Miles de personas despidieron al ex presidente radical. En el Congreso durante la misa, dando el saludo final a sus restos o acompañando la cureña por Avenida Callao hasta el cementerio de Recoleta. Lecturas y análisis de un fenómeno inesperado.
La importancia de la figura de Raúl Alfonsín en la política contemporánea de Argentina es indiscutida. Con aciertos y errores, su trabajo y relevancia no se discute, ya sea desde la Casa Rosada sentando las bases firmes e inquebrantables de una democracia que ya lleva 25 años (record en nuestro país), como palabra autorizadar en sus últimos días del radicalismo, o desde la concejalía en Chascomús aquellos primeros días.
¿Pero casi 100 mil personas, autoconvocados, particulares alejados del poder político, despidiendo sus restos? El fallecimiento de ningún político de esta era, ni que hablar de algún ex presidente del 89 para acá, hubiese producido algo similar. De hecho, muy enfermo en sus últimos momentos de vida, tampoco se sospechaba que algo así pudiese producirse. De repente, inesperadamente, su figura se transformó en mito. La ciudadanía así lo quiso, el pueblo argentino así lo necesitaba, y el fenómeno se produjo. Su muerte se transformó en la última enseñanza que dejó el radical.
“La reacción popular es un claro mensaje político. Un mensaje que articula una variedad muy grande de formas e intereses sociales. Un mensaje, que deriva de la forma de pensar que tenía Alfonsín: la democracia –republicana y deliberativa- es el mejor modo, el más sano, de resolver los conflictos sociales”, dice el historiador Luis Alberto Romero.
“Es muy difícil diferenciar si la reacción popular está relacionada al gobierno de Alfonsín en sí mismo o a lo que vino después. A mí entender, tiene que ver con las ilusiones propias de la democracia”, agrega en un articulo del diario La Nación. Aparece una primera lectura: la valoración de una manera de hacer política que ya casi ni existe, en la que se convivía y discutía con otros sectores políticos de otra manera
En este sentido, el analista Héctor D´ Amico opina que hay una “reivindicación de la concepción honesta con la que ejerció la política”. ¿Alguien pone en duda la honestidad de Alfonsín?
“¿Seremos capaces de proteger mañana la forma tolerante, constructiva y civilizada con la que hacía política en una sociedad tan empecinada en ignorar esa forma de vivir la política? ¿Qué es lo que quedará de su legado de no violencia y respeto por las instituciones después de esta hora de lágrimas, cuando cesen los elogios, los homenajes?”, agrega el periodista en su nota.
El radical Pedro Buonsante fue claro durante su homenaje en el discurso de la sesión inaugural del Concejo Deliberante de San Martín: “Es el único ex presidente que nunca pisó un juzgado, excepto cuando asistió como testigo para declarar contra los militares. No hay causas en su contra. Nadie puede decir que fue un corrupto que se enriqueció con la función pública”.
Además, hay que resaltar su valor. El peronista José María Fernández, en la misma sesión, dijo que “lo dejaron sólo cuando juzgó a la Junta Militar”.
Podría decirse también que tantas personas despidiéndolo se sintieron reflejadas en el esfuerzo que hizo Alfonsín en mantener viva a como de lugar la transición definitiva hacia la democracia. Con todos sus aciertos y errores, hay una premisa básica que nunca fue quebrada: la de mantener en alto, siempre, la institucionalidad del Estado de derecho.
Como dice D´ Amico, “la conmoción de este 2 de abril fue, quizá, la última lección de Alfonsín”.
LA LECTURA POLÍTICA
El periodista Mariano Obarrio analiza que “la adhesión popular al homenaje fúnebre del ex presidente Raúl Alfonsín generó sensaciones ambivalentes en el ex presidente Néstor Kirchner: temor a estar ante una muestra de hartazgo social ante el estilo duro del kirchnerismo y alivio por una eventual revitalización de la UCR”.
Agrega que la “Casa Rosada interpretó que la masiva adhesión al líder resultó un hecho político en sí mismo. Ello y la exaltación en los discursos del diálogo, la honestidad y el consenso se interpretó en Olivos como una crítica implícita al estilo de los Kirchner”.
Los funcionarios prestaron mucha atención al reconocimiento popular. Pero si bien siempre se tila a los Kirchner de ser crispados, vale también reconocer la actitud de la presidenta Cristina Fernández. Se dijo que volvería de Doha a encabezar los homenajes, sin embargo eso no se produjo.
Por orden de Cristina Kirchner, el jefe del Gabinete, Sergio Massa, coordinó desde el lunes último con Ricardo Alfonsín, Leopoldo Moreau, Marcelo Stubrin y con el vicepresidente Julio Cobos la logística oficial de los homenajes. El ministro del Interior, Florencio Randazzo, redactó el decreto de duelo nacional.
Se dejó la primera plana a todos los radicales de distintas vertientes. Quizás no fue casualidad la decisión de la mandataria de no volver al país que le permitió a Julio Cobos ponerse al frente de la despedida. Además, Cristina Kirchner ordenó que la ceremonia del Congreso fuera transmitida por cadena oficial. Y decidió que su discurso en Londres por Malvinas no se transmitiera en vivo sino después de que terminara el sepelio de Alfonsín.
Institucionalmente se hizo lo correcto. Se puso toda la atención en los homenajes. "El Gobierno está satisfecho. Hay que generar la cultura de reconocer a los ex presidentes más allá de su signo político", dijo un ministro.
Fue un buen gesto y quizá también la mejor manera de homenajear a Don Raúl.
Por César Morielli
