José Luis Espert fue incluso ninguneado por el propio narco Federico “Fred” Machado, quien se jactó de haberle “tirado unos manguitos”. Así, la idea de formar un partido serio se transforma en una franquicia política donde cada interesado debe financiar su propio territorio. Es la privatización de la política: cada cual busca sus recursos, favores o contactos. Donde hay dinero sin control, siempre hay sombras. Y ya empezamos a verlas.
En su ilusión de refundar la Argentina, Milei ha ido perdiendo lo que más necesita: credibilidad. Su narrativa heroica, eficaz en campaña, hoy choca con los límites de la gestión. Los resultados económicos se complican, el desgaste social crece y el discurso del enemigo empieza a sonar repetido. La furia ya no emociona: cansa.
Como Vadim en El mago del Kremlin, Milei corre el riesgo de quedarse aislado, rodeado de aplaudidores y fantasmas.
Milei encarna la paradoja del poder contemporáneo: nació de la indignación, pero puede hundirse en la misma soberbia que denunció. El espectáculo que lo hizo irresistible se transforma en su propia condena.
El poder, cuando se convierte en escenario, deja de escuchar. La ilusión libertaria pudo ser un punto de partida. Pero para refundar un país no basta con encender fuegos artificiales: hacen falta instituciones, consensos y empatía. Milei eligió el camino inverso. Prefirió el ruido, la confrontación y el mito de la pureza ideológica.
Como el mago del Kremlin, sigue creyendo que controla el relato. Lo que no advierte es que el relato ya empezó a controlarlo a él.
