Lo acontecido en el baldío de Villa Soldati y los hechos ocurridos en otros terrenos en los días siguientes, nos llaman a una reflexión sobre la xenofobia circulante en el espacio de la comunicación pública.
En un número reciente de Cuadernos del INADI –la publicación que encaramos para pensar críticamente sobre los diversos modos de la xenofobia contemporánea–, el ensayista Eduardo Grüner formulaba una pregunta crucial: “¿Qué significa, exactamente, ser ‘racista’, en el sentido más amplio posible del término?” Frente a lo que agregaba, “una respuesta verosímil parece ser: ‘racista’ es aquel que es incapaz de tolerar la diferencia (étnica, religiosa, sexual, etcétera) del ‘otro’”.
Es una respuesta atinada, que inmediatamente plantea un segundo interrogante: “Bien, pero ¿será la cuestión tan sencilla? Porque, podríamos empezar por preguntar: ¿qué es, exactamente, una ‘diferencia’? ¿Quién es, exactamente, ese ‘otro’ al que el racista no puede ‘tolerar’?” Grüner responde: “va de suyo atestiguar el carácter plenamente cultural –y no ‘biológico’ o ‘somático’– de toda definición de la ‘diferencia’”. La cuestión de la diferencia, del otro, atraviesa la Historia argentina en particular, y la de la modernidad en general.
Pero lo acontecido en el inmenso terreno baldío de Villa Soldati –pomposamente llamado “Parque” Indoamericano por el gobierno de la ciudad– y los hechos ocurridos en otros terrenos en los días siguientes, nos llaman a una reflexión profunda sobre la xenofobia circulante en el espacio de la comunicación pública, en el discurso de los medios, en el de algunos de los actores sociales involucrados, e incluso, como es evidente, en el de las máximas autoridades políticas de la Ciudad de Buenos Aires.
Los momentos de crisis son propensos para los rebrotes xenófobos. Lo que vemos a diario, con estupor, en Europa, donde se va conformando una alianza entre demagogia política, miedo colectivo, y facilismo mediático.
La Argentina está lejos de llegar a este escenario. La profundización del modelo iniciado en 2003 se constata en mejoras en la vida cotidiana: hay un mayor nivel de inclusión social, una tasa de desocupación francamente en descenso, y una ampliación de los derechos civiles como nunca antes. Lejos estamos de ser una sociedad en crisis. Al contrario, este es un momento de avance social, que se expresa, también, en una cierta idea de reparación con el pasado que recorre nuestro presente. La reapertura de los juicios a los genocidas de la última dictadura forma parte de ese movimiento. La aprobación de una nueva Ley de Servicios Audiovisuales, que deja atrás la sancionada durante la última dictadura, es otro paso. Las políticas sociales destinadas a asegurar recursos dignos a las familias en situación de pobreza es otro más.
La ley de migrantes, de carácter netamente progresista, es otro ejemplo. La reparación puede ser entonces una categoría teórica, y a la vez política, con la que reflexionar sobre otros aspectos de nuestra Historia (y de nuestro presente). Puede ser también un eslabón para establecer un puente con el futuro, un pacto, una promesa con el tiempo por venir.
No obstante, aun en este contexto favorable, la conjunción del discurso político del gobierno de la ciudad con tintes de xenofobia clásica (asociar extranjero con delincuente), de una acrítica (cuando no voluntariamente interesada) repetición y repetición en algunos medios, y de ciertas manifestaciones de los vecinos de la zona, nos llaman a comprometernos activamente, a encarar de lleno el tema.
En estos días hubo expresiones racistas contra los extranjeros de países vecinos, contra argentinos de las provincias del norte y también contra los pobres, más allá de la nacionalidad.
Para expresarlo en términos de la pregunta de Grüner: ¿cuál fue la diferencia que no se toleró? ¿Qué no soportó el discurso racista? Es una pregunta cuya respuesta sin dudas es compleja e incluye más de una variable. Pero hay un aspecto –no demasiado señalado– sobre el que quisiera detenerme: el racismo no soporta que el otro se haga público.
O dicho de otro modo: no soporta que los pobres se organicen. Que pasen a la acción.
No se trata aquí de defender las tomas de tierras (tema aun más complejo, que no puede abordarse, como se lo hace a menudo, bajo el par binario de “celebración o condena”) sino de pensar, de echar luz sobre los modos en que lo ocurrido opera sobre los imaginarios racistas.
Que los pobres, los dejados de lado, los desposeídos se organicen parece haber resultado intolerable. Que salgan de su posición de víctima silenciosa, de sufrientes abstractos, para pasar a ocupar un lugar público, resultó irritante.
Porque si algo ocuparon los desposeídos, no es sólo un terreno, es una zona de visibilidad pública, de discusión social, de referencia social.
Y cuando el gobierno de la ciudad y sus medios de comunicación afines machacaron una y otra vez con la consigna de no dejar que se ocupe lo público, no se referían solamente a un espacio público municipal, sino, sobre todo, a no dejar que los desposeídos, los pobres, “los negros” pasen a ocupar un lugar central en la discusión pública, en el armado de la agenda de discusión social, en la esfera de la opinión pública.
Pretender retirarlos del terreno como sea –apelando a la Gendarmería– no es más que el primer paso para una desocupación aun más profunda y permanente, que es la del retiro del pobre, del extranjero pobre, del extranjero pobre y “negro”, a una zona de invisibilización social.
La cuestión del “otro” recorre nuestra Historia. Comienza (o alcanza su pico) con el “descubrimiento” de América, y continúa hasta el presente.
Sin embargo, descubrimiento no deja de ser un término productivo, si se le cambia el sentido: descubrir implica develar lo que está cubierto, lo encubierto.
En estas últimas semanas la xenofobia encubierta dejó paso a un discurso manifiesto y explícito.
No es un tema menor, y debemos estar atentos.
