matiz gráfico y duro de la injusticia social; los que no se pueden integrar, los excluidos son desechos, “sobrantes”. Esta es la cultura del descarte” manifiesta.

Entonces vale interrogarnos ¿En qué modelo se forman las nuevas generaciones? E inclusive cómo se reacomodan (o re-modelan) las viejas.

¿Cuál es el mecanismo que puede tener un joven para modificar la realidad mediante su compromiso social, político, sindical? Inclusive y con todo respeto, nos preguntamos ¿Qué nuevos modelos les presentamos en eventos como en la Semana Social de Mar del Plata?

En línea con lo manifestado por el papa Francisco, destacamos que “los discursos no sirven, se necesita el testimonio” y este aspecto es fundamental, de nada sirven las admoniciones, ni los sermones, ni las palabras duras, el discurso ha sido vaciado de contenido, hoy vemos a muchos que dicen preocuparse por el hambre y -al mismo tiempo- fomentan las políticas que la generan.

No es el pueblo argentino quien vive fuera de la ley, han sido y son su clase dirigente y los modelos impuestos por los poderosos. Se habla de “seguridad jurídica”. Nos peguntamos ¿qué seguridad jurídica tiene una PYME, cuando invirtió y dio trabajo y hoy la mandan a la quiebra abriendo las importaciones como no sucede en ningún lugar del mundo? ¿Qué seguridad tiene un trabajador cuando de un día para el otro lo expulsan de su trabajo sin razón alguna? ¿Qué seguridad tiene el emprendedor que compró una máquina y armó un taller con sus hijos y un vecino y hoy no puede pagar la energía? ¿O la seguridad jurídica es sólo para defender los privilegios mal habidos de las empresas extranjeras, que proclaman inversiones que nunca son reales o que –en definitiva- no benefician a la población?

Las normas son el resultado de las costumbres socialmente aceptadas, hoy vivimos en medio de una grave crisis valorativa, -tanto a nivel nacional como mundial– es necesario construir con testimonios firmes, públicos y ejemplificadores, desde las catacumbas no vamos a enseñar el valor de las verdaderas normas, la luz debajo de la mesa no alumbra hay que manifestar con fortaleza las verdades y defenderlas con el ejemplo cotidiano. Al mismo tiempo es necesario reunir las voluntades de quienes no han participado -ni participan- de la estafas de los poderosos. Nuevamente el pueblo argentino requiere volver a practicar una vieja consigna: Unidad, Solidaridad y Organización.

La realidad es superior a la idea afirma Francisco. Este es el camino.

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